Submarinismo
Los
dominios de "Willy"
Texto:
I. Merchán / Fotos: J. Bontigui
09/12/2000
Un
cachalote al que su madre intenta destetar no es el compañero
de buceo más recomendable. «Fue la primera vez que
me metía en el agua con ballenas y el susto fue tremendo.
El animal estaba nervioso y se ponía debajo de la madre
esperando el chorro de leche grasienta que ella no le quería
dar. Entonces, la cría se puso a hacer movimientos extraños
y a dar sacudidas con la cola».
Joseba Bontigui pasó esta experiencia en la península
Valdés y sobrevivió para contarlo. En esa zona
agreste y salvaje de la Patagonia argentina procrea la ballena
franca austral, un ser vivo que apenas ha evolucionado desde
la época de los dinosaurios. Oceanógrafos de medio
mundo se desplazan hasta allí para averiguar sus costumbres.
El caso de Joseba no es muy diferente al de muchos otros aventureros.
«Cuando estás en tu casa, todo el mundo te dice
que eres un loco. Pero lo mejor es llegar a Punta Norte y comprobar
que todos están tan locos como tú». Sonríe.
Allí, la locura abunda, aunque sea en forma de amor desmedido
hacia los animales. La mayoría de la gente no es autóctona,
sino que ha formado una colonia entre tanto naturalista expatriado.
«La edad media rondará los treinta años,
es difícil encontrar a alguien mayor», expone Joseba.
«Llegué sin cámara subacuática porque
me habían contado que el agua estaría turbia. Y
estaba más cristalina que nunca. Menos mal que otros aficionados
que habían ido como yo se ofrecieron a prestarme su cámara
y a incluirme en sus salidas. Sin duda, lo mejor fue el ambiente
de camaradería que se respiraba».
Seres de la paz
Su nostalgia se agudiza cuando relata el comportamiento de las
ballenas: «Son unas juguetonas, sobre todo las subadultas.
Se acercan, se alejan, te levantan con la cola, te siguen cuando
te quieres ir
Mira, siempre digo una cosa: En vez de la
paloma de la paz, debería ser la ballena franca austral
de la paz. Es un ser muy sociable. Una vez al año, llevan
a los niños a nadar con ellas, y cuentan que es el día
en que más ejemplares aparecen. No sé cuánto
habrá de leyenda, pero de lo que estoy seguro es de que
allí se quiere mucho a estos animales».
Algo así como una versión argentina de la célebre
Liberad a Willy. El hecho de que las escuelas dediquen buena
parte de la carga lectiva a la fauna es lógico. A sus
costas, se acercan toda clase de animales a lo largo del año.
Cuando no son ballenas, se trata de delfines, y, si no, pingüinos.
No es extraño, por tanto, que abunden las leyendas sobre
ejemplares concretos que todos en el pueblo conocen y cuyo regreso
esperan con impaciencia.
A cualquiera que no tenga idea sobre esos animales tan grandes
le asalta la misma duda: ¿Por qué allí?
«Es la zona donde procrean y es una ocasión única
para averiguar más sobre un animal del que no sabemos
nada. Sólo teorías. Allí se les tiene un
cariño tremendo y están acostumbrados a su presencia.
¡Incluso desde el taxi, cuando todavía no había
llegado al pueblo, se podían ver unos ejemplares!».
Y, por lo visto, se les protege: «Están lejos de
cualquier foco de contaminación y el Gobierno ha declarado
las zonas más sensibles como intangibles.
Nadie puede entrar ahí. En el resto, sólo hay seis
empresas que puedan salir a hacer avistajes. La mayoría
son de antiguos marisqueros que ahora se ganan así la
vida, y no pueden tener más de una lancha en el agua.
Son conscientes del tesoro que poseen», se congratula Bontigui.
Aunque siempre hay una nota negativa: «No se sabe por qué,
pero las gaviotas han empezado a atacar a las ballenas. Les pican
en la piel y están haciendo verdaderos estragos. Además,
como se alimentan en basureros, les transmiten enfermedades».
El fruto
El resultado del viaje de Joseba salta a la vista en las fotografías
de estas páginas. Un total de 10.000 imágenes y
tres horas de vídeo de una belleza extraordinaria, en
las que no sólo se ha buscado la estética, sino
describir al animal en todas sus facetas. «Tenía
muy claro que quería darle un enfoque educativo. Es, a
fin de cuentas, el propósito de estos viajes». Ahora,
Joseba se encuentra preparando otra expedición para el
año próximo. A pesar del susto sufrido con el cachalote,
se centrará en el estudio de los primeros meses de vida
de las crías de ballena.
«Todo el mundo te dice que tengas una vida típica:
ir a la universidad, conseguir un empleo, comprar un piso y,
por último, casarte. Te sugieren que tengas un hobby,
pero siempre fuera de tus horas de trabajo. Yo pienso que hay
que conseguir que tu afición se convierta en tu modo de
vida, y ahora estoy más convencido que nunca. Yo quiero
dedicarme a esto».
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