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REPORTAJE

El bosque sumergido

La acción del hombre destruye las praderasde posidonia, un ecosistema propio
del Mediterráneo que cobija miles de especiesmarinas y protege las playas
de la erosión

 

FIRMA: MERCEDES CUESTA
18/09/2000

El dios de los océanos, Poseidón, está enfadado. Su bosque de posidonias, una planta submarina que medra en los dominios mediterráneos, agoniza bajo el peso del desarrollismo turístico. Es una foresta desconocida para la mayoría de las personas, pero cuya superficie equivale a un inmenso parque natural: extiende su manto hasta los cincuenta metros de profundidad bajo el mar y sirve de ecosistema a centenares de especies submarinas.

Al menos, hasta ahora. Porque la contaminación de las aguas –que impide el milagroso intercambio fotosintético–, la construcción de diques deportivos, la presión humana, las anclas de los barcos y la pesca de arrastre –que ara los tallos y brotes de las posidonias– han arrasado decenas de miles de hectáreas en las últimas décadas. Las consecuencias son devastadoras. Los investigadores calculan que, en apenas cincuenta años, este arrecife exclusivo del Mediterráneo ha visto reducida en más de un 50% su extensión. Y el ritmo de destrucción es progresivo.
La pradera de Poseidón es, sin embargo, vital para el medio acuático. Los efectos de su desaparición pueden compararse con los que tendría, por ejemplo, la extinción de una inmensa reserva natural en la superficie terrestre. Las posidonias interactúan con el medio de manera semejante a la de los bosques mediterráneos de alcornoques, quejigos, robles o encinas: cobijan vida y oxigenan el entorno (de hecho, generan casi veinte litros de oxígeno por metro cuadrado).

Además, entre sus largos filamentos habitan doradas, meros, lubinas, salmonetes y sargos, cuyos alevines únicamente abandonan la verde protección una vez crecidos, cuando se lanzan a formar grandes cardúmenes. Antes, durante su desarrollo, se aprovechan de las posibilidades de este hábitat en el que crecen hongos, bacterias y protozoos, que sirven de alimento, a su vez, a crustáceos y moluscos.

A sabiendas de que la destrucción de estos bosques, que configuran el sistema natural más completo existente en el planeta, constituiría una catástrofe medioambiental, la organización ecologista WWF/Adena, apoyada financieramente por la Caja de Ahorros del Mediterráneo, está desarrollando la campaña A fondo. Esta iniciativa, que cumple ahora su tercer año de andadura, pretende proteger el hábitat acuático mediante acuerdos con los ayuntamientos, con el fin de que éstos obliguen a cumplir –y cumplan– escrupulosamente la legislación medioambiental.

Enrique Segovia, coordinador de la campaña, es también uno de sus rostros más conocidos. Acompañado de una veintena de voluntarios y provisto de una embarcación, una carpa y grandes dosis de contagioso entusiamo, atraca en las playas de la costa mediterránea dispuesto a que la Administración escuche sus razones. Lo hace mediante vídeos, cometas que reparte entre los niños y viajes en lancha neumática hasta la pradera de posidonia más cercana a la zona de baños. Su principal pretensión es lograr que el Gobierno incluya estos parajes en la Red Natura 2000.

‘Bolas’ en la playa
Las largas hojas verdes de las posidonias resultan el hogar preferido para peces, crustáceos, moluscos, bacterias, hongos y protozoos. Asimismo, protegen la costa de la erosión, ya que sus filamentos frenan el embate de las olas y la acción de la resaca, evitan que las playas pierdan su valiosa arena y retienen los sedimentos. En definitiva, una barrera vegetal que actúa de eficaz muro de contencion y, de paso, mantiene los arenales en perfecto estado.

Sin embargo, a pesar de los beneficios que esta planta marina reporta al desarrollo turístico, sus ventajosos efectos son desconocidos por la mayoría de las autoridades municipales, que lanzan la maquinaria de limpieza de las playas contra las bolas formadas por restos de posidonias, hojas y raíces. Estos arribazones albergan gran cantidad de invertebrados, amortiguan las consecuencias del oleaje y fomentan la creación de nueva vegetación, de modo que su retirada rompe la cadena natural.

