Hace cinco mil años, cuando la capital de los mastienos se hallaba en Cartagena, Cabo de Palos era Punta Trete: «Aquí está, donde siempre, en el cerrillo árido que cantaban los serviolas africanos y asiáticos. ¿Gritaban ¡Tierra!, o gritaban ¡Plata!?» se pregunta Angel Oliver, en Crónica y guía de las provincias murcianas.Gritaban plata a la vista de los acantilados pizarrosos que se alzan en torno a Cala Reona: las antiguas explotaciones del Atalayón dieron cobre, plata y estaño a iberos, griegos y romanos, y más tarde fueron ampliadas a la extracción de pirita, galena y plomo.
Este territorio volcánico y mineral con bóvedas en forma de media esfera y láminas negras y azuladas en forma de hoja revestidas de cuarzo, constituye una fantasía mineral tallada por el tiempo, el agua, el frío y el hombre. Cuando el sol poniente las acaricia se tornan anaranjadas bajo un cielo sin nubes. Es el momento de sentarse a contemplar el último destello.
Punto dominante de este abrupto tramo de costa es el precitado Atalayón, el segundo pico más alto del Parque Regional de Calblanque: 189 metros de altura, un lugar utilizado durante los siglos XVI y XVII por los atalayeros municipales para avisar de la presencia de naves piratas. En fechas más recientes, en las inmediaciones de Cala Reona, se instaló la Atalaya de las Moscas.
Los numerosos escollos que rodean Cala Reona forman parte de la reserva marina integral Cabo de Palos / Islas Hormigas, un lugar de excepción para el submarinismo debido a la abundancia de fondos rocosos y arenosos donde habita el mero, la corvina, el espetón, el congrio o la morena, un espacio rico en comunidades marinas y de coral considerado uno de las más bellos del Mediterráneo; aliciente añadido es la existencia de varios pecios, un entorno peligroso que se ha cobrado varios naufragios.
Cala Reona es larga y ancha, y su arena fina, dorada, mullida y abundante, despejada al sureste, y cerrada al oeste por los acantilados del Atalayón que se sumergen en el mar, a excepción de punta Lobo y la Cueva de las Palomas.
Al lado opuesto, camino del puerto de Cabo de Palos, se imponen los islotes, escollos,viseras, abrigos rocosos, arabescos, pedestales, arcos de piedra y un suelo que más parece encaje de bolillo, singularidad que invita a caminar por un sendero donde florece el crespinillo y algunas margaritas amarillas.
Son excepciones la playa del Descargador, cala Flores, cala Medina y cala Fría que incitan a tumbarse en la arena. Aunque no pertenecen a la reserva marina integral, en las calas citadas puede bucear a pulmón a una profundidad de cuatro metros, donde el pescado es menor y más pequeño, si bien la belleza de los fondos no disminuye.
La cantidad y calidad de pesca que desde siempre se ha localizado en el bajo de Enmedio, en la actual reserva marina integral, atrajo a pescadores valencianos y mallorquines que, en algunos casos, se quedaron a vivir aquí. A ellos se deben topónimos, que han perdurado en el tiempo: escullos, calblanque, calnegre...
En punta Trete, sobre las ruinas de una torre vigía, se levantó el faro edificado en 1865 para albergar una escuela de torreros. Tiene una altura de 50 metros y es el buque insignia de las defensas medievales de la costa que Felipe II ordenó reforzar en el siglo XVI, mientras se edificaban una serie de torres de vigilancia y señales con el propósito de avisarse entre ellas y comunicarse con los concejos de Murcia, Cartagena y Lorca.
Cala Reona no deja indiferente. Siga la ruta que, en media hora, le lleva a Calblanque. Hay que subir un repecho pizarroso y dejar atrás acantilados negros donde planta sus nidos el águila perdicera, la rapaz más emblemática del parque, caletas vírgenes que dejan un rastro de oro y de espuma, como la llamada Dorada o de los Dentoles que tiene una pequeña pradera de lirios de mar, y collados en los que abunda el palmito y especies espinosas como el cornical, la aliaga y el azufaifo, muestra de su singularidad y riqueza.
Calblanque tiene 1.882 hectáreas, almarjales, viejas minas abandonadas, chumberas gigantes, higueras, pinos y pitas, casas de labranza peculiares, carrizos, peñas tajadas, dunas fósiles, espacios de gran riqueza vegetal y animal, playas vírgenes y una laguna litoral que, a principios del siglo XX, se convirtió en las actuales salinas del Rasall, otro término mallorquín.
Pese a la aridez del paisaje, aquí se dan contrastes de gran belleza. El más atractivo lo proporcionan las salinas y el aleteo de las gaviotas que planean sobre los estanque buscando alimento y sosiego. Se miocultos entre juncales, hay dos observatorios cómplices que permiten gozar de los bandos de aves que acuden al humedal para criar, invernar o reponer energías durante las migraciones.
Si es discreto y paciente verá la avoceta y el archibebe, pájaros de humedal, o al menos eso pone en los paneles de información. El tarro blanco es un pato grande, blanco y negro, que recuerda a ciertos gansos, pero el más espectacular de cuantos vuelven a Calblanque es el flamenco, que acuden de forma ocasional. Buscan las salinas de Santa Pola, donde anida. Los ves y entran ganas de volar.