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El mar interior

Foto
COLOR. Tulipanes y molinos resumen la imagen eterna de los Países Bajos.

CÍRCULO DORADO. Navegar por lagos artificiales y canales constituye una forma excepcional de conocer el litoral de Holanda

ENRIQUE SANCHO


Holanda es un país pequeño que vale la pena recorrer tranquilamente. Dos de las formas más originales de hacerlo es en bicicleta o a través de sus infinitos canales interiores. La ausencia de elevaciones y una completísima red de pistas para bicicletas, y la abundancia de vías acuáticas en un país que ha vivido siempre obsesionado con el agua, permiten hacerlo con comodidad. Pero tal vez la experiencia más singular es visitar algunos de los lugares más representativos a bordo de uno de los tradicionales y panzudos barcos holandeses que recorren el Ijseelmeer, el mar interior que se encuentra al norte del país y que es una muestra más del titánico esfuerzo de los holandeses contra el mar.

Uno de los refranes favoritos de la población, al parecer, inspirado en una frase del poeta Voltaire, dice que «cuando Dios creó el mundo, se olvidó de Holanda. Holanda tuvieron que hacerla los holandeses». La frase, que repiten insistentemente y con visible orgullo, refleja su permanente lucha por domesticar las aguas del norte y su obsesión por conquistar nuevas tierras. Ello ha supuesto importantes cambios en su paisaje y en la configuración de su mapa geográfico.

En la zona norte del país existía una amplia ensenada, apenas protegida de las furias del Mar del Norte por una sucesión de pequeñas islas. Se llamaba Zuiderzee y en sus orillas estaban algunas de las ciudades que forjaron el prestigio de los navegantes holandeses durante siglos. Pero sus poblaciones y habitantes también recibían con frecuencia la violenta visita de las aguas enfurecidas. Las inundaciones eran continuas y, en ocasiones, dramáticas. La transformación del Zuiderzee comenzó en 1932, con la construcción del gran dique del norte, aunque la primera idea de crearlo nació hace más de tres siglos, en 1667, y los primeros proyectos se hicieron en 1918.

El gigantesco dique de Afsluitdijk -30 kilómetros de largo y 90 metros de ancho- permitió controlar la furia del Mar del Norte, aportar una enorme reserva de agua dulce evitando la progresiva salinidad de las tierras y ganar, gracias a la construcción de pólderes, más de 225.000 hectáreas de tierras fértiles. Este dique es, literalmente, vital para Holanda. Se cuenta que la razón principal de la rápida capitulación de los Países Bajos durante la Segunda Guerra Mundial fue la amenaza de Hitler de bombardear y destruir este dique, lo que habría hecho desaparecer más de la mitad del país, que vive por debajo del nivel del mar.

De salado a dulce

El Zuiderzee se transformó en el Ijseelmeer (mar Interior), sus aguas pasaron de saladas a dulces y las poblaciones y sus habitantes tuvieron que adaptarse a un nuevo estilo de vida. Los pueblos y paisajes que rodean el Ijseelmeer están entre los más visitados de Holanda, se encuentran a pocos minutos de Amsterdam y representan el encuentro con lo más auténtico del país. Es una de las zonas autóctonas más bellas, en la que no faltan ninguno de sus tópicos: molinos, tulipanes, canales, pueblos marineros, bicicletas, barcos...

Uno de los cambios más evidentes ha sido el de su antigua población marinera, que se dedicaba a la pesca, muy abundante en la zona, y que, con la transformación del amplio golfo en una gigantesco lago y la evolución de sus aguas de saladas a dulces, hubo de modificar su ocupación. Muchos de aquellos tradicionales botter, schooner, clipper o tjalk, la mayoría construidos a finales del siglo XIX o comienzos del XX, que se dedicaban a la pesca del arenque, el lenguado, el rape, el bacalao y el abadejo tuvieron que transformarse en barcos veleros de recreo. Pero, gracias a estos cambios, el viajero puede disfrutar hoy de una de las experiencias más insólitas y gratas en esta zona de Holanda.

La duración de la navegación va desde unas pocas horas a quince días y los grupos a bordo suelen oscilar entre 10 y 24 pasajeros, aunque unos pocos barcos llegan hasta 35. En algunos de los viajes organizados se combina la navegación con la práctica del senderismo por parajes naturales de gran belleza o el patinaje, alternando etapas de navegación con recorridos sobre patines, regatas de competición o rutas en bicicleta. También se organizan viajes exclusivamente para jóvenes, para familias con niños o para grupos de españoles.

Los tradicionales barcos holandeses se caracterizan por su poco calado, ya que las aguas del Ijseelmeer no suelen superar los tres metros de profundidad, y por el aspecto panzudo del casco. Ello permite que el interior sea bastante ancho y confortable, con predominio en su decoración de madera añeja y lustrosos metales. Los camarotes son estrechos, con dos camas litera, cuentan con lavabo y, a veces, ducha privada.

Muchos de los recorridos que se hacen en esta región -conocida como Círculo de Oro- tienen como punto de partida la ciudad de Enkhuizen, que se encuentra a mitad de camino entre el norte y sur del Ijseelmeer. Allí tiene su principal base la compañía De Zeilvaart y es un buen ejemplo de adaptación de una antigua villa pesquera en un activo puerto deportivo.

Además de sus torres e iglesias de los siglos XVI y XVII, la ciudad destaca por su originalísimo museo, el Zuiderzee Museum, un resumen perfecto de lo mejor de la Holanda rural y marinera, en el que se han trasladado o reconstruido edificios típicos de todo el país. La construcción del dique Afsluitdijk en 1932, que cerró la entrada de Ijsselmeer al Mar del Norte, acabó con un mundo de pescadores y marineros que faenaban en estas aguas cuando eran marinas. Algunas de sus actividades cesaron por completo: arreglo de redes y velas, ahumado de peces, hornos de cal procedente de las conchas...




 
 
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