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Años de más

Unos dos millones de ancianos precisan asistencia. El 83% de sus necesidades las cubren a diario sus propias familias. ¿Y durante las vacaciones?


Texto: Manu Mediavilla
22/07/2002

De los seis millones de personas mayores de
65 años censadas en España, alrededor de un millón viven solas; una cifra que las estimaciones triplican cuando llega el verano. En verano no sólo se abandonan perros», alerta Luis Jiménez Murillo, presidente de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEME), tras constatar que, «desde finales de junio y hasta la primera quincena de julio», la llegada de mayores «a los servicios de urgencia aumenta en tres o cuatro pacientes diarios».

Cierto que no son muchos los «abandonos descarados» de ancianos –las fuentes consultadas coinciden en considerarlos «casos muy esporádicos»–, ni tampoco tan «escandalosos como hace algunos años», pero sí «anécdotas muy tristes que deben servir para llamar la atención sobre la necesidad de apoyo a las familias cuidadoras».

Con frecuencia, auténticas «familias heroicas» que, como subraya el presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), Isidoro Ruipérez, asumen el cuidado de mayores con serias discapacidades físicas y psíquicas y con alto grado de dependencia. «La inmensa mayoría se porta ejemplarmente», recalca, antes de subrayar la necesidad de potenciar las residencias temporales. «Hay que dar un respiro a esas familias para que puedan sobrellevar el esfuerzo; por mucho que los quieran, a veces, no basta».

Aunque todas las comunidades sacan en verano plazas con ese objetivo, son «a todas luces insuficientes». Y, además, «hacen falta todo el año», para resolver imprevistos como una enfermedad o un viaje de la persona cuidadora. «Vamos muy por detrás de las necesidades», remacha Ruipérez. En la misma línea, el Consejo General de Enfermería (CGE) recuerda que, «en algunas regiones de Francia, este sistema lleva implantado más de 20 años». «Incluso se organizan estancias de fin de semana para casos en que los familiares tengan que realizar algún desplazamiento y no puedan atender a la persona a su cargo».

Práctica inhumana
Los expertos coinciden en señalar esas estancias de respiro como un buen antídoto contra el abandono de mayores. Una tentación de la que, según apunta Jiménez Murillo, «las propias familias no son a veces conscientes», pero que, en la práctica, se manifiesta objetivamente: la afluencia de mayores a los servicios de urgencias es ligeramente mayor en la época preveraniega –«no ocurre en Navidades», precisa–. «No se trata de traerlos conscientemente para abandonarlos, pero quizás el umbral del aguante es menor en estas fechas», apostilla, antes de citar casos de personas que «dejan al abuelo en observación y vienen a los cuatro o cinco días, pasado el fin de semana». Tampoco falta quien se equivoca al facilitar su teléfono o dirección de contacto.

A la hora de la verdad, la resistencia médica a hospitalizar a ancianos que «no tienen nada aparte de sus dolencias habituales» hace concluir a Ruipérez que «los ingresos ‘sociales’ en verano no son significativos». Donde sí resulta visible un aumento de ingresos, en torno al 20%, es en las residencias de mayores. Pascual Berlanga, presidente de la Federación Nacional de Residencias Privadas de la Tercera Edad (FNRPTE), lo considera lógico, porque mucha gente aprovecha esta época vacacional para «probar y conocer» esa alternativa. De hecho, argumenta, «el 60% se suele quedar» después de comprobar que «el asilo ya se desterró» y que los servicios disponibles –sanitarios, asistenciales, formativos y de ocio– garantizan su confort y permanente cuidado. A su juicio, es mejor esa estancia temporal que llevarse de vacaciones «en coche a Algeciras u Ourense a una persona de 85 años que no puede moverse bien».

En el discurso de los especialistas late su profunda rebelión contra el abandono, aunque se trate de casos aislados. «Es una barbaridad, una práctica inhumana que incluso debería ser sancionada», enfatiza el responsable del Programa de Mayores de Cáritas, José Ramón Solanillas. Y bien que lo sabe Ana Castellanos, una de las coordinadoras del Teléfono Dorado de Mensajeros de la Paz. En siete años, ha oído de todo. Historias «bonitas, que te llegan más al corazón», como la de los dos nietos adolescentes que «decidieron no ir de vacaciones con sus padres y prefirieron quedarse para no dejar a su abuelo solo». Historias tristes, como la de quien llamó para «desahogarse» después de que a su hija «se le hubiera ‘olvidado’ dejar el número de teléfono» de su destino turístico.

Y unas pocas historias terribles. Como la de aquella anciana que se resistía a ingresar en una residencia y acabó aparcada por su familia. «Hace tres años que no la veo», se lamenta. O como la de aquella otra que, hace un par de años, fue, pura y simplemente, abandonada en un centro comercial. «Iba con su hija, y la llamaron por megafonía, pero no apareció nunca», cuenta Ana Castellanos. Tuvo que ser acogida en una residencia, donde, «totalmente válida como es, ayuda a los trabajadores». Cuando le dijeron que podían localizar a su hija, contestó, entre lágrimas: «Si no me quiere, mejor no molestarla».

