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El futuro del mar

Una fundación presidida por la olímpica
Theresa Zabell incentiva a los jóvenes en la conservación del ‘planeta azul’ para combatir
la degradación de los océanos

 

Texto: David Guadilla
31/10/2000

El pasado agosto, doce playas de Málaga y Cádiz tuvieron que permanecer cerradas durante varios días: los arenales estaban cubiertos por densas capas de alquitrán, al parecer, procedentes de un buque que impunemente vertió el combustible al mar; apenas dos meses antes, Greenpeace alertó del mal estado de alguno de los 28.500 barriles con residuos nucleares almacenados por el Reino Unido en el fondo marino.

En febrero, más de 200 delfines aparecieron muertos en las playas del Golfo de Vizcaya, en un suceso achacado al uso de redes pelágicas; en diciembre del año pasado, y en el mismo lugar, el barco Erika derramó miles de litros de combustible.

Protagonista pasivo de accidentes, en muchos casos evitables, y víctima de la imprudencia y del desprecio secular por el medio ambiente, el océano agoniza. Desagües que depositan en las costas toneladas de residuos contaminantes sin que las empresas responsables paguen por ello; ciudades enteras que envían sus desperdicios al mar; acantilados convertidos en basureros en los que quedan para siempre lavadoras, coches, etc.; los utensilios que la sociedad de consumo jubila y no sabe dónde colocar.

Vertido de residuos
España, con sus 8.491 kilómetros de litoral y sus más de 3.000 playas, no es una excepción. Más bien todo lo contrario. Un dato demuestra que en materia de sensibilización aún queda mucho por hacer: la mitad de los vertidos residuales llegan al mar sin depurar. Sin embargo, otros invitan a la esperanza: nuestro país es el que posee más banderas azules –la mayoría concentradas en el Mediterráneo– de todo el continente.

A estas cifras se agarran los que creen que el océano, si se hace algo, todavía tiene salvación. Y, en buena medida, su destino depende del comportamiento que tengan en un futuro los más jóvenes. «Hay que empezar a educarlos, a que valoren lo que nos rodea». Theresa Zabell, doble campeona olímpica de vela, ha vivido casi toda su vida pegada al mar. Lo conoce y le duele verlo convertido en un «basurero público. En otros lugares del mundo, se respeta mucho más».

Con este fin, entró a formar parte de la Fundación Ecomar, una entidad no lucrativa que tiene como meta principal acercar a todos los niños y jóvenes españoles al medio marino; la mejor forma de que aprendan a conocerlo, respetarlo y disfrutarlo. Pero éste no es sino el objetivo final, y para acceder a él, este organismo, presidido en estos momentos por la propia Zabell, cree prioritario introducir la educación del medio ambiente en los centros escolares, lograr que los jóvenes se solidaricen con su entorno y convertirlos en divulgadores de los temas ecológicos.

Concurso de cuentos
El primer paso son los Premios del Mar, un certamen abierto a todos los colegios de España, en el que pueden tomar parte alumnos con edades comprendidas entre los 9 y los 12 años, asesorados por un responsable, en principio, su profesor. El eje del concurso es la elaboración de un cuento –que debe ser escrito en común por cada clase de primaria–, cuyo argumento gire alrededor del medio ambiente, la contaminación, la geografía, la pesca, etc.; y que debe ser entregado antes del 30 de noviembre. «Aunque puede participar cualquier centro», señala Zabell, Ecomar ha establecido una serie de acuerdos con diferentes organismos autonómicos y locales –por ahora, la Junta de Castilla-León, el Gobierno de La Rioja, Baleares y el Ayuntamiento de Cádiz– a través de los cuales se organizan estos programas.

¿Y cuál es el premio? Los autores de aquellos relatos que sean seleccionados obtendrán un viaje lúdico-educativo a uno de los centros que la fundación tiene en Ibiza, Cádiz y Denia. Según la doble campeona olímpica, «cuando explicas el contenido, tiene muy buena acogida, pero cuando la gente lo ve en la práctica se vuelve loca». Lo que se ofrece durante las Semanas del Mar tiene poco que ver con las asignaturas tradicionales.

Aunque no se trata de unas vacaciones, los alumnos que tienen la oportunidad de acudir participan en unas actividades poco comunes. «Por ejemplo, no habrá clase de lenguaje, pero sí mucho de biología, de astronomía, de contacto con la naturaleza. Además, pueden subir a los barcos y aprender a manejarse encima del mar», apunta Zabell.

De esta forma se consigue, a juicio de la presidenta de la Fundación Ecomar, que los más jóvenes conozcan de cerca «un ser vivo» como es el océano al que no hay que «perder el respeto» y ante el que hay que tomar «todas las precauciones».