| Death
Cab For Cutie
La
puerta de atrás (del paraíso) Texto:
Jam Albarracín 08/02/2002 Un
buen día de 1997, un joven de Bellingham, en el estado de Washington, decidió
grabar algunas de sus canciones en un cassette. Normal. No era la primera vez,
en realidad ya lo había hecho bajo el seudónimo de All-Time Quarterback.
Buen chico, Ben Gibbard asegura que no fue la saturación de grunge procedente
de la vecina Seattle lo que orientó sus pasos en una dirección más
melódica, pero sus colegas le desmienten entre guiños de complicidad.
Sea como
fuere, You can play these songs chords, que así se llamaba
la maqueta, acabó despertando expectación entre el sector más
underground del estado, lo que animó a Ben a reclutar una banda estable.
Nick Harmer (bajo), Nathan Good (batería, después reemplazado por
Michael Shorr) y su amigo Chris Walla (guitarra, teclados) dieron forma junto
a Gibbard (voz, guitarra) a Death Cab For Cutie (DCFC). Han pasado menos de cinco
años y, casi de puntillas, entrando por la puerta de atrás, se han
convertido en una de las sensaciones del paraíso indierock estadounidense.
En Evasión intentamos desvelar las claves. Y esta noche podremos confirmarlo
en su directo murciano.
Indierock americano Su
primera entrega de larga duración es Something about airplanes (99), si
bien en España su único disco publicado es el segundo, We have the
facts and were voting yes + 3 (01, un año menos vía importación).
El añadido matemático corresponde a su posterior EP Forbidden love.
No obstante, en Estados Unidos ya ha visto la luz su flamante The photo album
(02), disco que aquí publicará Houston Party después del
verano. Bien, en ninguno de los casos la primera escucha revela nada especial.
Otro buen grupo de guitarras crujientes, logradas melodías y poso melancólico.
Sin embargo acaba quedando un agradable regusto que invita a probarlo de nuevo.
Y zas, caíste en la trampa, cuando vengas a darte cuenta será uno
de los discos que mejores migas haya hecho con tu estéreo. ¿La culpa?
Pues ni del PSOE ni de Yoko Ono, sino de Company calls, Title track, Technicolor
girls y por encima de todo de una conocida sensación general muy agradable.
Los postulados del primer indierock estadounidense de los noventa (Guided By Voices,
Sebadoh, Pavement) llevados a buen puerto melódico. El relevo.
El
éxito Las letras de DCFC hablan de sentimientos domésticos,
de botellas por apurar, de amores de ida y vuelta, «sí, pero lo verdaderamente
esencial es la música. Puedes escribir la mejor letra del mundo, pero si
no está sostenida por una buena melodía nadie le prestará
atención». Bien, pese a su creciente relevancia, DCFC sigue grabando
para una pequeña compañía independiente, Barsuk. ¿Cómo
lidiamos con el incipiente éxito, os agrada, os abruma? «Qué
va, pero si no tenemos tanto éxito, en realidad nos gustaría tener
mucho más. El problema con las grandes compañías es que no
están interesadas en apoyar a grupos que busquen desarrollar una carrera
de fondo. Quieren que escribas el gran hit y si no, no les interesas. Es triste,
pero es así como está el asunto actualmente en Estados Unidos».
Pues si yo le contara como está aquí, Sr. Gibbard. College-radios Si
ancha es Castilla, Estados Unidos ni les cuento. Así que en aquella conjunción
de estados, el fenómeno de las college-radios adquiere una relevancia notoria
y singular. Emisoras universitarias en su mayoría (al menos inicialmente)
cuya labor principal consiste en pinchar maquetas y discos independientes de la
escena estatal. Su auge durante el final de los años ochenta y primeros
noventa, su interconexión y su buen hacer acabó generando todo un
circuito autosuficiente para los grupos independientes, cuyos discos se vendían
cada vez en un mayor número de tiendas especializadas de todo el país,
lo que les permitía realizar giras cada vez más extensas y fructíferas.
Su creciente credibilidad se vio fortalecida por el éxito de grupos como
Hüsker Dü y estalló con el misil Nirvana. Bien, pues las college-radios
fueron desde el principio las grandes aliadas de Death Cab For Cutie. «Mis
canciones les gustaron, tuve suerte», se limita a señalar Ben Gibbard.
El
sex-appeal de la hormiga Ya he señalado que Death Cab For Cutie
huyen de la grandilocuencia tanto como de los postulados arrogantes. Ni siquiera
visten raro y cuando les preguntan por sus influencias, si en su sonido se aprecia
la herencia de bandas como The Folk Implossion, Elliot Smith o los primeros The
Posies, a diferencia de lo que suele resultar habitual, te sueltan: «Naturalmente.
Nosotros crecimos con la música de los noventa y esos son algunos de nuestros
favoritos. Me encantan esos grupos y han sido una influencia para nosotros, por
lo que supongo que de algún modo se notará en nuestras canciones».
Y antes de que te dé tiempo a cerrar la boca, su desbordante naturalidad
termina por desarmarte: «Y Built To Spill, Teenage Fanclub, Afghan Whigs,
Juno, American Analog Set...». Añádanle a esto una voluntad
inquebrantable y un continuado romance con la furgoneta. «Nos encanta tocar
en directo, conozco pocas cosas que pueden ser tan satisfactorias. Es cierto
que nuestros discos casi los componemos en la carretera, entre actuaciones, pero
eso está muy bien. En vivo no se pueden incluir ciertos arreglos, pero
se gana en fuerza y comunicación. En directo nos gusta rockear».
¿Una muestra más de su encanto? Pregúntenle por España:
«Nos encanta, es uno de los lugares más bonitos que hemos conocido.
Estuvimos ya en febrero, antes del FIB y nos enamoramos del país».
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