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De
espaldas a la miseria
Cada
día al despertar, te sientes un escalón
más abajo», describe un excluido social,
miembro de un colectivo donde las mejoras «se perciben
a muy, muy largo plazo», según los servicios
asistenciales
Texto: Manu Mediavilla
26/11/2001
Cada
día al despertar, te sientes un escalón más
abajo», se autorretrata una persona sin hogar.
«La mayor satisfacción es ver a gente que,
de un año a otro, va mejorando», confiesa un
joven voluntario que trabaja a pie de calle con los sin
techo.
Son las dos pinceladas que dibujan la profundidad del problema:
la extrema exclusión social un problema que
sufren miles de personas carentes de recursos, abocadas,
jornada a jornada, a degradarse y hundirse en el pozo
y los esfuerzos por la recuperación, la reinserción,
la subida de los escalones bajados, que sólo es posible
con tiempo, paciencia y continuidad.
«Los resultados se perciben a muy, muy largo plazo;
si piensas cambiar esa realidad en un día, mejor
que te dediques a otra cosa», remacha José
Aniorte desde su juvenil experiencia en Solidarios para
el Desarrollo. Porque la realidad es, efectivamente, muy
dura.
En España, el cada vez más diverso colectivo
sin techo (el viejo arquetipo del vagabundo desaliñado,
hosco y con trastornos psíquicos apenas representa
ya el 5%) conforma una auténtica ciudad invisible
de 30.000 habitantes, que no son ciudadanos, sino supervivientes.
«Hambre, lo que se dice hambre, no se pasa»,
constata Esperanza Linares, responsable del Programa de
Personas Sin Hogar de Cáritas, a propósito
de la aceptable cobertura de comedores sociales (entre 20.000
y 25.000 plazas) para gente con escasos recursos. Más
grave, es a su juicio, que las instituciones y la sociedad
«vulneran los derechos humanos, cívicos y sociales
más básicos» del colectivo de marginados.
La propia Cáritas, que hace dos años centró
su campaña del Día de los Sin Techo en el
lema No tengo techo, pero sí derechos, ha denunciado
esa situación con ejemplos concretos. Jerónimo,
que tras ingresar en Urgencias y recibir el alta a las dos
de la mañana tuvo que pasar la noche al raso: carecía
de hogar y de recursos.
Pablo, encarcelado por no presentarse a recoger una sentencia,
tampoco disponía de domicilio fijo y, por tanto,
no recibió la notificación. José María,
apeado de un tren y registrado en la estación por
dos guardas jurados: la meta de su viaje era una comunidad
terapéutica. María, que recibió una
brutal paliza de madrugada: dormía en un simple colchón
en plena calle. Juan, a quien cancelaron su cita para un
empleo porque la empresa descubrió que su teléfono
de contacto era el de un centro de acogida
Desde hace dos años ha llovido mucho o, como estos
días, ha hecho un frío intenso. Pero muy poco
ha cambiado en ese escenario de medios insuficientes y asignaturas
pendientes. La red de albergues y servicios de alojamiento
se queda corta para sus 9.000 usuarios diarios y, además,
las prestaciones están lastradas por sus rígidas
estructuras.
¿Hasta cuándo en este plan?, se pregunta el
significativo lema del Día de los Sin Techo 2001,
que mañana recabará apoyos para que se redacte
con urgencia un proyecto nacional destinado a ayudar a este
colectivo. La jornada servirá, además, para
reclamar un compromiso público que garantice, de
forma directa o mediante conciertos con entidades privadas,
«la continuidad, estabilidad, calidad y acceso igualitario
a los servicios de atención».
Nuevos problemas
No hay techo, pero los nuevos problemas llaman sin cesar
a la puerta, sin dejar margen ni tiempo a los profesionales
y voluntarios para sacar el máximo partido a su aprendizaje
con los excluidos. Está sucediendo ya con los trabajadores
inmigrantes: a falta de recursos específicos, acuden
a cubrir su «necesidad de todo» a los servicios
de primera acogida, que acaban prácticamente desbordados.
Lo cuenta Linares, quien reconoce que ese esfuerzo añadido
está «desplazando a la población excluida
habitual que a su vez se queja con argumentos xenófobos
y provocando un momentáneo, pero encadenado, efecto
contagio. En cuanto pueden se van, pero hay otros
cincuenta necesitados esperando».
