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La cara oculta

El auge de la artesanía exótica desprende a las máscaras de su pasado cultural y las convierte en objetos turísticos para practicar rituales


Texto e infografía: Carlos Zahumenszky
31/05/2002

Allí estaba, colgada de la pared, vigilando con expresión feroz su pequeño reino sobre el sofá de tres plazas. ¿Te gusta? –preguntó el anfitrión–. La chica de la tienda me dijo que era peruana. Días más tarde, y tras una pequeña investigación, resultó que aquella máscara, de peruana, tenía bastante poco. Se trataba de la representación de Raga Naga, el Dios-Dragón de las serpientes de mar en la mitología melanesa. Aún hoy, los pescadores de ese archipiélago del Pacífico rezan a este mítico demonio marino por temor a que hunda sus barcos y se los lleve a su palacio en Pusat Tasik, el punto más profundo del océano.

Las máscaras talladas por artesanos tribales en recónditas esquinas del planeta se han convertido en piezas de moda –muy de moda– en las tiendas de artículos exóticos. La mano de obra barata en esos paraísos del turismo y la creciente demanda de objetos exclusivos han avivado un mercado hasta ahora minoritario en España. Sin embargo, buena parte de esas piezas de coleccionista tienen una historia –a veces, incluso, un propósito– que merece la pena conocer aunque sólo sea por saber qué es ese yuyu que hemos colgado en nuestro salón.

La tradición o el ritual de las máscaras existe prácticamente en todos los rincones del mundo. Desde las regiones más inexploradas de África, hasta las islas de Micronesia, en el sudeste asiático, o las tribus de esquimales de Alaska, numerosos pueblos comparten unas creencias religiosas basadas en el animismo (veneración por los espíritus de los antepasados) o tienen un panteón politeista muy relacionado con el entorno natural.

Desde hace miles de años, estas caretas cumplen una función de nexo con el mundo espiritual. En numerosas tribus africanas, como los Nuna, en Burkina Faso, o los Baule, de Costa de Marfil, se utilizan para las danzas, los ritos de fertilidad o las ceremonias de iniciación al matrimonio, el paso a la edad adulta o la muerte de un miembro de la comunidad. También es frecuente tallar máscaras como talismanes o tótems para ahuyentar a los malos espíritus.

Culturas tan alejadas entre sí como los Fang, de Guinea Ecuatorial, los habitantes de las islas de Polinesia o los sherpas del Himalaya cuelgan estos objetos en los dinteles de las puertas o los instalan en las inmediaciones de sus poblados como una suerte de barrera de protección contra sus demonios.

Sociedades secretas
En buena parte de estos rituales, los portadores de máscaras ocultan su identidad de forma permanente, incluso a los miembros de su familia. Las caretas se esconden cuando acaba la ceremonia y únicamente vuelven a ver la luz en la siguiente celebración. Con el tiempo, muchas tribus africanas –como los Luba, de Ghana– han visto nacer en su seno sociedades secretas cuyos miembros, ocultos tras el anonimato de sus rostros de madera, toman decisiones políticas o religiosas dentro de la comunidad.

En las civilizaciones más avanzadas, las máscaras son también un vehículo de transmisión de conocimientos. Los Inuit, en Alaska, o los habitantes del valle de Katmandú, en Nepal, utilizan estos iconos en representaciones que cuentan leyendas de su pasado o enseñan pasajes religiosos. De hecho, es posible hablar de una cultura asiática de las máscaras vinculada al hinduismo, cuyo máximo exponente radica en el teatro de máscaras de Bali. Sus danzas son el origen de la mayor parte de las caretas exóticas que se venden en Europa y presentan cuatro variedades. Las tres primeras son Barong, Topeng y Calonarang, bailes en los que se narran las leyendas locales, se expulsan los malos espíritus o se rinde culto a deidades locales como Dewi Durga, reina de las brujas y diosa de la muerte. La cuarta es el Wayang Topeng: es un teatro mucho más elaborado, en el que se describen fragmentos del Ramayana y el Mahabarata, los textos sagrados del hinduismo.

Al norte de Polinesia, en Japón, el teatro Noh utiliza máscaras para contar historias de influencia budista. Y en México o Guatemala, la festividad cristiana de los Santos Inocentes también se celebra con los bailes de calaveras y diablitos, que combinan el catolicismo con milenarias tradiciones indígenas.

El negocio del arte
El uso de estos objetos como iconos religiosos o como medio de transmisión cultural se alterna con fines mucho menos espirituales. En algunos países occidentales, las caretas aparecen incorporadas a fiestas de carnaval muy tradicionales, como sucede en Venecia o el Mardi-Gras de Nueva Orleans. Incluso en países tradicionalmente vinculados a las máscaras, muchas tallas no tienen otro destino que servir de elemento decorativo, por el que su propietario demuestra su nivel de riqueza o estatus. Cuanto más elaborada es la pieza, mayor la relevancia que confiere a su dueño.

En la actualidad, los miembros de sociedades antiguas, como las del archipiélago de Polinesia, no han tardado mucho en ver el negocio de fabricar caretas como simples souvenirs para turistas. Los diseños originales se contaminan y pierden su significado y función. El auge de este mercado ha llenado las tiendas de muchas piezas sin historia, cuyo único propósito es llenar un hueco en la pared. Hasta hoy, el aislamiento había permitido sobrevivir a estas culturas milenarias. Ahora, la voracidad del turismo amenaza con desvirtuar costumbres antiquísimas que merece la pena conocer y respetar. Y saber de qué lugar del mundo procede una obra de arte no es un mal principio.

 
 

        


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