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Una larga historia

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EXCELSO. Los brocados de las prendas destacan por el lujo y por el empleo de costosos materiales. / EL CORREO


La Semana Santa de Lorca, tal como la conocemos, nació probablemente en 1855, cuando la cofradía de los Azules salió en procesión con túnicas de rico terciopelo bordado en oro. La cofradía de los Blancos no podía rivalizar en este terreno, ya que sus ordenanzas determinaban que el uniforme debía ser de sencillo lienzo, por lo que optó por una innovación capaz de atraer la atención de los fieles.

La idea consistió en escenificar ‘La entrada de Jesús en Jerusalén’, en la que intervinieron treinta personas. Al año siguiente, los Azules representaron ‘la calle de la Amargura’, compuesta por guardias pretorianos, el pueblo deicida armado con los instrumentos del martirio y otros personajes. A partir de aquel momento, sólo fue necesaria la intervención de algún obispo o algún cofrade capaz de ir dando forma a la imponente comitiva que integra los desfiles procesionales.

La rivalidad entre las cofradías se encargaría de poner la nota de suntuosidad en lo que hasta entonces había sido una sencilla sucesión de actos penitenciales. Entre unos y otros se fue formando una escuela de bordado que, sujeta a materiales tan preciosos como la seda, el oro y la plata, desarrollaría un repertorio de técnicas tan complejas como exquisitas y de composiciones tan efectistas como las de la mejor pintura académica.




 
 
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