Desde
el Monte Miral
Texto:
José María Galiana
06/08/2001
Hace
unos años, la cartagenera Hermandad de Romeros de San Ginés
de la Jara recuperó la ya citada romería al monasterio,
que desde el siglo XVII se celebra el 25 de agosto, aunque en aquellos
años la celebración se prolongaba hasta primeros de
septiembre. De madrugada, los romeros se concentran frente a la
iglesia de la Caridad, llevan a cabo una ofrenda floral a la patrona
de Cartagena y emprenden camino al monasterio de San Ginés,
patrón de los campesinos y protector de los viñedos.
La romería, muy peculiar y colorista, tiene una clara influencia
rociera.
Una porción de historia y un mucho de fabulación se
ha tejido (y se seguirá tejiendo) en torno al monasterio
medieval de San Ginés de la Jara, el único de esa
época que se conserva en la Región de Murcia, en cuyas
inmediaciones se han documentado vestigios del Paleolítico
Superior. Geográficamente, el cerro de San Gines está
situado al oeste del Mar Menor, entre Alumbres, El Beal y Cabo de
Palos, distante unos 11 kilómetros del citado monasterio.
Alcanza
una altura máxima de 230 metros y tiene un notable interés
geomorfológico por el proceso de karstificación, mineralógico
(hay criaderos de hierro y manganeso) y antropológico, si
se tiene en cuenta la proximidad de Cueva Victoria, en cuyo interior
se han encontrado restos de excepcional interés cultural.
Ya
se ha dicho en estas páginas que el hombre, favorecido por
la existencia de dos mares, de manantiales y bosques que le proporcionaban
alimento, habitó estas costas de manera continuada desde
hace 15.000 años: restos arqueológicos demuestran
que durante la cultura argárica (siglo IV a.C.) los bosques
frondosos alcanzaban las orillas del Mediterráneo en el Mar
Menor, y que las cabras monteses, halcones y aves de cetrería
se asomaban al mar desde los acantilados de Calblanque. Antes y
después, fenicios, griegos, cartagineses y romanos levantaron
hogueras en este enclave tan sumamente estratégico, doblaron
el cabo de Palos y cargaron sus naves de plata extraída de
la sierra de Portmán.
La
proximidad del Mar Menor, desde cuyas riberas empieza a ganar altura
el cerro de San Ginés, debió ser otro de los alicientes
para su ocupación. Hasta ahora se ha citado el cerro de San
Ginés cuando realmente se trata del monte Miral derivación
de mineral, en el que todavía hay restos de herrerías
romanas y minas excavadas.
La
cita más antigua referida a la existencia de un monasterio
en el paraje se remonta al siglo IV. En ella se atribuye al eremita
Paulo Orosio, discípulo de San Agustín, su llegada
desde África con el propósito de levantar un oratorio
en el monte Miral: «En la playa del mar de Cartagena, a tres
leguas de la ciudad, en unos montes de gran amenidad, fundó
un convento agustino fray Paulo Orosio».
Con
ocasión de un voraz incendio entre el siglo VIII y IX, se
menciona a San Ginés y se hace una interesante descripción
del Campo de Cartagena: «Era muy poblado de munchas cosas,
e poblaciones e torres, e munchas arboledas de munchas naturas,
que avía en él más de dos mil vecinos y munchos
naranjales y frutales. Un día de mañana, un hombre
pegó fuego a un rastrojo de los que y poblaban, y de aquél
pegóse a otros rastrojos, e non lo pudieron apagar, e quemó
fasta çien casas, e quemó, entre hombres e mugeres
e criaturas, más de trezientas personas por quento el fuego
fue de noche, el ayre era muy grande e el fuego fue a tamaño.
Después
de ençendido, que no avía hombre en el mundo que apagarlo
pudiese, e las gentes huyan a cada parte donde podían. Así,
algunos que fuyeron a San Ginés, e otros a Lorca, e otros
a la Baylía, otros a Todomir, otros a Orihuela, otros a la
sierra. E los que fueron a San Ginés acordaron sacar vn panno
que tenía el Santo Ginés ençima de supoltura;
e sacáronlo e pusiéronlo delante del fuego como venía,
e luego fue muerto. Avía quemado todo el campo; e avía
enderredor del monasterio munchos árboles, e vn pino aluar.
E duró este fuego çinco días con sus noches;
e quemó este fuego hasta Vera e Lorca, e quemó los
más lugares del dicho campo, e quemara a San Ginés
sino por sus ruegos deste bendito santo que estoruó que no
se quemase más».
