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Pastora Soler

Cantante
 

Texto: S. Vázquez / Fotos: Iván Benítez
14/01/2001

Esta no es la casa de Pastora Soler, sino la de Pili Sánchez. Porque la joven cantante no responde a otro nombre ni en su pueblo, la localidad sevillana de Coria del Río, ni en su hogar. Otra cosa son los escenarios y los estudios de grabación, donde los cerebros del marketing la han bautizado con un apelativo más artístico, racial y sonoro.

«Me decían que Pili es nombre de oficinista. Y cuando empecé a ser conocida, decidieron cam-biármelo. Yo, al principio, estaba tan despistada que ni siquiera respondía cuando alguien me llamaba Pastora. Ahora ya me voy acostumbrando…», explica la artista que, en su casa, recién levantada y en vaqueros, parece diez años más joven que cuando oficia de cantante. «La ‘tele’ pone kilos, pero también años», dice con una radiante sonrisa de adolescente. «Sí, pero tú sigues siendo como una niña chica en muchas cosas», interrumpe su madre, que escucha la conversación desde la habitación contigua mientras plancha. «Ja, ja, vaya, parece que en esta casa las paredes oyen», bromea la intérprete, con el primer café del día entre sus manos.

A pesar de las puntualizaciones fingidamente quejumbrosas de su progenitora y de las chanzas sobre la supuesta falta de privacidad, lo cierto es que Pili siempre ha contado con el apoyo de su familia y la veneración de sus vecinos, que destacan lo salá y buena gente que es. En las paredes de la casa, una vivienda unifamiliar con un gracioso patio andaluz lleno de frondosos helechos, cuelgan decenas de fotos que hacen un repaso mudo a su biografía. Entre acuarelas con vistas de Sevilla y retratos de sus dos hermanos, hay multitud de recortes de periódicos referidos a Pili e imágenes de cuando era una pequeña vestida de flamenca que arrastraba la bata de cola y miraba con turbador desafío a la cámara.

«Ya de pequeña quería ser artista. Me gusta mucho el flamenco y la copla y, aunque ahora mi música es más pop, no he abandonado las raíces, eso es lo último. Mira, en esta foto estoy con Juanita Reina, que en paz descanse, cuando entré en la Hermandad de la Macarena…», comenta, con orgullo y nostalgia.

Precisamente, esa negativa a desarraigarse es lo que más le duele ahora que, por motivos profesionales, tiene que dar el salto y comprarse un apartamento en Madrid. «Soy muy casera. Aquí tengo a mi gente. Pero esta carrera es así –justifica–. A mis padres no les hace ninguna gracia. Hasta ahora, siempre me han acompañado, porque sólo tengo 22 años. Pero es mejor disponer de una segunda vivienda allí. Es muy triste tener que comer en cualquier sitio e ir de hotel en hotel». En esto, su madre trae más café al salón, una coqueta y clásica estancia decorada en tonos teja y con linos beiges. Observa a Pili entre resignada y apenada. La cantante se da cuenta y le hace un guiño: «Pero sólo va a ser ir y venir, ¿dónde voy a estar yo mejor que aquí?». La muy embaucadora ha conseguido que su madre, que fruncía el ceño ante los planes de Pastora, eche una cascabelera carcajada al reconocer, de nuevo, a su hija Pili. Porque, por mucho que le hayan cambiado el nombre por cuestiones comerciales, la sevillana sigue siendo la misma. La llamen como la llamen.