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Marian Conde

Cantante
 

Texto: S. Vázquez / Fotos: I. Benítez
06/03/2001

De niña empezó a estudiar baile flamenco, algo bastante exótico en su San Sebastián natal. Pero lo dejó. También estaba aprendiendo a tocar el piano. Sin embargo, abandonó. Ya de adolescente, empezó a prepararse en una academia para ser secretaria.

No obstante, ella no se veía sentada detrás de una mesa, aporreando una máquina de escribir y contestando al teléfono. ¿A qué quería dedicarse esta chica? ¿Acaso no tenía ni un ápice de constancia en ese carácter risueño y alborotado? Nada de eso, aunque, a ojos de la gente, pudiera parecerlo. Lo que ocurre es que Marian Conde llevaba una doble vida desde muy niña.

Mientras todos la hacían modosita, digno retoño de una buena familia, ella iba a escondidas al puerto a cantar en los barcos, y después pasaba la gorra para conseguir unas monedas. «Mi madre lo sabía; mi padre, no, porque se hubiera enfadado mucho. Pero a mí me encantaba actuar y, luego, era feliz contando las moneditas. Siempre quise ganar dinero por mí misma y ser artista», recuerda con una sonrisa nostálgica.

«…Y siendo muy jovencita, me planté en Madrid, en plena Puerta del Sol, con mi maletita. Desde entonces, no he dejado de trabajar», resume Marian, que acaba de editar su disco Hoy por hoy; una labor que, junto a su trabajo en televisión –«a mí no me asusta nada, ni el pilotito rojo», asegura–, la mantiene todo el día como loca de un lado para otro. «Y que no falte», asevera con convicción. Sin embargo, su vida de artista es, como ella misma confiesa, totalmente incompatible con el disfrute del hogar y las sufridas tareas caseras.

En su coqueto y luminoso piso madrileño, una vivienda colorista, con las paredes pintadas de color teja, muchas plantas y vistosos bodegones, huele maravillosamente a guiso. Allí hay gato encerrado, porque Marian acaba de admitir que es «un desastre como ama de casa». Ah, pero la responsable del delicioso aroma sale sonriente de la cocina e, inmediatamente, la cantante desvela el misterio: «Es mi madre, Encarnita, que es de Sevilla. Algunas amigas me dicen que ella es la culpable de que yo no tenga ni idea de las cosas domésticas. ¡Como ella está conmigo y lo hace todo tan requetebien…!», explica.

Pero Encarnita no se deja comprar con zalamerías y, tras mirar a su hija como si fuese una niña traviesa, vuelve a sus quehaceres. «Eso sí, soy muy familiar y, a veces, he dejado de hacer cosas en mi profesión por no estar mucho tiempo lejos de mi marido y mi hija. Por ejemplo, he ido muy poco a América, pero no me pesa nada», aclara. El apego a los suyos no es mera verborrea. No para de hablar de su resignado marido y de su hija, que va a seguir sus pasos y que, probablemente, la «releve» en la profesión; está también muy apegada a su madre y en la pared del salón, una estancia clásica pero alegre, cuelgan los cuadros de su suegro, Juanito Valderrama, y también el de su padre.

«Me gusta tener a los míos muy presentes», comenta. Junto a las imágenes de sus familiares, bajo un exquisito retrato que le hizo Antonio Montiel, hay un piano. Levanta la tapa con una sonrisa y toca con gracia algunas notas.

«Pobrecito, lo tengo tan abandonado…», dice con la misma picardía que encandilaba a los marineros que la veían actuar en su niñez.

 
 

        


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