Ayuntamientos como El Campello, Benidorm, y la Vila, en Alicante, o Calvià, en Mallorca, ya se han percatado de la importancia de este ecosistema –el más productivo del litoral oriental y el mayor protector de los arenales– y han comenzado a mantener los arribazones durante el invierno. En verano, los trasladan a un rincón no utilizado de las playas para evitar molestias a los turistas.

Vida primitiva
El Instituto de Ecología Ambiental de El Campello, que realizó un estudio sobre el medio natural del Mediterráneo hace ocho años con el fin de evitar la construcción de un puerto deportivo, prepara nuevos informes en torno a la posidonia. Según este centro, la extinción de las denominadas praderas del Mare Nostrum provocaría la desaparición de los peces más pequeños, que, sin el abrigo de la vegetación, quedarían expuestos a los depredadores más grandes. La investigación se desarrolla principalmente en Alicante y Elche, en las zonas del cabo de San Antonio, la isla de Benidorm, la Loma de Rejas, las Torres del Charco, Tabarca, y la playa de Carabassí.

Con su balanceo cadencioso al ritmo de las olas, la posidonia al-berga el secreto de la vida más primitiva. Crece en los fondos móviles del mar y sus hojas verdes, largas y aplanadas pueden medir hasta metro y medio de longitud. Florece en otoño, sus brotes viven un promedio de treinta años y produce unos frutos llamados aceitunas de mar que, después de desprenderse de la planta, flotan hasta la orilla.

El papel que juega en la naturaleza esta auténtica joya es importantísimo. Miles de peces habitan en estas praderas porque ahí encuentran sus nutrientes. Pero, sobre todo, consiguen espacio para vivir cómodamente. La posidonia tiene la asombrosa capacidad de multiplicar la superficie del suelo entre 20 y 50 veces gracias al volumen que alcanza. Eso significa que, por cada metro cuadrado de terreno, los animales y vegetales fijos disponen de 20 a 50 metros cuadrados para establecerse.

Y lo hacen. Gran cantidad de equinodermos –varias especies de estrellas de mar y numerosos erizos– obtienen su sustento de las hojas y frutos. Los moluscos cefalópodos –pulpos y sepias– también usan esta masa como hogar, cerca del fondo, adaptando su color para asegurarse un camuflaje perfecto. Al frenar el oleaje, la barrera posibilita, asimismo, la caída de numerosas partículas en suspensión, que alimentan a los epifitos y a filtradores como los espirógrafos, las grandes ascidias y algunas esponjas.

En síntesis, un gran vergel en el que, paradójicamente, también están algunas de las causas de su destrucción. Por ejemplo, la concentración de polución aumenta al remansarse en los lugares donde las olas y las corrientes son más suaves. La abundancia de fauna atrae también a los pescadores y sus redes.

El alga asesina
En definitiva, la vida de los bosques submarinos no siempre ha sido fácil, pese a su amable imagen. En 1984, sufrió grandes daños como consecuencia de la caulerpa taxifolia, un alga tropical presente en todos los mares cálidos, que fue introducida en Europa tras producirse un vertido accidental en un acuario de Mónaco. Desde allí, pasó a extenderse de una forma impresionante por todo el fondo. Ahora mismo afecta a una zona superior a 3.500 hectáreas, con especial incidencia en el litoral francés e italiano.

La caulerpa taxifolia produce un efecto devastador, ya que puede desarrollarse sobre cualquier sustrato, bien sea rocas, arena o herbarios de posidonia, y cubrir por completo los tramos submarinos comprendidos entre la superficie y los cuarenta metros de profundidad. Su aparición en España tuvo lugar en 1992 en las islas Baleares. Aunque pudo erradicarse en un principio, actualmente continúa con nuevas colonizaciones.

Esa expansión constituye una grave amenaza para el litoral mediterráneo, pues está demostrado que, cuando invade las praderas de posidonia, numerosas especies desaparecen. Sus propias toxinas hacen que el alga no sea comestible para la microfauna, de manera que carece de enemigos naturales que la combatan. Un riesgo más, por lo tanto, para los bosques submarinos… añadido al tradicional factor humano.