No
hay más constancia de la descripción ni de que Paulo
Orosio llevara a cabo aquella primera construcción, pero
sí de que, en el siglo XII, a instancias de Alfonso X El
Sabio, otros agustinos, originarios de Cornellá de Conflent,
se establecieron en el lugar de la Jara para que no se perdiera
el culto a San Ginés de Arlés, «cuya cabeza,
tras martirio y decapitación, fue transportada por los ángeles
hasta las tierras murcianas, para preservarla de las persecuciones
del siglo IV».
Puestos
a hacer recuento de fábulaciones, es singular la que emparienta
a San Ginés con el profeta Mahoma, o el testimonio de fray
Melchor de Huélamo que, a principios del siglo XVII, aseguraba
que «las moras africanas y berberiscos que hay en Murcia y
Cartagena, (y aún en parte de África) tienen por cierto
que San Ginés de la Jara fue de su tierra. Y aún dicen
ellas que fue morabito».
Por
aquellos años, en 1677 para ser exactos, el Ayuntamiento
de Cartagena nombró a San Ginés de la Jara patrón
de la ciudad, representación que comparte con los gremios
vitivinícolas de Cuenca, Toledo y Jerez, cuya celebración
se lleva a cabo el 25 de agosto. La leyenda de San Ginés
se extendió de tal modo que el lugar fue declarado santo
en el siglo XIII y años más tarde, Juan Chacón,
adelantado del Reino de Murcia, reconstruyó el monasterio
y alentó la celebración de festejos y romerías.
En
1541, el papa Paulo III, otorgó culto y advocación
al lugar, y medio siglo después, Clemente VIII concedió
jubileo perpetuo a quienes visitaran el monasterio. De esos años
datan el claustro y la iglesia del monasterio, construidos con las
donaciones recibidas, tan generosas que dieron para comprar las
fértiles tierras circundantes, donde hoy se espigan palmeras,
cipreses y cítricos.
La
primera de las capillas del monasterio, dedicada a San Antonio de
Padua, tenía un retablo barroco con sagrario en mal estado.
El camarín, de planta octogonal, acogía una escultura
del titular que desapareció. Es de los pocos camarines de
talla que, si aun subsiste, forma un conjunto de retablo y escultura
del mismo tiempo. Querubines, veneras, bandas, hojarasca, flores
y rosas se hallan repartidas en un retablo de columnas salomónicas.
De autor desconocido, esta fechado en 1725.
Federico
Casal, cronista de Cartagena, se hace eco de un curioso avatar relativo
a las primeras romerías de San Ginés en el siglo XVII,
cuando la piratería berberisca atemorizaba a los habitantes
de la costa: «A veces, la Feria se interrumpía a causa
del desembarco de piratas berberiscos que hacían huir a los
feriantes, mientras los frailes preparaban sus arcabuces para rechazar
el ataque».
El
monasterio, de planta rectangular, tiene una superficie construida
de 1.800 metros cuadrados. A la izquierda se encuentra la iglesia,
la torre del campanario y la obra fortificada desde la que los frailes
repelían los ataques de la piratería. La desamortización
de Mendizábal convirtió el monasterio en casa de labranza,
y en 1835 pasó a ser propiedad privada, situación
que se mantiene en la actualidad, aunque el edificio está
declarado BIC.
Frente
a las ruinas de este histórico monasterio, se alza el monte
Miral, también llamado monte Santo. Entre las antiguas herrerías
y bocaminas se ven los muros abovedados de mampostería y
ladrillo edificados por los anacoretas que durante siglos moraron
humildemente en un espacio donde, según la leyenda, los ángeles
levantaron una ermita para que San Ginés hiciera penitencia
durante 25 años.
Julio Más, autor de diversos estudios realizados sobre San
Ginés de la Jara, indica que en el monte Miral habían
varias ermitas «dedicadas a San Pablo, primer ermitaño,
San Hilarión, San Antonio Abad, a la penitente Magdalena,
San Jerónimo y al Niño Bautista», y que la octava,
llamada la de los Ángeles, fue levantada por el propio Ginés
con la colaboración de unos ángeles.
Ahora
sólo quedan restos de esos oratorios y el recuerdo de aquellos
anacoretas que vivieron en el monte Miral. Uno de ellos, el portugués
Higinio, compañero de San Ginés según se cuenta,
buscó abrigo y soledad en una cueva del paraje del Hondoyuelo,
en lo que todavía es eremitorio de La Luz (Murcia).
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