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REPORTAJE

'Around 1984'
¡Grita, arte, grita!

TEXTO: RUTH BAZA
11/09/2000

Se echan encima los años 80 en Nueva York, cuando ya casi nadie veía con claridad que fuera a amanecer de nuevo en la ciudad anaconda. Las profecías catastrofistas de los punks y las plegarias discotequero-orgiásticas, estancadas en la fiebre de los sábados noche de la década anterior,

de los penúltimos trasnochadores del moribundo Studio 54 y asíduos a los happenings del gran Warhol, no se cumplen por culpa de la resistencia, o más bien de la disidencia, de una nueva hornada de artistas que encuentran una única salida, con muchas puertas, en medio de la decadencia y el malestar reinante. Y es que, casi de repente, unos cuantos jóvenes, bohemios callejeros y estudiantes del comportamiento humano –unos medio muertos de hambre, otros medio sobrecargados de imágenes alienantes, la mayoría renacentistas y provocadores, algunos chaperos y fotógrafos perversos, varios coronados cum laude en universidades de quilate, muchos buscadores de basuras y alquimistas plásticos– comienzan una revolución a pie de calle, que es donde deben saltar las chispas de la sinrazón o de los razonamientos más puros.

Criaturas de todos los sexos, razas y credos, que no aceptan de ninguna manera seguir la corriente de la brecha abierta por los padres y admiradores (conservacionistas) del Pop, el Op y las corrientes videoartísticas y artísticas en general que eran válidas y veneradas en la década anterior, deciden al unísono, cada uno por su lado, emprender una invasión lenta pero eficaz en el cuerpo y la mente de toda una sociedad hipnotizada por la compra-venta de artículos kleenex. Algo se mueve en las entrañas de Nueva York, la ciudad que igual les sirve de cobijo, que les deja con el culo al aire por un par de dólares. Ese algo se come las uñas del éxito de los santos popes del arte contemporáneo y traslada al asfalto, a los vagones del metro, a las fachadas de los edificios en ruinas, a los bancos de los parques…, discursos anónimos que anuncian un cambio de estrategia, un escándalo público y púbico, que comienza en los bajos fondos de la urbe más chaquetera del planeta.

‘Enfants’ terribles
El arte se confunde con la realidad cotidiana porque no esconde sus verguenzas, porque es directo y escueto, y además sincero y sencillo. Deja de ser práctico. Sirve para excitar mentes y genitales, en algunos casos, para desahogo de cada artista, para gritar más que Munch y asomar la cabeza en el panorama artístico sin más pretensiones que seguir siendo enfants terribles.

El arte adopta, pues, una postura crítica ante el sistema. Rejuvenece gracias al atrevimiento de los artistas urbanos, veinteañeros rebeldes y crueles que, con sus creaciones, revientan los moldes de lo comercial. Sus propuestas son arrabaleras, de burdel, infantiloides y extremadamente incisivas. Atrapan la realidad y la describen con franqueza y en cualquier dirección. Todo vale para derramar la agonía, la angustia y el tedio, y que todo el mundo se entere. Van a por el público de verdad, a por los peatones y los viajeros del metro, a por los que dan de comer a las palomas en Tompkins Square y a los que beben cappuccino en los cafetines del Soho, a por los esnobs de Park Avenue, los críticos del New York Times y los galeristas de prestigio. Van a dar en las narices a todo el mundo, porque, ¿acaso el arte no está hecho para perturbar?

Pues eso hacen, desestabilizar con su propaganda anti-todo. Como para tranquilizar ya tenemos la ciencia, con su natural perversidad y sinceridad consiguen penetrar en el ojo del huracán, tanto del micro-cosmos del negocio del arte como en el de toda una sociedad consumida por el fast food y la falta de expectativas. Consiguen enseñar la realidad tal y como es, sin exageraciones ni embellecimientos ni contorsiones. Llaman al pan pan y al vino vino. Destapan lo oculto, travisten lo obvio, afean aún más la sordidez de la cultura en la que viven y exhiben sin pudor los cuerpos desnudos de hombres y mujeres.

