Chícamo
el río de barro
En
Abanilla salen al paso los oasis que Vicente Medina añoraba
desde la finca Hume, en Rosario de Santa Fe, Argentina. Doblas
una curva en el camino ascendente, atraviesas el cauce del Chícamo
y, de súbito, la mirada se llena de verdes. Es la huerta
de Mahoya regada con las aguas de un río que nunca se
ha secado.
Texto
y fotos: José María Galiana
06/02/2001
Una maraña
de barrancos, ramblizos y torrenteras blancas, secas y profundas,
va perdiendo altura desde las estribaciones de las sierras de
Barinas, La Espada El Cantón y Quibas (984 metros, la
más elevada), y agrieta el paisaje hasta las inmediaciones
del monte Zulum, en cuyo regazo se sitúa Abanilla, población
que en época almohade perteneció a Orihuela y alcanzó
justa fama en el oriente islámico por los suntuosos tapices
que tejían sus artesanos.
No es Abanilla lugar de paso. De serlo, otro gallo le cantara,
pues basta meter la nariz en el umbral de la villa y descubrir,
al otro lado del puente, el desmayo de las palmeras, la cúpula
azul de la iglesia de San José, el viejo alminar. A lo
sumo, el viajero ha visto al pasar los pequeños oasis
que humanizan el cauce del río Chícamo y comenta
luego con sus amigos la semejanza de ese paisaje con Palestina,
denominación de origen que no le reporta ningún
beneficio, entre otras razones porque los escenarios verdaderamente
bíblicos no se encuentran allí, junto a la carretera
general, sino en las faldas de la sierra de Abanilla, a unos
tres kilómetros. Hay que desviarse a la aldea de Mahoya,
buscar los caseríos de Ricabacica o El Salado y descubrir
toda la hermosura y fascinación del cauce del río
Chícamo, paisaje imprescindible en esta geografía
de contrastes que caracteriza a la región murciana.
Esta tierra mía es extremada, dijo el poeta,
y no hay más que subir a los ribazos donde se asientan
Ricabacica y El Salado, para confirmarlo. ¿Qué
denominador común hay entre el páramo de El Sabinar,
la rambla del Gorguel, la marina de Aguilas, los arrozales de
Calasparra, la olmeda de Tobarrilla y estas aldeas ceñidas
al río Chícamo, donde el polvo y el barro han sustituido
a la tierra? Esa mixtura de polvo y de barro es lo que predomina
en este territorio semidesértico. Es el color de los tejados,
de las sendas, de las ermitas cerradas, de los acueductos, del
cañaveral sediento, de las palmeras, de los desfiladeros,
e incluso de la cinta de agua que discurre por el lecho del cauce
embarrado.
No obstante, en algunos ribazos se ven algunos cañizos
y tomateras, unos pocos naranjos y mínimos bancales con
habas y alcachofas para el consumo de la casa que estos días
recogen los viejos hortenses. También, en el umbral de
las humildes viviendas, junto a persianas de vivos colores, florecen
macetas de geranios y buganvilias. Ese espíritu de supervivencia,
ese apego a una tierra agostada en proceso de desertificación,
convoca a la ternura y a la solidaridad, pues lo que aquí
abunda es el cabezo pelado, la chumbera, el matorral espinoso.
El Chícamo es una rambla de origen torrencial que cruza
la llamada cuenca de Fortuna y Abanilla en su parte más
oriental, lindando con la provincia de Alicante. Toma los aportes
de algunos arroyos y ramblizos de las sierras del Cantón
y de Barinas, incluso de la vertiente meridional de la sierra
del Carche, en Jumilla, y a su paso por la ladera septentrional
de la sierra de Abanilla abre una espectacular hendidura que
recibe las no menos torrenciales avenidas de las ramblas de la
Parra, Balonga, Moscosa y Barinas. Como río, el Chícamo
nace más abajo, en la fuente del mismo nombre, entre el
Hondón de los Frailes (Orihuela) y Macisvenda (Abanilla),
tierra de viñedos donde hasta no hace tanto hubo un molino
harinero que databa de 1844. La fuente arroja un caudal de 25/30
litros por segundo y jamás se ha secado, ni aún
en los peores años de sequía, apostilla Carlos
Almarcha, agricultor ecológico que ahora se propone plantar
un millar de olivos en el Llano de Sahues.
Esa regularidad es la que ha permitido la construcción
de otros molinos a lo largo de la cuenca: dos en la corriente
del Zurca, otro río/rambla que bordea la aldea del Salado,
y dos más en la huerta, uno de los cuales, el de Ricabacica,
todavía funciona. De ese manantial inagotable viven desde
hace siglos los vecinos de Mahoya, Ricabacica, El Salado, El
Partidor, El Tollé y Macisvenda.
El Partidor
Desperdigado por la vertiente derecha del río, entre Ricabacica
y Macisvenda, se encuentra El Partidor. Recibe ese nombre porque
no lejos de allí, a la sombra de unos eucaliptos, hay
una caseta en cuyo interior se parte y reparte el agua que riega
las huertas de Mahoya y de Sahues, en una proporción de
cuatro a uno. Este partior del río Chícamo
conserva la primitiva obra de los árabes, como toda la
canalización y un elevado acueducto de grandes sillares
de piedra.Una inscripción confirma su origen musulmán.
