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Sanxenxo

Sanxenxo se asienta como la comunidad turística por excelencia de Galicia y atrae a medio millón de visitantes anuales; de ellos, sólo 100.000 fuera de la temporada veraniega

Texto: Óscar Cubillo
04/11/2002

El municipio pontevedrés de Sanxenxo es la villa turística emblemática de Galicia. Emergió como centro de atracción gracias a un boom inmobiliario a finales de los años 70. Entonces, sólo ofrecía sol y playa durante el mes de agosto. Sin embargo, ahora la temporada veraniega se ha estirado hasta julio y septiembre, y los munícipes pretenden que el negocio establecido a partir del ocio consiga mantener la actividad de ese 80% de empleos, directos e indirectos, que sostiene el sector de servicios.

Para lograrlo, el principal escollo que se antepone es el del tópico irreductible de Galicia como comunidad pluviosa –Sanxenxo, ubicado entre las rías de Pontevedra y Arosa, goza de un microclima mucho más benigno– en la que no existe más alternativa que hartarse de marisco cocido. Pero, una vez desmontados los prejuicios, el visitante puede deambular por su costa azul y serpenteante, por sus verdes colinas de vistas espectaculares, y sumergirse en las posibilidades, preferentemente relajantes, que le ofrece un concello de 15.000 habitantes que, por el momento, atrae a medio millón de turistas –400.000 estivales–. Antaño, se solían tirar un largo mes vacacional; hogaño, apuran semanas y quincenas de asueto.

Entre el 80% de trabajadores dedicados a satisfacer las necesidades y apetencias de los foráneos, caben desde los dueños temporeros de casas de huéspedes hasta la tropa amabilísima que atiende sus cinco hoteles de cuatro estrellas –tres de ellos, termales y a precio económico fuera de la temporada alta; no por nada La Toja, de tanto abolengo, está pegadita–, desde los numerosos cocineros premiados por esos fogones de Dios hasta los marineros que cuidan de los suntuosos yates de los potentados, desde los albañiles que bregan bajo las grúas que se alzan por doquier hasta los últimos pescadores de Portonovo. Industria, no existe.

La costa

El concello de Sanxenxo, en origen San Ginés y recientemente castellanizado como Sanjenjo, ha puesto en marcha numerosos proyectos de ocio: el encomiable puerto deportivo, capaz de atracar a naves de 44 metros de eslora –ahí dormitan los buques del presidente de Anaya y de los altos ejecutivos de Inditex, ingenios de 800-1.200 millones de los de antes donde se cuecen más las altas finanzas que los recreos–, el ambicioso circuito de velocidad –ya hay una una pista de karts–, el campo de golf...
El más ambicioso de todos es el lujoso puerto deportivo, con un presupuesto de 3.000 millones de pesetas. En tierra se dispondrá de un aparcamiento para 500 vehículos y se edificará un elitista centro comercial de productos relacionados con la navegación, dentro de una infraestructura ya muy avanzada y dotada de materiales de calidad que, por el momento y en vano, ya ha despertado el interés, y las ofertas, de El Corte Inglés y McDonalds.

Esto, en el suelo firme, pues, en lo que se refiere a equipamiento marítimo, el puerto de Sanxenxo, con 20.000 metros cuadrados de lámina de agua, dispone de medio millar de amarres, que van desde los 8 metros de eslora hasta los 25 –los de 44 se hallan en construcción–. Obligatoriamente, es una inversión cara, ya que las mareas oscilan cuatro metros –en el Mediterráneo, 20 centímetros, como compara el gerente del puerto, Alfonso Sueiro Torres–. En este lado del Atlántico, sólo le hace competencia el puerto de Vilamoura, en el Algarve portugués. Y aquí atracan sus naves un 40% de gallegos y otro 40% de habitantes de la zona centro, que pagan entre 90-150 millones de pesetas por la embarcación nueva, unos 50 en el mercado de segunda mano.

Una de las principales actividades marítimas es la vela, en aguas serenas o bravas. Los niños disponen de una escuela de vela donde realizar actividades extraescolares subvencionadas por el Ayuntamiento, y a los lilainos –este es el simpático patronímico– les enorgullece que el equipo teutón de Illbruck, campéon de la vuelta al mundo Volvo Ocean Race, haya elegido sus aguas para pasar seis meses de entrenamiento que congregan a unos 40 deportistas, técnicos y familiares.

En el espigón del puerto arranca un paseo de cinco kilómetros de longitud, aún no culminado, pero sí transitable, por el que caminar atravesando un paisaje desarmante y ondulado. Por encima de acantilados que abren vistas al mar, a la vera de extensísimas playas –en los 2.500 metros de La Lanzada, las mujeres se dejan arrollar por nueve olas para asegurar su fertilidad–, por detrás de las dunas ecológicamente protegidas y de tantas calas escondidas –la nudista, bastante recóndita–, por delante de los centros urbanos surtidos de tantas relajantes terrazas y por al lado de la ermita de La Lanzada –del siglo XII y que defendía la entrada a la ría de Pontevedra de peligros como el pirata Drake, por ejemplo; se erigió sobre un antiguo castro celta que, cuando haya presupuesto, se desventrará arqueológicamente–. Y al final del paseo, en la zona limítrofe con El Grove, en las marismas de la ría de Arosa, un aficionado, ataviado con un inútil chubasquero, avizora mediante un catalejo afirmado sobre un trípode algunas de las más de doscientas especies de aves que pululan por el hábitat.

El interior

En los diversos núcleos urbanos de Sanxenxo, ninguno agobiante, se reparten las discotecas, cantidad de cafeterías, playas como la de Silgar –en la primera línea se venden pisos de 100 metros por 70 millones; es la zona más cara de Galicia–, iglesias modernistas de los años 60 o pazos del siglo XVI, como el de los Patiño –habitado por la duquesa durante los veranos–, el Ayuntamiento, que ya cumple un siglo y antes era una casa noble... El entorno está siendo mejorado gracias al plan de excelencia, una inyección económica que busca romper la estacionalidad y adecentar los cascos viejos y crear nuevos parques en el pueblo.

Y también subyuga el verdor del interior. Tienta el senderismo por las colinas tachonadas de casas unifamiliares propiedad de potentados madrileños o de sencillos trabajadores paisanos –las 7.000 segundas viviendas, generalmente, de granito, doblan la cifra de hogares permanentes– y festoneadas por robustas iglesias románicas, como la de San Pedro de Bordóns, asentada sobre un balcón ante la ría, pegada al cementerio, ubicada entre hórreos tipiquísimos, entre parras elevadas para sortear los efectos del líquido elemento y entre maizales que sirven para alimentar a las reses. Y por las estradas el caminante se topará con el pazo de doña Emilia Pardo Bazán –habitado hoy por sus descendientes–, lavaderos de otra época pero aún en uso y alguna señora de riguroso luto que desentraña con su mirada la presencia de los cada vez más abundantes forasteros, gracias a Dios.

Y por ahí se disimula una joyita, una casa rural que parece una casa de muñecas extragigante: la Casa do Sear, donde el Rey tuvo a bien reposar durante tres días el septiembre anterior. Sus gruesos muros de piedra se elevaron en 1591 y, tras una onerosa inversión que cambió de raíz todo el interior, ahora alberga seis habitaciones amplias, recias, rústicas y coloristas, especialmente recomendadas a las familias con niños que buscan la tranquilidad máxima entre hórreos sólo ornamentales, cruceiros, huertas y gatos negros que curiosean sin atisbo de timidez.

 
 

        


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