| FUEGO Y NIEVE. Un grupo de esquiadores descansa a los pies del Etna, cuyas bocas expulsan permanentemente gases sulfurosos. / REUTERS |
SICILIA. La mayor isla
del Mediterráneo, dominada por el Etna, exhibe
2.500 años de historia, aunque muchos sólo
la conocen por los mitos y la mala fama de la Mafia
GAIZKA OLEA g.olea@diario-elcorreo.com
Ha caído Bernardo Provenzano, capo dei capi de la Mafia siciliana natural de Corleone -lo que alimenta más aún el mito- y el mundo entero gira sus ojos hacia Sicilia. Es el precio de la fama, de haber exportado un fenómeno social sin parangón que Mario Puzzo y, sobre todo, Francis Ford Coppola elevaron al imaginario de la leyenda, y que une para siempre la palabra Sicilia con la organización de los hombres de honor, una extraña entidad que mezcla criminalidad, lealtad interna, votos de silencio y un aprovechamiento exhaustivo de todos los resquicios legales para medrar más allá de lo posible. ¿Quién no sabe lo que es un capo, la omertá o la lupara?Pero Sicilia es, afortunadamente, mucho más. 2.500 años de brillante historia dan para mucho y permiten que la isla triangular -como un balón a punto de ser chutado por la punta de la bota italiana- sea un museo extraordinario que reúne lo mejor de las civilizaciones que vieron en esa tierra un granero fecundo. Griegos, romanos, árabes, normandos y españoles se asentaron durante siglos en ese territorio tan cercano a España y, sin embargo, tan desconocido. Es posible encontrar en Sicilia lo mejor de Grecia, monumentos romanos, palacios normandos -que llegaron desde el norte de Europa para expulsar a los árabes que sentaron las bases de la moderna agricultura en la isla- y extraordinarias edificaciones barrocas favorecidas por los gobernantes españoles. Restos estupendamente conservados
siempre que lo quiera el señor de la isla, el gobernante máximo, el coloso de fuego y nieve que domina la costa oriental: el Etna. Conos humeantes El volcán activo más alto de Europa (3.348 metros, 370 menos que el Teide) ofrece a Sicilia agua procedente de las nieves que la cubren de noviembre a mayo y tierras fértiles. Pero también amenaza con desgracias sin cuento como las que en el pasado asolaron la isla. Sólo en los primeros cinco años de este siglo, el Etna ha exteriorizado su furia en dos ocasiones y sus dos conos humean permanentemente para recordar a los sicilianos que no duerme, simplemente descansa. Las visitas al gigante son uno de los principales atractivos y un teleférico conduce a los viajeros hasta la base del cráter. Desde allí, un servicio de furgonetas transporta a los turistas hasta cerca de las bocas si la nieve no lo impide. Palermo, la capital, y Catania son las dos principales ciudades de la isla, seguidas en orden de importancia por la griega Siracusa y Messina, a escasos tres kilómetros de la península. Palermo es magnífica en todos sus extremos, desde el soberbio palacio de los Normados, sede de las instituciones autonómicas, hasta su enorme colección de iglesias barrocas, entre las que domina su catedral. Más extraordinaria resulta la otra catedral, la de Monreale, a 15 kilómetros de la ciudad, donde el alarde de mosaicos bizantinos, ya visibles en la iglesia de la Martorana y en una capilla del palacio de los Normados, exhibe la grandeza de la ciudad. Catania, en cambio, vive apegada al volcán y su avenida principal, Etnea, es una larga arteria que parece bajar de las laderas del coloso ardiente hasta desembocar en el mar. Es como si un río de lava hubiera descendido trazando una herida recta en el viejo casco urbano para recordar a los cataneses quién gobierna realmente la ciudad. El anfiteatro, semiexcavado en un lateral de esta gran vía, y el teatro romano, recuerdan al visitante la influencia del imperio de los césares. Tanto en Catania como en Palermo los barrios barrocos ocupan una extensión enorme, una sucesión de palacios admirables y viviendas burguesas que, como sucede en Italia, parece que nunca terminarán de acondicionarse. Los andamios cubren manzanas enteras y siempre hay calles levantadas en un intento agónico de lavar la cara a unos barrios que revelan la riqueza de unas clases pudientes asentadas sobre los lomos de la miseria del campo. Sus teatros del siglo XIX -Massimo y Politeama en Palermo, Bellini en Catania, grandes y lujosos- revelan lo que fue esta comunidad. Pero lo mejor está aún por llegar, porque Sicilia constituye ante todo el mejor exponente de Grecia fuera de la península helénica. La isla está plagada de teatros con capacidad para miles de personas -15.000 espectadores en Siracusa, 5.000 en Taormina-, símbolos de lo que fue esta provincia amada por las ciudades griegas. Cuatro nombres bastan para explicar las glorias que antecedieron al auge de los romanos: Siracusa, Agrigento, Selinunte y Segesta. La memoria helena Siracusa tiene en su teatro, aún activo, el mejor ejemplo del poder de Grecia, pero no el único. El enorme altar de sacrificios y la cantera de la que los esclavos extrajeron el material prueban lo que fue la ciudad de los tiranos, a la que pone broche final un anfiteatro romano de regulares dimensiones, edificaciones todas ellas situadas en un radio de 500 metros. Pero lo que más divierte a los turistas es el eco de la Oreja de Dioniso, cueva artificial integrada en la cantera en la que, según la leyenda, el tirano encerraba a sus enemigos para averiguar si conspiraban contra él. Agrigento es el valle de los templos, una sucesión de restos admirables protegidos por una muralla natural. El pasado de esta ciudad, en la que apenas se han realizado excavaciones, queda patente en tres edificios religiosos muy bien conservados y, sobre todo, en las ruinas del templo de Zeus, uno de los más grandes de la época dorada griega -su superficie multiplica por seis veces la de sus vecinos que aguantan en pie-. Fue alzado para festejar una victoria sobre los cartagineses y demolido por estos cuando cambiaron las tornas. Selinunte, frente al mar que mira a África, combina templos y urbanismo heleno, con restos de casas y objetos preciosamente salvados de la barbarie y el tiempo: un molino o una bañera. Y finalmente, quizá el espacio más romántico, Segesta, de la que sólo se conservan un magnífico templo y un teatro construido en una colina con vistas sobre la campiña. El resto de la ciudad descansa bajo los trigales. Son sólo unas pinceladas, apuntes de una herencia histórica interminable que ha propiciado la sentencia, quizá excesiva, de que lo mejor de Grecia, Roma o Bizancio se halla a la sombra del volcán, a la espera de que los siguientes terremotos o las erupciones respeten la obra de 2.500 años en la isla en la que, ajeno a tanta maravilla, se ocultaba Bernardo Provenzano. Sicilia se merece dejar una herencia más brillante y menos sanguinaria, diga lo que diga Coppola, que la Mafia, los corleoneses o la vendetta.
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