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Cuestión de voluntad


Texto: Manu Mediavilla
18/10/2001

El día que te vayas, lo único que te vas a llevar es lo que hayas aprendido, lo que hayas amado y lo que te hayan querido. Es la filosofía íntima de Carmen García Ortubia, una mujer que visita a enfermos terminales de sida. La suya es una actitud profundmente vital, el comportamiento de quien, a fuerza de ver morir, ha acabado por «creer en la vida, amarla y respetarla».


Y esa es una filosofía asumida por otras muchas personas que han hecho del voluntariado una apuesta existencial para la que nunca es tarde. Porque, como apunta Fernando Enríquez, librero jubilado que contribuye a preparar bibliotecas a medida para países en vías de desarrollo, «si no haces nada, lo único que te permites es envejecer».

Hasta hace no demasiado tiempo, los únicos colectivos de voluntariado conocidos en España eran organizaciones como Cruz Roja. Sin embargo, en la última década han comenzado a ocupar un espacio propio unas estructuras asistenciales diferentes que, según las previsiones de la Administración, crecerán sustancialmente en este principio de siglo: las asociaciones compuestas mayoritariamente por jubilados y personas desocupadas, que prestan desinteresadamente su ayuda a fines humanitarios. ¿Las razones? Ellas mismas las exponen.


Contra el «vacío de tiempo y la desconexión con los antiguos compañeros» que suelen seguir a la jubilación, el mejor remedio es la solidaridad, sostiene el químico retirado José Lobón. Y él mismo se aplica la receta participando en un programa de clasificación de medicamentos y material sanitario con destino al mundo pobre; una actividad que, a la postre, parece tener un efecto multiplicador: además de colaborar con la organización no gubernamental Solidarios para el Desarrollo en los programas de Acompañamiento a Enfermos, Libro Solidario y Puente Solidario, los protagonistas de esta historia, Carmen, Fernando y Pepe, encuentran tiempo y energía para organizar grupos de apoyo, estudiar o preparar conferencias.

Son apenas tres ejemplos de un fenómeno que está dejando de ser emergente para convertirse en una realidad palpable y en expansión: el voluntariado de mayores. Diversas estadísticas sugieren cifras del 5% al 10% de personas de edad avanzada que colaboran de forma desinteresada en tareas sociales, un porcentaje que varía según se tome como referencia la edad o el retiro laboral.

El Informe 2000 del Observatorio de Personas Mayores, por ejemplo, sostiene que un 8,2% de los jubilados participa en grupos de ayuda. El estudio aporta otras pistas indirectas, como el asociacionismo (41,4% de hombres y 25,9% de mujeres), aunque todavía vinculado mayoritariamente al ámbito «de jubilados», y sólo de forma simbólica (1,4%) a las organizaciones específicas de voluntarios.

Otra pista la da el propio colectivo Solidarios para el Desarrollo, que contabiliza entre su voluntariado a un 4% de mayores de 65 años, cifra que debe ponerse en relación con otras (5,67% de jubilados y 4,12% de amas de casa) para completar el retrato del colectivo. El perfil encuentra ratificación en el estudio Empleo y trabajo voluntario en las ONG de acción social, elaborado por el Centro de Estudios Económicos de la Fundación Tomillo y publicado el año pasado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales.

Jóvenes sin reparos

Los fríos datos no recogen, sin embargo, la vitalidad casi contagiosa de la creciente apuesta solidaria de los mayores en España. José Lobón, por ejemplo, no se ha conformado con llevar dos años clasificando medicamentos, sino que ha convertido a su esposa, Pura, en solidaria consorte –una definición humorística que traduce un voluntariado de hecho– en el programa de acompañamiento de mayores.

