Dietas
muy pesadas
Maquilladas
bajo sugerentes nombres como dieta de la NASA, de Hollywood o
del esquimal, causan desde caída del cabello, estreñimiento,
deshidratación o insomnio, hasta taquicardias, depresión,
hipertensión, colesterol o un coma
Texto:
Montserrat Lluis
09/10/2000
Por
más que la bien considerada sabiduría popular lo
repita, nadie opina en nuestros días que una persona obesa
«está de buen año». Antes, se la compadece
por su annus horribilis. Y ello porque hoy ya no se pagan fortunas
por llenar el estómago, sino por vaciarlo; y las comidas,
cuanto menos aprovechen, mejor.
Esta obsesión por la delgadez que domina Occidente no
deja de engordar la lista de «absurdas», «engañosas»,
«peligrosas» dietas. Los endocrinos advierten que
la mayoría quema más dinero que grasas; y lo que
es más grave: se puede perder kilos, pero también
la salud en el intento.
Basta una vuelta por el Museo del Prado para comprobar de
la pintoresca mano de Goya que, no ha mucho tiempo, se
podía lucir bien maja sin disimular los mi chelines;
o repasar la historia para deducir que Luis XVI no habría
cambiado su desayuno por barritas integrales: cuatro filetes,
un pollo cebado, media docena de huevos en salsa y una loncha
de jamón para empezar el día.
Ambos ejemplos demuestran que el empeño por embutirse
en una talla 38 es sólo «una moda pasajera»
y, según la especialista en trastornos de alimentación
Berania Andrés, debe parecernos tan irracional y disparatada
como el gusto por la miniatura que lleva a vendar los pies a
los bebés chinos, o el sacrificio de las mujeres jirafa
por alargar su cuello. Sólo que, mientras la Venus de
Milo se admira en una pinacoteca, las sílfides actuales,
a menudo, se visitan en los hospitales.
El presidente de la Sociedad Española de Nutrición,
Alfredo Martínez, considera imprescindible acudir a un
especialista que determine el tipo y cantidad de alimentación
que necesita cada persona, para que no le sobre pero tampoco
le falte de nada. La recomendación cae por su propio peso,
pero muchos ciudadanos le hacen la vista gorda. A la hora de
estilizarse, recurren a una dieta de eficacia probada por la
vecina o dirigida por control remoto desde una marca de venta
a distancia.
Los endocrinos las consideran «un fraude y un importante
peligro para la salud». Cuatro razones esgrime la responsable
médico de metabolismo de Roche, el laboratorio que comercializa
el único fármaco autorizado contra la obesidad.
Objeta Mar Genis que estos regímenes «desequilibrados,
no suelen respaldarlos expertos» y «generan falsas
expectativas».
Efecto yo-yo
El paciente acaba sufriendo el efecto yo-yo. «Baja mucho
peso en poco tiempo, pero, en cuanto abandona la dieta, vuelve
a subir a mayor velocidad», porque lo que le devoró
el gusanito del hambre fueron líquidos, pero no grasa.
Vicente Panigua lo sabe. Asegura que, si se hubiera privado de
los pata negra que cuelgan de su bar de Plasencia, «pesaría
20 kilos menos», de los 136 que carga.
Más difícil resulta recobrar la salud, toda vez
que las dietas incontroladas de nombres tan atractivos
como la del perejil, la NASA o las estrellas pueden generar
desde caída de cabello, estreñimiento, deshidratación
o insomnio, hasta hipertensión, taquicardia, colesterol
y depresión. Además, no por mucho ayunar se adelgaza
más rápido. El presidente de la Sociedad Española
de Patología Digestiva, Juan Manuel Herrerías,
advierte que las pérdidas bruscas cambian kilos en el
abdomen por piedras en la vesícula.
El catálogo de patologías es tan extenso como el
de fórmulas de adelgazamiento. Una de cada tres jóvenes
reconoce haber recurrido a fármacos, según estudios
de Susana Monereo, jefa de Endocrinología del hospital
de Getafe. Confían en que, al ser productos aparentemente
naturales, de venta en farmacias o herboristerías, les
diluirán las cartucheras sin efectos secundarios. Pero
algunas hierbas, además de ineficaces, pueden ser «muy
peligrosas» por contener metales y pesticidas o provocar
malformaciones fetales, indica la especialista.
Otras veces resultan de la mezcla de varios preparados admitidos
por sus indicaciones diuréticas (cola de caballo), laxantes
(cáscara sagrada), estimulantes (hierba loca) o tranquilizantes
(valeriana), pero que, combinados para fines dietéticos,
se transforman en «verdaderas bombas de relojería».
Más grave aún es que los trastornos no sobrevengan,
sino que se busquen conscientemente para mantener el tipo. Lo
hacen quienes ingieren hormonas para desencadenar hipertiroidismo,
una dolencia que se caracteriza porque hace perder peso. Pero
también porque provoca palpitaciones e intranquilidad
y devora los músculos. Igualmente, se usan las anfetaminas
para quitar el apetito, si bien están prohibidas dada
la inquietud, confusión, dependencia e hipertensión
que generan.
Pulsera anti-apetito
Sanidad sanciona la publicidad de los fármacos-milagro
hasta con cincuenta millones. «Ni siquiera nos dejan anunciarlos
con gente famosa», se queja François Fischberg,
vendedor de una pulsera que aparta la tentación de picar.