La frecuente rotación en los servicios sociales mantiene
elevada la proporción de inmigrantes, que puede variar
del 40% al 90% según se trate de comedores, centros
de día, albergues de alojamiento primario, etc. María
Jesús Díaz de Neira, responsable del Centro
de Información y Acogida (Cedia 24 Horas) que Cáritas-Madrid
gestiona en la misma plaza donde se ubica el Senado, calcula
en un 65% el porcentaje de usuarios extranjeros en su centro
de noche bautizado con el tranquilizador nombre Calor y
Café.
Y advierte del riesgo: «Vienen sólo por cuestión
de trabajo, para buscarse un empleo o hacer una labor puntual,
pero acaban convirtiéndose en sin techo tradicionales».
«Ni son ni se sienten excluidos», coincide Linares,
tras señalar que el fenómeno afecta a todo
el viejo continente, «y no hay que meterlos en esos
servicios, porque terminan siendo excluidos de verdad».
La exclusión social es la gran herida abierta en
el estado de bienestar, y en su versión sin techo
dibuja un perfil de tres rupturas interrelacionadas: de
los derechos sociales más básicos llámese
pobreza, de los vínculos sociales y del propio
sentido de la vida. Estas fracturas se traducen en falta
de confianza en uno mismo y en los demás y desembocan
en una frase terrible: «Todos nos abandonáis».
José Aniorte recalca que «la soledad en que
viven las personas sin hogar es tremenda», y Esperanza
Linares confirma que, «a veces, todo empieza por la
ruptura del vínculo». La desaparición
de los apoyos familiares o de las amistades quiebra las
defensas con las que es posible parar el golpe de la privación
material y la falta de alojamiento.
«Si se rompe alguno de esos apoyos, te vuelves vulnerable
y de ahí pasas a la exclusión. Pasito a pasito.
Y eso no se cura dándote de comer, ni con un albergue»,
advierte la representante de Cáritas. Por eso, las
miradas de quienes trabajan con las personas sin hogar no
se dirigen simplemente a cubrir sus necesidades primarias
(comedor, alojamiento e higiene acaparan más del
80% de los recursos existentes), sino a acompañarles
en un auténtico itinerario de inserción social.
Los voluntarios saben, sin embargo, que deben caminar con
los marginados, pero «a su ritmo». Desde su
experiencia como trabajadora social de Cedia 24 Horas, Mónica
Fontane apuesta por los «servicios de baja exigencia»,
con el fin de motivar a los sin techo más alérgicos
para que acudan a los servicios sociales. Y, por supuesto,
para «contener los daños. A veces llevan veinte
años de calle y tienen problemas mentales serios».
Sin la rigidez de horarios y normas de muchos albergues
en uno se ha llegado a usar el alcoholímetro,
el centro en su triple versión diurna, nocturna
y de emergencia «garantiza siempre la primera
atención» y ofrece un «espacio cálido
de encuentro». Como remarcan Díaz y Fontane,
«mejor que quedarse fuera, en la acera, que vengan
dentro».
Cambio de actitud
El Calor y Café de Cáritas linda con la frontera
del trabajo de calle; una actividad que, como apunta Esperanza
Linares, «empieza a ser algo menos rara» y a
verse en localidades del País Vasco, Madrid, Extremadura,
Cataluña, Canarias, Aragón, Andalucía
Es la apuesta que hizo hace ya ocho años Solidarios
para el Desarrollo, que en la capital del reino cubre tres
rutas nocturnas durante «todo el año, independientemente
de que haga frío o no».
Con sólo 23 años, pero curtido por cinco de
voluntariado, José Aniorte tiene claro el objetivo
inmediato: «Les llevamos café, cacao y magdalenas,
pero la finalidad no es darles de comer. Es una herramienta
de trabajo para crear relaciones, romper su soledad y fomentar
su autoestima». El primer paso, remarca, para servir
eficazmente de «puente con los recursos sociales»
a los sin techo más reticentes a utilizar estos servicios.
A pie de calle, este voluntario hace suyas algunas quejas
de los propios sin techo, cuya castigada autoestima los
hace sensibles a cualquier gesto de rechazo o distanciamiento
de los viandantes.
Sufren, asegura, cuando observan cómo un ciudadano
«cambia de acera, les ignora o, incluso, evita mirarles
a la cara cuando les da un duro». Y aboga por un «cambio
de actitud de la gente»: las personas sin hogar «no
lo son porque quieren; casi siempre, su alcoholismo o su
enfermedad mental son la consecuencia, no la causa, de estar
en la calle». Cualquiera, advierte, puede acabar en
esa misma situación.
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