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Barracones de humillación
Un libro desvela los diez años de existencia del campo de concentración de Miranda, instaurado por el ejército franquista en la Guerra Civil

Texto: Iñaki Esteban / Miranda de Ebro
04/02/2004

–¿Eres de Miranda? ¡Qué malos recuerdos me trae tu pueblo!
José Ángel Fernández López trabajaba en Tubacex, en Amurrio, cuando escuchó aquellas palabras de un compañero mayor que él. No dijo más, por mucho que le preguntaran. Tenía miedo de hablar. La democracia daba sus primeros pasos en firme, pero algunos comportamientos aprendidos por la fuerza aún agarrotaban el ejercicio de la libertad.

DETENCIÓN. Grupo de presos a su llegada al campo de concentración.

En las naves y vestuarios de la fábrica empezaron a conocerse, y con los días de trabajo surgió la complicidad. Aquel trabajador había estado prisionero en el campo de concentración de Miranda, creado por el ejército franquista tras caer el frente de Bilbao. Con él estuvieron cerca de 800 personas en la primera fase del campo, un triste territorio de barracones donde dormían los soldados republicanos que no cabían en otros centros de detención, como la Universidad de Deusto.

Fernández López, de 50 años, Miranda para sus ex compañeros de Tubacex, ha publicado un libro de quinientas páginas titulado Historia del campo de concentración de Miranda de Ebro (1937-1947). Le ha costado más de veinte años de investigación y escritura, muchas horas en los archivos, muchos días libres hablando con las personas que permanecieron allí. «He recogido más de 160 testimonios de prisioneros. Su ilusión era que quedara constancia de lo que habían sufrido y por qué habían luchado. Desgraciadamente, muchos de ellos han fallecido», explica el autor.

Administrar el miedo

Cuando cayó el frente del Norte, en 1937, las tropas franquistas enviaron a cientos de soldados republicanos a Miranda en camiones y vagones de ganado. Estuvieron en la plaza de toros unos días, luego en la azucarera, hasta que empezaron a levantar el campo cerca de la estación de tren, a orillas del río Bayas.

LOS XEY. Dos miembros del grupo vocal estuvieron recluidos en Miranda. / LA VERDAD

Como primer material se usó el requisado al circo Corzana, una troupe familiar de artistas que había interrumpido su gira en 1936, con la previsión de que todo aquello se arreglaría en unos días.

Poco después se construyeron unos barracones de madera, muy frágiles. Uno de ellos se quemó a causa de una fogata que habían encendido los presos para protegerse del frío. Otros se movían por los golpes que los internos se daban con los puntales al salir atropellados al toque de corneta. El calzado se lo fabricaban ellos mismos, con botes de conserva y tablas como suela.

Los llamados cabos de vara eran los encargados de administrar el miedo. Al principio cumplían esa función los soldados de Franco. Pero los mandos creyeron que era más eficaz encargarséla a algunos de los detenidos a cambio de mejor alojamiento y alimentación.

Los cabos de vara vestían unos blusones largos y acampanados e «imprimían su autoridad a golpe de rebenque», un cordel trenzado y cubierto de brea, según explica Fernández López. El más conocido fue un catalán que se apellidaba Pallarés, capturado en el frente de Aragón, y que se empleó con una saña inolvidable para los presos. Un viejo recibió una de sus palizas, lo que provocó la ira de sus compañeros, que se vengaron al amparo de la noche. «Tenían que haberlo matado», dijo el capitán jefe del campo cuando lo supo.

FRÍO. El invierno de 1937 castigó a los presos republicanos, a los que se ve comiendo el rancho de pie.

Los mandos franquistas no tenían mucho aprecio a estos cabos de vara. A uno de ellos lo liberaron el mismo día que a otros prisioneros y le dieron billete para el mismo tren. Dentro del vagón empezó a disculparse por lo que había hecho ante la indiferencia de sus compañeros, que horas después le tiraron por la ventanilla.

Carta y dedicatoria

En el campo de Miranda estuvieron recluidos muchos brigadistas internacionales hasta 1944. Entre ellos había norteamericanos, británicos, cubanos y también alemanes y austríacos antifascistas, vigilados por la Gestapo en España.

A partir de 1942, Franco quiso alejarse de Hitler, a quien ya se vislumbraba como dictador caído, y empezó a excarcelar prisioneros internacionales.Un poco antes de terminar la guerra mundial, en 1944, llegaron a Miranda los perdedores, nazis y colaboracionistas franceses que utilizaron el campo como vía de escape, generalmente hacia Latinoamérica. Entre ellos se encontraba Walter Kutschmann, un criminal de guerra responsable del asesinato de 1.500 judíos, que se jactaba de haber participado en el bombardeo de Gernika. En 1975 fue descubierto en Argentina por el cazanazis Simon Wiesenthal.

LA COLADA. Presidiarios limpian sus vestidos en los lavaderos del centro.

José Ángel Fernández López empleó muchos días libres de su actual trabajo en la Renfe para reconstruir las figuras de los prisioneros. Una entrevista con el historiador Manuel Tuñón de Lara en su despacho de la Universidad del País Vasco le hizo ver que lo que tenía entre manos merecía la pena.

«Hace muy poco recibí una carta desde Bilbao de un ex preso, en la que me agradecía la publicación de este libro». En la dedicatoria de esta obra se lee: «A aquel desconocido trabajador que despertó en mí la curiosidad y el deseo de conocer una parte inédita de nuestra historia». Esa persona trabajaba con él en la fábrica de Amurrio.

 
 

        


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