Desde la fotografía, Robert Mapplethorpe, Nan Goldin o Cindy Sherman rompen con la hipocresía, la concupiscencia y la pudidundez que lo cubre casi todo. El primero centra su obra en el autorretrato y el sadomasoquismo, alude a la estética pornográfica, hace apología de la homosexualidad, de la stereosexualidad, igual que se decanta por el desnudo perfecto y quasi-clásico(caso de la serie sobre la campeona mundial de culturismo, Lisa Lyon) y los bodegones humanos. Es censurado y excluído de varias exposiciones, a la vez, que venerado y copiado hasta el presente. Tanto Goldin como Sherman escarban en el universo sexual de la mujer moderna.

Pintura en los muros
Las imágenes pasan deprisa, deprisa, de mano en mano, de material en material, de formato en formato, y los objetos de uso cotidiano como palanganas, parques para niños o garrafas son manipulados por Robert Gober, influenciado por artistas minimalistas de la talla de Donald Judd o Carl Andre, para realizar obras poéticas, eróticas e irónicas; Jeff Koons logra mezclar el kitsch con los metales preciosos (por ejemplo, Rabbit, el conejo hinchable fundido en acero inoxidable) e, incluso, se autorretrata haciendo el amor con su esposa entonces, Cicciolina; Peter Halley sintetiza la pintura con la literatura y, aparte de usar materiales inusuales e inútiles en sus cuadros, publica numerosos ensayos de arte y estética; Julian Schnabel combina la pintura de gran formato con objetos rescatados en la basura, trabaja en instalaciones multimedia y rueda películas independientes; junto con Cucchi y Chia, Francesco Clemente mezcla formas abstractas y elementos figurativos en sus pinturas, e Ilya Kabakov crea el Expo Art, corriente rusa que junta los recuerdos de juventud con los objetos típicos de su país, sin apartarse de los murales de estilo realista-socialista.

Pero es el graffiti, quizá, la gran aportación al arte de esta subcultura que emerge de la calle. Ya en los 70 había atraído la atención del público y los marchantes de arte, pero es en los 80 cuando alcanza su máximo apogeo, gracias a los cuadros narrativos de Keith Haring y las historias gráficas, críticas y macabras de las minorías étnicas, diseminadas por todos los rincones de Nueva York, por un joven que firmaba bajo el seudónimo de Samo, llamado Jean-Michel Basquiat. Ambos conocen y frecuentan el ambiente de Warhol (Basquiat y él se pintan el uno al otro), formado por Hopper, Borroughs, Madonna, Grace Jones, Clemente, etc, y son considerados como los niños mimados del cotarro.

Las frases simples y el simbolismo de las figuras hechas a base de palotes de múltiples colores de Haring, junto con la corrosión de los mensajes y las formas atravesadas de Basquiat, que traslada sus dolores a cualquier superficie (tablones de madera, puertas de neveras, etc.), elevan el graffiti a la categoría de arte mayor, sin perder su carácter de creación indómita de la clase baja, de los muchachos de Brooklyn.

Hoy, después de veinte años, el espíritu escandaloso y aperturista de los animales de los 80 sigue flotando en el aire, aunque los artistas actuales buscan una orientación distinta. Nada afirman. Nada inventan. Nada confirman, excepto su inconformismo y su talante entre poético y subversivo. Se plantean preguntas sobre la complejidad de la realidad, que no dista demasiado de la que vivieron aquellos jóvenes revolucionarios, y el papel del arte en ésta. El arte, los artistas, gritan, sí, gritan desde la calle...

El Contemporary Art Center de Nueva York reúne 73 obras de 54 artistas –entre ellos, los mencionados en este reportaje– en la muestra ‘Around 1.984: A Look at Art in the Eighties’, hasta el 13 de septiembre