Zhang
Huan
Tortura
china
Texto:
Solange Vázquez
06/11/2000
Extendí
por mi cuerpo una mezcla de aceite de pescado y miel y me senté
en un baño público durante una hora, casi sin moverme.
Las moscas empezaron a cubrir mi cuerpo. Sentí que todo
empezaba a desvanecerse, la vida parecía abandonarme.
Mi mente estaba totalmente vacía y sólo podía
sentir mi cuerpo. Algunas moscas se quedaban atrapadas. No había
público, excepto una docena de artistas y mis amigos.
Un vecino vino a usar el baño, se asustó y huyó».
La persona que así se expresa es el polémico artista
chino Zhang Huan (Anyang, Henan, 1965), un individuo al que experiencias
de esta índole han convertido en uno de los perfomers
con mayor éxito en estos momentos en occidente y que visitará
España el próximo año.
La obra que él mismo relata fue bautizada como 12 metros
cuadrados. La pregunta es, ¿qué quería expresar
de este modo tan exótico y repulsivo? ¿una protesta
por el estado cochambroso de los baños públicos?
¿demostrar que la miel es buena para hidratar la epidermis?
Pues no, el significado de la acción era mucho más
profundo: Zhang Huan pretendía denunciar la oleada de
abortos e infanticidios femeninos que se desencadenó en
su país a causa de la prohibición del Gobierno
chino a las familias de tener más de un hijo.
Desde luego, es posible que las formas no sean las más
ortodoxas, pero, sin duda, suponen un buen reclamo de atención
sobre las miserias de un país marcado por el hambre de
las zonas desfavorecidas y el fervor ideológico. Una muestra
de la obra del controvertido performer 26 fotografías
y varios vídeos de sus acciones puede verse este
mes en la Gotthem Gallery de Barcelona.
Locura o perversión
«Unos dicen que estoy loco y otros que soy, simplemente,
un pervertido», explica el artista, que empezó como
pintor de reproducciones de Degàs. Sin embargo, en Occidente
es considerado un reputado artista al servicio de la crítica
social. De hecho, fue una de las principales atracciones de la
última Bienal de Venecia y es reclamado por numerosas
salas para exponer sus creaciones. Lo que nadie duda es que el
malestar y la presión del Gobierno chino respecto a sus
actividades sólo ha contribuido a acrecentar la fama internacional
de este hombre que, desde hace dos años, reside en Nueva
York, la populosa ciudad donde ha encontrado un caldo de cultivo
idóneo para su expresividad.
Sus «experimentos corporales» se centran, básicamente,
en el sufrimiento y el tratamiento de lo escabroso.
Instalaciones con muñecas despiezadas una constante
en su obra, representaciones con animales, performances
donde se tumba sobre bloques de hielo para derretirlos con su
cuerpo
su inventario de martirios artísticos es
asombroso. Sin embargo, y aunque cueste creerlo, el dolor no
adquiere tintes masoquistas, ya que Huan no busca su propio placer,
sino la redención. «Me gusta poner mi cuerpo en
situaciones que la gente normal no ha experimentado. Es entonces
cuando percibo una relación entre cuerpo y espíritu.
Intento que mi mente abandone lo físico y no siento ningún
dolor», asegura.
Presencia disputada
Al parecer, él ni siente ni padece, porque ha adquirido
dotes de auténtico fakir, pero el público sí
se muestra sensible. Algunas de sus acciones más agresivas
provocan entre los espectadores arcadas, vómitos y desvanecimientos.
«Nadie puede escapar de la crueldad, ni yo ni el público»,
asevera el artista, que suele decorar su cabeza afeitada con
dibujos y pequeños retratos de los familiares que dejó
en China.
Y su teoría parece funcionar. Los museos más reputados
de Norteamérica y Europa se disputan su presencia, una
demanda que muchos expertos han considerado perniciosa para la
«autenticidad» de su obra. El año que viene
está programado que visite Santiago de Compostela, donde
celebrará una perfomance crítica, más cercana
al gore que al arte propiamente dicho.
Aunque él no entiende su trabajo como un sacrificio enfermizo.
«La autotortura no es un problema personal, sino un fenómeno
común. En mi barrio añade el artista,
viven miles de inmigrantes que tratan de sobrevivir vendiendo
verduras. Todas las mañanas se tienen que levantar a las
cuatro. Eso es autotortura».
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