| LUSTRE. El palacio de Sanssouci, patrimonio de la Humanidad, es el principal reclamo cultural y turístico de Postdam. / LA VERDAD |
POTSDAM. La concentración de palacios rodeados de jardines convirtió a esta ciudad en destino preferente para la realeza
IRATXE LÓPEZ
Nadie sabe más de palacios que los reyes. Tranquilidad y recreo era lo que buscaban los monarcas prusianos en Potsdam cuando Federico II El Grande y sus sucesores decidieron instalar en la ciudad alemana sus residencias de veraneo, más de diecisiete espléndidos edificios ubicados en grandes parques, que les permitían reflexionar sobre los asuntos del Estado durante largos paseos. A pesar del empacho de monumentalidad que podría temer de esta visita el viajero poco informado, el lugar merece dos jornadas completas de asombro, máxime teniendo en cuenta la facilidad de acceso gracias a la inmejorable red de transportes que comunican la urbe con Berlín, de la que se encuentra a unos 30 kilómetros. Eso sí, aviso al caminante: sus sufridas piernas pagarán un alto precio.El encanto de Potsdam sobrevivió a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Lo que los proyectiles hundieron volvieron a levantarlo las restauraciones, conservando así un espacio mágico que quizá encuentre en el Parque de Sanssouci su mayor exponente. La enorme zona verde fue imaginada por Federico El Grande como una sucesión de jardines dispuestos en terrazas, donde el monarca pretendía cultivar parras e higueras. Pero su intención original cambió al observar las vistas que el lugar ofrecía desde la colina. Instaló entonces sobre ella su residencia habitual para las vacaciones. No pretendía el soberano atender a demasiadas visitas, por eso ideó un palacio, el Schloss Sanssouci, no demasiado grande, carente de salas baladíes, en el que poder leer y dedicarse a la filosofía y a la música. El jardín inicial creció con la aportación de nuevas esculturas, fuentes y edificaciones, por lo que regar la extensión resultaba costoso. Para hacerlo recuperó unas antiguas ruinas, denominadas Ruinenberg en la actualidad, que ocultaban artísticamente las instalaciones de agua. El gusto por el arte de este rey no acabó aquí. La popularidad que los países orientales adquirieron en pleno siglo XVIII quedó plasmada en su personal vergel mediante la Casa China, edificio redondo de sobrecargada decoración con grandes estatuas doradas. Otros territorios encontraron su hueco en las preferencias de los diversos herederos que ocuparon la zona, lugares como Holanda, con el molino histórico que Federico Guillermo II mandó erigir tras quedar inservible un aparato de viento anterior, o Italia, cuya arquitectura admiraba su homónimo Guillermo IV, quien ordenó levantar la Orangerie, donde crecían las plantas durante el invierno, y la Iglesia de la Paz, en la que practicaba su profundo fervor religioso. Para este último y su esposa fue realizado también el Palacio de Charlotenhof, de estilo clasicista. Pero un gobernante lo es en todas las ocasiones, y manejar un reino entorpece la ociosidad. Eso precisamente le sucedió a Federico II El Grande con el estallido de la Guerra de los Siete Años. El conflicto obligó a reservar parte de su tiempo a los inconvenientes políticos e impulsó, además, la creación del Palacio Nuevo, mucho más grandioso que el primero, con el fin de demostrar que las batallas no habían mermado las arcas del Estado. Sus más de 300 habitaciones, para cuya construcción se aplicaron numerosos avances técnicos de la época, y el estilo rococó acabaron con la ansiada austeridad de la anterior residencia. Ostentación Los excesos de ostentación se trasladaron más tarde a Der Neuer Garten, parque de menores dimensiones enclavado en un paraje idílico gracias a la cercanía de dos lagos, el Heiliger See y el Jungfernsee. En este caso fue Federico Guillermo II quien inició su construcción, en 1786, imitando el estilo de un jardín inglés. Atrapado entre sus límites se encuentra el Palacio Cecilienhof, escenario histórico de una de las citas que marcó el devenir de los alemanes durante el siglo XX. Alrededor de una mesa que aún se puede contemplar, se sentaron entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 los representantes de las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial para negociar el desenlace de la rendición germana. Allí discutieron Stalin, Churchill -al que sustituyó después Clement Attlee- y Truman el reparto del territorio vencido. El palacio, de estilo inglés, fue el último edificado por la dinastía de los Hohenzollern, entre 1914 y 1917. El tercer parque de la ciudad, bañado por las aguas del río Havel, tomó el nombre de Babelsberg. En él se instaló un palacio de idéntico nombre, residencia de verano para Guillermo I a partir de 1871, desde el que se aprecian vistas del puente de Glienicker, ubicado en una extensión ajardinada que adquirió fama durante la Guerra Fría por sus historias de espionaje. Muy cerca del edificio se levantó la torre Flatowturn, erigida a mediados del XIX. La acumulación de inmuebles palaciegos convirtió a Potsdam en deseado destino que la belleza de la propia ciudad acrecentaba. Por eso, callejear observando la sucesión de casas adosadas, pintadas en diferentes colores es un placer para la vista. Tejados abuhardillados desfilan ante los ojos del visitante que, sorprendido, creerá haberse trasladado en el espacio al toparse con un barrio holandés, cuya construcción fue concedida a los muchos habitantes de esta nacionalidad que en el siglo XVIII residieron en la zona con el objetivo de que pudieran sentirse como en casa. Y debieron hacerlo porque levantaron un total de 134 edificios de los que 128 lograron salvarse tras la guerra.
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