De
lo Ferris a Cala Capitán
En
torno a 4.000 millones de pesetas se van a invertir al sur de
Torrevieja, en el espacio comprendido entre el rincón
de los Náufragos, una playa artificial aneja al puerto
que se creó en 1991, y la urbanización Punta Prima.
El proyecto, según el alcalde Pedro Hernández,
será financiado en buena parte por el gobierno central.
El plan integral contempla una exhaustiva revisión de
14 kilómetros de costa que dispondrán de iluminación,
pasarelas y accesos al mar.
Texto:
José María Galiana
12/09/2001
El alcalde
de Torrevieja manifestó a mediados de agosto que es prioritario
llevar a cabo, con la colaboración con el ministerio de
Medio Ambiente, un plan integral de la costa comprendida entre
la playa de los Náufragos y Punta Prima, paisaje agredido
e infrautilizado, de serena belleza y un alto grado de deterioro.
Lo
milagroso es que aún subsistan playas tan íntimas,
limpias y apacibles como cala Ferris, a la sombra de un tupido
palmeral polvoriento, junto a los últimos vestigios de
una cordillera de dunas que, en tiempos, debió lamer la
carretera que une Torrevieja y Punta Prima, entre las urbanizaciones
Rocío del Mar y La Veleta.
La playa de los Náufragos es un invento. Contigua a la
del Acequión, en cuyo extremo más oriental está
el canal o acequia grande que comunica las salinas con el mar
Mediterráneo, fue creada en 1991 con aportes de arena
aprovechando el ángulo que, a poniente, forma el muelle
donde los barcos acuden a cargar la sal. La de los Náufragos
es playa mediana y en forma de triángulo que, por su condición
de artificial, necesita periódicos aportes de arena. Eso
sí, dispone de duchas y de asistencia sanitaria.
Hacia el oeste, el litoral se torna agreste, al principio en
forma de losas y roquedos levemente superficiales, pero en las
inmediaciones de Punta Prima se encrespa y muestra unos acantilados
rojizos que se alargan hasta la Torre de la Horadada, cabezos
de arenisca en los que el viento y el mar han esculpido líneas
y formas sugerentes. Toda esta porción de litoral se encuentra
socavada por ramblas que han vivido torrenciales avenidas, como
la que vierte sus aguas en playa Flamenca, poblada de eucaliptos,
la que cruza el puente de la Glea, la del Barranco Rubio y la
de Río Seco, en la playa Mil Palmeras, justamente significada
por la CEE con una bandera azul.
Caminando por este abrupto tramo de litoral, ribeteado de espuma
y de gaviotas, se entiende mejor la presencia de piratas entre
los cabos Cervera y Palos durante el siglo XV y finales del XVII,
Es fácil imaginarlos doblando Cabo Roig y Punta Prima,
o fondeados en las muy abrigadas calas Capitán, Flamenca,
La Mosca, Peñas y Ferris, junto al palmeral polvoriento
que aún despunta, victorioso, entre el cinturón
de urbanizaciones que lo ciñen. Al hacer referencia a
aquellos piratas berberiscos que tras la reconquista crearon
auténticos estados en el Norte de África y asolaron
estas costas, es inevitable citar las tres torres vigías
que han logrado sobrevivir: las de la Horadada, cabo Roig y del
Moro, centinelas de la costa, atalayas desde las que alertaban
a los campesinos con señales de humo -como los indios
del Far west- para que se alejaran del peligro inmediato: desde
Rosas a Gibraltar se han documentado 250 torres, 50 de ellas
a lo largo de la comunidad valenciana y una docena en la murciana.
Otra red similar se edificó en el Noroeste de la península
para defenderse de las incursiones vikingas.
Seijo Alonso, escritor alicantino que ha publicado un estudio
sobre las torres del País valenciano, precisa que «estaban
custodiadas por dos hombres de a pie, encargados de otear el
horizonte, y dos de a caballo (atajadores), que daban cuenta
de las anormalidad o incidencias halladas a lo largo del camino.
Con ahumadas de día o por medio de hogueras en la oscuridad,
se establecían señales entre ambas».
Declaradas Bien de Interés Cultural (BIC), la de Cabo
Roig fue construida durante el reinado de Carlos I (1516-1535)
por el virrey Bernardino de Cárdenas, marqués de
Elche, con piedra de la cantera de San Ginés de Orihuela.