Basta presionarla y el hambre, dice Fischberg, desaparece. Pero,
a pesar de las precauciones legales, los fraudes con receta médica
«siguen existiendo», revela la Organización
de Consumidores y Usuarios. Tras denunciar varios casos, la asociación
investiga ahora las básculas de las farmacias, ante la
sospecha de que bastantes no dan el peso ideal, sino el que les
da la gana.
Más complicado resulta controlar las dietas basadas en
la sabiduría popular. Según el jefe de Endocrinología
del Gregorio Marañón, Basilio Moreno, «abundan
los regímenes variopintos, sensacionalistas, aberrantes,
pintorescos y peligrosos, sin el menor fundamento nutricional
y científico, que dan lugar al uso erróneo de alimentos
en base a creencias populares, y causan enfermedades».
Sólo desde la irracionalidad de un milagro puede confiarse
los kilos de sobra a la propuesta de Victoria Principal, que
aboga por consumir ensaladas a diario y descansar durante la
menstruación; o la que permite atiborrarse con tal de
controlar, no ya la báscula, sino el reloj. Según
la cronodieta, los nutrientes sólo engordan a determinadas
horas. A partir de las cinco de la tarde, por ejemplo, las proteínas
pierden su valor calórico y ni la panceta más oleaginosa
se pega a los glúteos. No menos original es la variante
que dedica cada día de la semana a un único alimento,
seleccionado en función de su primera letra.
Visado para el infarto
Por más que se combinen consonantes con vocales, las carencias
nutritivas y vitamínicas se traducen en problemas de anemia
y ánimo. Los mismos que pueden sobrevenir a determinadas
prácticas vegetarianas. Un menú en el que sólo
caben legumbres, verduras, frutas, frutos secos, cereales, arroz,
pan y pastas nunca llenará el vacío que dejan las
proteínas, el calcio y el hierro animal.
Los seguidores de dietas hipergrasas, en cambio, hacen ascos
a los hidratos de carbono. Entienden que las pastas, el pan o
las patatas estimulan la producción de insulina, que opinan
es la responsable del aumento de peso. Las grasas, en cambio,
sacian, por lo que el 75% de la minuta debe nutrirse de ellas.
Abusando de mantequilla, embutidos y carne, es probable que no
se consiga el pasaporte a las pasarelas, pero se garantiza el
«visado para el infarto»:
colesterol, ácido úrico y trastornos cardiovasculares.
No menos susceptibles de desmontar resultan las teorías
higienistas. Su fundamento es que no son los alimentos los que
engordan, sino las malas compañías con los que
se juntan. Así, los almidones (patatas y arroz) nunca
deberán coincidir en el estómago con cítricos;
ni la carne con el aceite. Se piensa que los primeros necesitan
un medio ácido para digerirse y los segundos, alcalino.
«Un absurdo, porque tenemos enzimas para cada nutriente».
Tampoco se ve el sentido a quienes, en vez de separar ingredientes,
tratan de buscarles la pareja ideal. Lo hace la dieta macrobiótica,
en la sospecha de que los nutrientes tienen los mismos componentes
de las fuerzas naturales: el yin (suave, alcalino, femenino)
y el yan (resistente, ácido, masculino). El equilibrio
se logra con una proporción de cinco a uno a favor del
yan. No obstante, «lo más disparatado» es
que exige controlar el agua, pero no el alcohol. Como la pauta
«divertida, eficaz y alcohólica» que recomienda
la bailarina Erna Carise. Dado el aporte calórico de la
uva, es más probable que uno acabe por verse doble que
reducido a la mitad.
Las que sí queman kilos son las fórmulas hipocalóricas,
pero matan literalmente de hambre. A base de sustituir los hidratos
por proteínas, engañan al cuerpo para que pase
con 800 calorías diarias, en vez de las dos mil recomendadas.
Cuarenta norteamericanos perecieron víctimas de la dieta
de la última oportunidad. La perdieron por culpa de las
alteraciones de corazón que les causó su déficit
vitamínico y mineral.
El régimen hollywoodiano, que hace protagonista a las
frutas, sólo se sostiene en el estrellato, donde no pesa
ni la gravedad. También allí caben dietas como
la que, con la excusa de mejorar la capacidad sexual, aconseja
atiborrarse de marisco. Pero lo único que se logra subir
es el ácido úrico. Eficacia similar tiene ingerir
6.000 calorías para hacer trabajar más el estómago
y adelgazar de tanto esfuerzo.
Apelar a la conciencia
El gran altavoz de todas estas fórmulas son los medios
de comunicación. Berania Andrés apela a la «conciencia»
de estos canales porque «están llevando a mucha
gente a morir». La directora de Cuerpo de Mujer replica
que los regímenes que llenan su revista «no son,
en absoluto, peligrosos porque los elaboran médicos. Las
anoréxicas sufren una deformación de la realidad
y les da más ganas de no comer el ver que no entran en
una 38 que una dieta», argumenta Pepa González.
Además, «no todo el mundo puede pagarse un endocrino».
A la espera de que Sanidad apruebe un nuevo fármaco que
rebaja el apetito, sólo existe el Xenical, que reduce
hasta un 30% la absorción de grasas. No obstante, la experta
en Dietética Montse Folch aclara que la solución
al sobrepeso reside en aprender a alimentarse. Rebajar la cantidad
ingerida, controlar los fritos, limitar el alcohol, beber mucha
agua, tomar lacteos desnatados y hacer ejercicio. Con estas pautas
y las de la dieta mediterránea, el 90% de los ciudadanos
podría comerse el mundo. Y sin temor a engordar.
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