No sólo los recursos hidráulicos y el paisaje,
también la toponimia es una herencia islámica:
Abanilla, el oasis de Mahoya, el monte Zulum, la almazara de
Sahues. A su paso por el Llano de Sahues el cauce se estrecha
y se retuerce, formando hoces y meandros de gran espectacularidad.
Es al salir de un estrechamiento peligroso, sobre
uno de los desfiladeros del cauce, cuando el cauce del Chícamo
tiene un cierto paralelismo con el cañón del Colorado.
A la espalda de ese mirador se encuentran la ermita y la almazara
de Sahues. En los alrededores, sobre algunas terrazas ganadas
al cauce del río, hay olivos centenarios, y en el piedemonte
de la inmediata sierra de Abanilla florecen los almendros, amarillea
el vinagrillo y madura el dátil en las palmeras.
A un kilómetro de El Salado, junto al desvío que
conduce a Macisvenda y Barinas, en el interior de una cárcava
hay una casa-cueva. Le dicen la Cueva de la Reina porque antes
la habitó una mujer llamada María y apodada la
Reina. Ahora es propiedad de un alemán que ha encarecido
el precio de estas singulares viviendass. Tan integrada está
en el paisaje que de no ser por la chimenea, un pequeño
palmeral y dos puertas de forja, pasaría desapercibida.
La apariencia no es de un hogar humilde, sino de alguien que
ama la estética del desierto y ha elegido para vivir tan
despejado balcón sobre el cauce del Chícamo que
estos días, debido a la monda de las acequias, acumula
más caudal de lo acostumbrado.
Aguas abajo, pasada Abanilla, el Chícamo se ensancha,
vuelve a su primitiva condición de rambla, se adentra
en la provincia de Alicante y muere en Redován, con el
nombre de esta población alicantina.
Esta fascinante geografía de cárcavas resecas y
abarrancadas, de ramblizos y torrenteras que confluyen en el
cauce del río Chícamo no es única en España.
En mayor o menor grado compite con la de las Bárdenas
Reales (Navarra), las Hoyas de Baza y Guadix (Granada), el desierto
de Tabernas (Almería), la cuenca del río Mula y
la rambla de Algeciras, estas últimas en la comunidad
murciana.
En las noches de agosto, una luna mora atraviesa el cielo e ilumina
el cauce del río Chicamo, los olivos de Sahues, las palmeras
de Mahoya, el viñedo de Macisvenda y las sombras del monte
Zulum, en cuya cima quedan restos de la primitiva Al Badaya (Abanilla),
cuna de artesanos que exportaban al mundo árabe primorosos
tapices.
CUATRO
CONJUNTOS DE CASAS-CUEVA
Desde la alta Abanilla se divisan las ruinas de lo que fue población
amurallada con su antigua parroquia de San Benito, de arquitectura
gótica, y el castillo derruido al pie de unos grandes
cerros. La villa ofrece todavía un laberinto de calles
antiguas, empinadas y estrechas, fruto de la influencia árabe.
La herencia musulmana es aquí manifiesta: el paisaje,
los frutos, la filosofía del agua, el estampido de un
arcabuz, los alfanjes, escudos, melodías, sedas y turbantes
que lucen las kábilas y mesnadas en los desfiles de primavera,
devolviendo las voces del pasado. La iglesia parroquial perteneció
a la Orden de Calatrava (su cruz figura en el interior y en el
exterior del templo) alberga la imagen de San José, patrón
de Abanilla. Se inició su construcción en 1700
y fue consagrada por el cardenal Belluga en 1712, al concluir
las obras. Tiene planta de cruz latina y el retablo del altar
mayor, atribuído a Jacinto Perales, guarda similitudes
con el de la iglesia de San Miguel de Murcia, prototipo de la
retablística murciana del siglo XVIII. Dispone de coro
alto a los pies de la nave y de dos portadas: la principal, dedicada
a San José; la otra, en un lateral, muestra la imagen
de la Inmaculada dispuesta en una hornacina. La bóveda
de la capilla mayor fue pintada por Antonio Llopis en 1957. Otros
edificios señalados son la Casa-Palacio Cabrera, del siglo
XVIII, con una hermosa portada que luce el blasón de la
familia, la Casa Pintada o de los Enríquez y la de la
Encomienda o de don Juan de Austria, antiguo pósito de
grano. El Ayuntamiento, construído en 1.751, fue cárcel
real. El Plan de Ordenación Urbana recoge un catálogo
de yacimientos arqueológicos y recursos etnográficos,
con una normativa específica que garantiza su protección.
Se han inventariado un total de nueve yacimientos; la mayor parte
corresponden a una ocupación medieval islámica.
El estudio incorpora un catálogo etnográfico en
elq ue se reflejan molinos, puentes, presas, almazaras, ermitas,
algunos caseríos y cuatro conjuntos de casas-cuevas, como
elementos relevantes de la cultura tradicional y de sus actividades
económicas, sociales o religiosas. |
|
|