La torre de la Horadada se levantó sobre un saliente de
la costa para tener una total perspectiva. Ahora se la quita
una vivienda aneja de tres plantas que iguala en altura a la
torre. De propiedad privada, como la de Cabo Roig, campea en
sus muros el blasón de la familia Roche. La torre del
Moro, erguida sobre un elevado promontorio de Cabo Cervera, es
la única edificación que en 1829 sobrevivió
al terremoto que arrasó la entonces aldea de Torre Vieja.
El seismo, considerado el de mayor intensidad de los acaecidos
en España, produjo 389 muertos y 375 heridos, devastó
2965 viviendas y 47 iglesias. Tan amplio fue el radio de acción
que se percibió en la ciudad de Murcia, siendo necesaria
la demolición de la torre de la iglesia de Santa Catalina.
Ahora, casi dos siglos después, una gaviota se ha posado
en las rocas y al reanudar el vuelo el último rayo de
sol ha enrojecido sus alas. Pese al alto grado de abandono, en
el lecho marino de cala Ferris es posible ver erizos por la claridad
y el sosiego de unas aguas que también buscan aquí
resguardo. A veces, el Levante deja montones de algas en la arena,
y otras, un viento africano juega con la arena y dibuja remolinos,
pero en todo tiempo es un playa seductora, familiar y provechosa,
en especial para los pescadores de caña y de arpón
que la frecuentan a diario; no faltan familias y parejas de enamorados
que plantan la tienda de campaña bajo el palmeral, haciendo
caso omiso de la prohibición de acampada, aunque se les
ve tan felices y relajados que más que rechazo producen
envidia. El verdadero peligro está en el descampado que
llega hasta la carretera, pues se trata de dos grandes fincas
urbanizables que, como mínimo, requerirían de una
actuación escrupulosa, para preservar el caserío,
la vieja ermita, las dunas y ese manto vegetal autóctono
entreverado de palmitos, higueras, chumberas, pinos, cipreses,
palmeras y cañas: paralelo a la costa hay un cañaveral
que delata la presencia de agua dulce.
El cabo Rojo
Al oeste de cala Ferris surge otra breve playa, Rocío
del Mar, y después, al poniente de Punta Prima, la que
lleva su nombre, estrecha, repartida en dos niveles y dotada
de un pequeño paseo. Después la costa se encabrita
y vuelve a lucir esas paredes rojizas que dieron nombre a cabo
Roig, pero antes, entre punta Prima y playa Flamenca, aparecen
dos calas solitarias a los pies de un espectacular anfiteatro
calizo que el viento horada a su antojo. Son dos playas innominadas
a las que se llega desde la rotonda de circulación próxima
a Mercadona. A la primera, abierta y alargada, de agua clara
y arena fina, se baja a través de una escalera que parece
excavada en la roca de manera natural (absténganse los
que padezcan vértigo), pero debió empezarla la
empresa encargada de urbanizar los terrenos aledaños,
obra que finalmente no se llevó a efecto.
Lo lamentable de este paraíso son las bolsas de basura
apiladas al inicio de la escalera y esparcidas por la playa.
Contrasta con la limpieza y el rastrillado de las dos calas siguientes:
La Mosca y Flamenca, en cuyo cielo ondean dos banderas azules;
abrigadas del viento, en ambas se disfruta de arena limpia y
mullida, un chiringuito bien pertrechado, tumbonas, parasoles,
asistencia sanitaria y aparcamiento adjunto. Nada les tienen
que envidiar las tres playas de la urbanización La Zenia,
exultantes de una arena muy fina, suelta, tibia y dorada: cala
Cerrada, el Bosque y cala Capitán, esta última
protegida del viento por un islote al que se accede a pie, con
el agua por los tobillos. Al igual que las de playa Flamenca,
cuentan con chiringuitos, hamacas, sombrillas, duchas, juegos
para niños, váteres químicos, asistencia
sanitaria y vigilantes.
Las cartas marinas no aconsejan fondear en las calas y playas
que rodean el cabo Rojo (cabo Roig), sobre todo en las que se
encuentran más a levante, dado que en esa zona hay varias
piedras y un bajo con sondas de medio metro. Sin embargo, este
era uno de los refugios elegidos por los piratas berberiscos.
Desde la torre vigía hasta la muy acogedora cala Capitán,
a lo largo del paseo que bordea los acantilados de Cabo Roig,
se distinguen los precitados bajos y arrecifes batidos por el
mar. |