Pepe lleva gafas, bigote y una socarronería septuagenaria a prueba de años. Como jugador de baloncesto que fue (capitaneó la selección universitaria, estuvo un año en el equipo nacional júnior, recibió una «pequeña tentación del Madrid» y es «un forofo del Estudiantes»), tiene pinta de niño grande un poco revoltoso. Pero, desde su larga experiencia como químico en Bazán y Enusa, se aplica con cuidado a la tarea de clasificar fármacos: «Lo más importante es la identificación de los válidos. El problema es el tiempo de transporte. Hay que garantizar que llegan a su destino sin caducar».

Él se sumó al voluntariado por una información de prensa, y ahora corre la voz cuanto puede. En el Colegio de Eméritos de Madrid, adonde acude para colaborar en sus ciclos de conferencias. O en las obligadas sesiones de rehabilitación de sus problemas de columna. «Te suena de vez en cuando la clavija; ya necesito ‘tres en uno’ para el cuello», bromea, mientras cuenta que, «a estas edades, tenemos que ir al médico cada vez más».

Pero aún le quedan dos mañanas libres para el programa Puente Solidario de Medicamentos, donde comparte tarea con gente como Pepita, que compagina ese voluntariado con otra labor iniciada hace ya 28 años en Manos Unidas; o como David, que reparte bastantes años de vaivén solidario entre España y su Estados Unidos natal.

Quien no ha ido nunca a América –«tenía ilusión por ir con mi mujer a Nueva York y a Canadá, pero ahora nos ha cortado el jaleo mundial»– es Fernando Enríquez, de quien no es un tópico asegurar que está hecho un chaval. A sus muy activos 73 años, no sólo prolonga «toda una vida laboral entre libros» participando por las mañanas en el programa para enviar obras donadas a distintos países, «sobre todo Hispanoamérica». También aprovecha las tardes para estudiar Humanidades en los cursos para mayores de la Universidad de Alcalá de Henares. Después de medio siglo de librero en las editoriales Aguilar y Crisol, «tenía clavado en el corazón el no poder ser universitario». Y aún le queda tiempo para viajar (India, Egipto, Turquía, casi toda Europa) y contrastar culturas.

El viaje de Carmen García Ortubia ha sido, en cambio, interior, pero se asoma a otras culturas, fundamentalmente las orientales, para «aprender a vivir aprendiendo a morir». Coordinadora de la treintena de voluntarios que, desde hace doce años, acompaña a diario a los pacientes con VIH-Sida del Carlos III de Madrid, recuerda que los avances avances científicos no impiden todavía que «se siga muriendo de sida». Y con demasiada frecuencia, al borde de la soledad: «Encuentras personas a las que la drogodependencia ha destrozado su relación familiar y que, cuando la enfermedad empieza a pegar fuerte, están solas».

El equilibrio

Es la hora del acompañamiento y del trato amable, «con el respeto con el que no han sido tratadas por la sociedad ni por sí mismas». En esas circunstancias de «autoestima bajísima», lo más agradecido es, precisamente, que «no te acercas para reprocharles qué han hecho con su vida».

Pero no es fácil guardar un equilibrio en esa labor. Según Carmen, exige una «filosofía existencial muy clara» para propiciar que un «espíritu joven, que querría vivir más», asuma el deterioro de su organismo. La receta, afirma, consiste en ofrecer ternura y cariño, pero al tiempo que se procura no «engancharse sentimentalmente», con el fin de no quemarse en el esfuerzo y los momentos dramáticos.

«Esa persona que agoniza se está mirando en tus ojos, no le puedes transmitir miedo o angustia», reflexiona, antes de remarcar que «lo más digno de respeto es ver morir a un ser humano». Precisamente, Carmen lamenta que el aprendizaje de la muerte sea la asignatura pendiente de la civilización occidental, que «nos enseña a vivir, o a malvivir, pero no a desaparecer».

Para acompañar a los enfermos terminales en ese tránsito, concluye esta voluntaria, hace falta cierto «sentido de la trascendencia y la espiritualidad», aunque no necesariamente religioso: «A palo seco no hay quien se lo coma».

 
 

        


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