Voluntaria compañía
«Parece mentira que los familiares se desentiendan», protesta desde sus juveniles 19 años Raquel García Romeral, que acaba de estrenarse como voluntaria de Solidarios para el Desarrollo en su Programa de Atención Domiciliaria a Mayores. «Como no aportan dinero, se les deja como a un armario en una habitación. Parece que su experiencia no significa nada. Es lo que más ha cambiado en la sociedad», dice para justificar la necesidad de «ayudar a tantas personas que viven solas e incomunicadas, que incluso mueren solas. Da miedo».

Ella misma, que inicialmente quería ir a un hospital, ha cambiado de idea al tomar conciencia de que el verano agudiza la necesidad de voluntarios para la atención a domicilio. Por una parte, la desbandada vacacional potencia la soledad de los mayores, al privarles de mucha gente de su entorno habitual; por otra, hay que cubrir las bajas de quienes realizan esa tarea durante el resto del año. «Muchas personas están solas en casa, tienen miedo a salir, y lo que más necesitan es pasear, tomar el aire, cogerse del brazo de alguien, hablar un poco de su familia, de cuando eran jóvenes, relacionarse con la gente...».

Raquel García considera doblemente paradójico que, en la era del móvil e Internet, «el mayor problema sea la incomunicación», y que el Estado gaste «tanto dinero en cosas superfluas, cuando es más importante ocuparse de los mayores». Porque no basta con el escudo asistencial de las organizaciones no gubernamentales: «Mucha gente ni siquiera sabe que puede llamar a alguna ONG y pedir compañía para un caso concreto».

Soledad ‘comunicada’
Emilia Vidal, que vive sola desde hace 33 años, lo ha descubierto a los 92. Aunque se vale por sí misma, con la ayuda de un sobrino que «viene a echarme un ojo todos los días», agradece la visita semanal de dos voluntarias: «Me leen los recibos, me toman la tensión, andamos un poquito y vamos a tomar una cerveza a una cafetería de la plaza de Roma, que allí se está muy bien». Hace poco estrenó el servicio de atención domiciliaria ocasional: «Un muchacho francés me acompañó a hacer la compra. Como veo mal, me da miedo cruzar la calle».

La pérdida de visión ha limitado su actividad. Pero sólo un poco: quien a sus 70 años fue capaz de «ir a Alicante en avión, sola, con doce paquetes y un perro», tiene claro que, «cuanto menos haga, menos voy a poder». Y se aplica el cuento con una intensa labor hogareña –cocinar, arreglar la casa, hacer punto y hasta «escribir mentalmente una novela»–, en la que «lo único que no me ha gustado nunca es madrugar».

La soledad comunicada de Emilia Vidal y el acompañamiento solidario de Raquel García son dos caras de una misma receta preventiva contra el abandono de mayores, que tiene en el verano un factor de riesgo. Ana Castellanos: «Se nota, claro que se nota. Sólo una minoría te dice en junio: ‘Ana, que me voy con mi hijo o mi hija de vacaciones’. La mayoría se quedan solos».

Recursos ínfimos

«La solución debe ir por las residencias temporales y las llamadas estancias de respiro», coinciden la SEME, el CGE y la SEGG. Pero, como reconoce el presidente de ésta, se detecta una clara «falta de recursos para auxiliar a las familias cuidadoras»; familias que «necesitan descansar» y que «no se van de vacaciones, porque tienen en casa a un familiar con demencia, incontinencia, inválido...».

Las estadísticas dejan pocas dudas. El censo español registra 6.300.000 mayores de 65 años. Un millón viven solos, aunque Solidarios para el Desarrollo estima que la cifra se triplica en los meses de verano. 2.150.000 (un 34% del total) son considerados dependientes: el 21%, leves; el 9%, moderados; y el 4%, severos.

El 83,1% de la ayuda en el hogar a esos ancianos dependientes lo asume en solitario la propia familia, que comparte otro 7,3% con la atención privada y otro 3,7% con la pública. La asistencia exclusiva de los servicios privados (4,9%) o públicos (1%) es mínima.

Informe 2000
El denominado Informe 2000 del Observatorio de Personas Mayores deja claras, más allá de ciertas lagunas estadísticas, las muchas asignaturas pendientes. El servicio público de ayuda a domicilio alcanzaba en 1999 a 112.797 ancianos, lo que representaba el 1,82% de los mayores de 65 años. El de teleasistencia, a 48.574 (0,78%). Los centros de día, a 7.103 (0,11%). Los centros y plazas residenciales, a 78.141 (1,26%), aunque hay que sumar otras 146.245 plazas privadas. Las viviendas tuteladas, a 3.052 (0,05%). Las estancias temporales, a 1.683 (0,03%), aunque, en este caso, faltan datos de media docena de comunidades; de las plazas cuantificadas, casi todas están en Madrid (1.192) y el País Vasco (275). El mejor escenario lo ofrecen los hogares y clubes, con casi dos millones de usuarios, un tercio de los mayores de 65.

 
 

        


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