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Los últimos caballeros

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CEREMONIA. Los caballeros de Malta, reunidos en su sede de la Villa Magistrale, se disponen a elegir a su nuevo Gran Maestre. / ANTONELLO NUSCA

La Orden de Malta sigue viva después de casi mil años, asentada desde 1834 como país sin territorio en Roma, donde han elegido este mes a su nuevo Gran Maestre

ÍÑIGO DOMÍNGUEZ CORRESPONSAL. ROMA


El detective Sam Spade -Humphrey Bogart- tomó el halcón maltés en sus manos: «Está hecho del material con el que se hacen los sueños». Es el final de la novela de Hammet y la película de Huston. «¿Sabe que tiene algo de verdad?», dice el jefe de prensa de los Caballeros de la Orden de Malta, Eugenio Ajroldi, en su sede de Roma. «El rey Carlos I -explica- donó a los caballeros la isla de Malta en 1530 y cada año le regalaban un halcón, eran muy apreciados en la caza». Esta orden religiosa, hospitalaria y antes militar también está hecha del material de las leyendas, aunque hoy es más prosaica: es un Estado sin territorio de 12.500 miembros que se dedican a labores humanitarias. Pero algo queda. Es la única orden caballeresca aún reconocida por el Papa. Este mes, ha elegido a su Gran Maestre, el británico Matthew Festing, tras la muerte del último, Andrew Bertie, de la misma nacionalidad.

La elección se celebró en la Villa Magistrale, en la colina del Aventino de Roma. El lugar es famoso por esa puerta en la que, al mirar por la cerradura, se ve la cúpula del Vaticano, según el diseño del jardín ideado por Piranesi. Aquí tuvo lugar en enero la recepción de los embajadores acreditados, un centenar, entre ellos el español Francisco Vázquez, que lo es ante la Santa Sede, pero también para la Orden de Malta. Las relaciones son sobre todo con países del Este europeo, Iberoamérica y muchísimos de África. Ninguna gran potencia. Los uniformes, las cruces de ocho puntas y los estandartes eran un tanto irreales. ¿Quién es esta gente tan rara que recibe tanta pleitesía?

La visita a la sede de la orden, en Via Condotti 68, a dos pasos de Piazza di Spagna, aclara dudas. Están cambiando el escudo del Gran Maestre en la entrada de su despacho. El Gran Consejo, formado por hombres de varias nacionalidades, está reunido en el salón. En el comedor les espera la mesa con 18 platos -11 para el consejo y el resto para otros invitados-. No hay nadie en la pequeña zona conventual. En la capilla hay una placa con una foto: es el rey Juan Carlos, que fue bautizado aquí por el cardenal Pacelli, luego Pío XII. La entidad llegó a este lugar en 1834 tras un éxodo histórico. Como la república de Venecia, como tantas cosas de otra época, los caballeros acabaron sus días de gloria a manos de Napoleón, que les expulsó de Malta en 1798. Así entraron por la fuerza en la modernidad, como le sucedió luego al Vaticano, al perder sus terrenos y quedarse en entidad espiritual. El nombre completo de la orden retrata su peregrinaje: Soberano Militar Orden Hospitalario de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Ahora no están en ninguna parte, aunque mantienen propiedades en Italia y Austria y de algunas tierras salen cosechas de vino, pero poseen sedes extraterritoriales, bandera y embajada en 100 naciones. Son una de esas cosas raras italianas. Con pasaporte y emisión de sellos. En la oficina de correos de la orden un empleado muestra uno de 2,20 euros muy especial. Es el de la reciente sede vacante, que duró cinco días.

Parte del resto del edificio es una clínica y la orden tiene un gran hospital en las afueras de Roma. «La vocación de la orden sigue siendo la atención médica», indica Ajroldi. Trabaja en 120 países, con hospitales, ambulatorios y servicios de atención a ancianos y discapacitados. También tiene una organización de emergencias, Malteser International, que a veces se ve con su banderita en catástrofes o conflictos armados. En total, 80.000 voluntarios y 13.000 empleados. Es la parte menos vistosa pero más real de la orden.

Un círculo exclusivo

Probablemente sólo en Roma, en donde el pasado se perpetúa, los caballeros podían sobrevivir con estilo. Pero se han convertido en algo muy italiano: un grupo elitista, reducido y selecto al que se supone poder e influencia. Si se suman los disfraces, el aire masónico es innegable. Eugenio Ajroldi sonríe. «Sería estúpido decir que no tenemos poder. Es verdad, somos un lobby en el sentido de que la selección de las personas es muy exigente y, por tanto, la calidad de los miembros es muy alta», explica. Antes sólo se admitían nobles, de forma hereditaria. Eso ha cambiado y los aristócratas son «un porcentaje bajo». El resto, profesionales reconocidos de todos los ámbitos. Un 20%, mujeres, damas. Deben ser católicos, claro, pero ya sólo 60 miembros son religiosos, con votos de castidad, pobreza y obediencia. De ellos sale el Gran Maestre. Son gente normal: el nuevo superior trabajaba en una casa de subastas y es coronel en la reserva. Tampoco los miembros se visten de forma especial, el hábito negro con la cruz blanca en el pecho sólo se usa en ceremonias.

Este aura elitista -en España son sólo 500- explica que reciban cada día decenas de peticiones de ingreso. La orden asegura que si aceptara todas tendría «100.000 miembros». Pero es al revés, sólo se entra por invitación de la orden al interesado. «Muchos sólo quieren el título, para enmarcarlo en casa, y para otros es como un club exclusivo de golf, lo hacen más para conocer personas de un cierto nivel que para jugar al golf, pero es que aquí se viene a trabajar, se pide un compromiso social», subraya Ajroldi. Aún así, admite que en la orden se conoce gente importante.

Por las mismas razones han florecido órdenes paralelas, unas 20, presuntos grandes maestros que venden títulos a incautos y hasta un tráfico de pasaportes falsos de la orden. Pero de momento, pese a que tienen todas las papeletas, los caballeros se han librado de protagonizar superventas del estilo Código Da Vinci.




 
 
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