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Motonáutica. Aguas Salvajes

Álvaro Bultó relata su experiencia en una carrera de supervivencia disputada en un
río plagado de rápidos y fondos arenosos

 

Texto: Judith de Jorge
17/10/2000

Los indios aseguran que el río Usumacinta, el más caudaloso de América Central, guarda en su lecho más de cincuenta barcos hundidos. Sus aguas son salvajes. Navegar por ellas significa enfrentarse a rápidos que no dan tregua y a traidores fondos de arena que atrapan al navegante.

Estos peligros atrajeron al deportista Álvaro Bultó, de profesión aventurero, para participar en el Campeonato Mundial de Maratón de Ríos, una carrera de barcos a través de Chiapas, que recorre una de las zonas más vírgenes de México, en medio del Yucatán.

Hace siete meses, Álvaro y su equipo, formado por el mexicano Pepe González y la colombiana Gloria Sanil, iniciaron su aventura. Tuvieron que volar en una avioneta de un motor por encima de la selva Lacandona, con el fin de llegar hasta el punto de partida. En mitad de la vegetación exuberante, les recibió una pista de aterrizaje cubierta de un césped digno de un jardín inglés. Desde ahí, los indios les trasladaron en canoas río arriba hasta Frontera Corozal, donde se daba la salida a la carrera.

Su cauce es una frontera entre México y Guatemala. Álvaro, que pertenece al equipo de patrocinados por Red Bull y que el año anterior había tomado parte en una competición similar en el río Madalena de Colombia, tenía como oponente a una veintena de barcos de diferentes países, especialmente americanos. Le esperaban cinco días de travesía, mil kilómetros de recorrido y un río tramposo, siempre dispuesto a engullir su botín.

Situaciones de peligro.
Primera etapa. Alrededor de Frontera Corozal. La principal dificultad se esconde inmóvil bajo las aguas: un duro fondo de piedra. El temor a chocar con el casco contra las rocas exige a los navegantes saber leer muy bien el cauce del río. «Los barcos son de casco duro, la mayoría de aluminio, pero aún así corrían el riesgo de agujerearse si tocaban fondo», explica Álvaro. Sus motores americanos V-8 le ayudaron a superar el trance. La motonave usaba una turbina, en vez de hélice, lo que le permitía calar bastante bajo y alcanzar hasta 170 kilómetros por hora.

Los primeros días transcurrieron sin novedad, muy diferentes a los que llegarían con la segunda etapa. «Tuvimos que enfrentarnos a rápidos de nivel 5 y vivimos situaciones de auténtico peligro porque los barcos no estaban preparados para aguas tan bravas». Bultó se acordó en más de una ocasión de las naves naufragadas en este cauce.

El río, que en algunas zonas tiene un kilómetro de anchura, adelgaza de repente hasta 50 metros. En estos tramos, el agua circula con la fuerza de una riada y es fácil estrellarse contra las rocas. «Los rápidos de Chico Zapote y San José son los más arriesgados», recuerda el deportista. «Cuando llegas a ellos y oyes cómo ruge el agua, te sobreviene una descarga de adrenalina».

Según los habitantes del lugar, este tramo se ha tragado a más de un navegante confiado, cuyo navío descansa ahora a una profundidad de cuarenta metros. «La verdad es que muchos equipos se quedaron aquí tirados y no finalizaron la competición».

Álvaro, en cambio, pudo continuar. La siguiente fase consistía en navegar sobre bancos de arena, con lo que era sencillo equivocarse de brazo de río y quedarse atrapado por los fondos. Sin embargo, no fue la arena el principal enemigo de los deportistas. «Tuvimos un problema con la turbina. Gastaba más gasolina de lo normal y nos quedamos sin combustible. Al final, fue necesario ir remando hasta uno de los lagos del río y buscar ayuda. Conseguimos que nos llevaran en coche hasta una casa en la que nos vendieron gasolina».

Ochenta hijos
Acabaron en la pequeña ciudad de Emiliano Zapata. Esa noche, durmieron en un hostal, pero la mayoría de las veces descansaban en tiendas de campaña, en plena selva.
«Entonces puedes escuchar el aullido de los monos zaraguatos. Rugen como leones. Si no estás avisado, puedes llevarte un buen susto». Además de los primates, los aventureros pudieron contemplar manatíes, mamíferos que los antiguos navegantes confundían con sirenas, y cocodrilos.

Al final de la carrera, los aventureros dejaron el Usumacinta para dejarse arrastrar por el río Grijalva hasta Villahermosa, en el estado de Tabasco. «Nuestra preocupación era guiarnos bien y no perdernos por ningún cruce». Aunque su orientación fue buena, el equipo de Álvaro tuvo que conformarse con un cuarto puesto que les supo a poco.

Aún así, «la experiencia fue inolvidable». Visitaron las ruinas mayas de Yaxchilán, un yacimiento con grandes templos y palacios, y se familiarizaron con los indios lacandones. «Hablan sus dialectos y muy pocos conocen el castellano. El gran patriarca se llama Carmelo. Siempre va con una túnica blanca, tiene veinte mujeres y ochenta hijos», recuerda Álvaro con humor.

La selva es también la casa donde se esconde el subcomandante Marcos y la guerrilla zapatista, pero los deportistas no tuvieron encuentros inesperados. «Había muchos controles militares, tenías que ir siempre con la documentación y, si es posible, acompañado de un mexicano, pero sólo en las pequeñas poblaciones. En el río no te encuentras a nadie, salvo en los poblados de la orilla». No satisfecho con la experiencia, Álvaro Bultó anuncia que repetirá la aventura en Colombia.