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Tiempo de vendimia
Pasión por la MONASTRELL Ramón Castaño, patriarca de la bodega yeclana, vive intensamente estos días en la viña

Texto y fotos: José María Galiana
05/10/2003

Si una buena mañana se acerca al monte Arabí por la solana y rodea el cerro buscando la umbría, disfrutará de uno de los parajes más agrestes, solitarios y hermosos de la región de Murcia, un espacio salpicado de viñas de secano, casas de labor abandonadas, higueras, retazos de olivar y esbeltos pinos. Enormes rocas calizas, lisas o erosionadas por el agua y el viento, se apiñan a los acantilados y dan la apariencia de viseras, anfiteatros, delfines, restos de muralla, grutas y balconadas, en suma, una suerte de ciudad encantada que atrapa al excursionista a medida que salva grandes lanchas de piedra o transita por caminos pedregosos.

Tiempo de vendimia.
Desde el veinte de agosto, cuando empezó a recolectarse la uva chardonnay, en las faldas del Arabí se ven camionetas con remolques y cuadrillas de emigrantes que avanzan a paso lento cortando racimos de uva y dejándolos en pequeños cestos de goma para evitar que las uvas se deterioren (las máquinas reemplazan cada vez más a los vendimiadores, salvo para obtener vinos seleccionados, como los de Bodega Castaño, de Yecla, que lleva cinco generaciones cultivando viñas y elaborando vinos).

Paladines de la monastrell, variedad de tinta autóctona que abunda en el litoral mediterráneo, dirigen una empresa familiar que en los últimos años ha experimentado una notable transformación. Ramón Castaño, el patriarca, tiene 68 años y no ha olvidado el carro, la mula, las gallinas, la viña y la pequeña bodega donde su abuelo elaboraba vino: «Cada año se llevaba a cabo el mismo proceso, la bodega no se utilizaba hasta la vendimia y yo me asfixiaba en ese ambiente; dí el salto y empecé a hacer cosas distintas. En 1956 alquilé la bodega de una casa de campo y me independicé. Viajé a Burdeos, una experiencia fundamental, probé el Saint Emilión, me interesé por las variedades y asumí que estaba todo por hacer. Hasta 1985, aquí se tenía el criterio de que cuando una viña se hacía vieja había que quitarla y reemplazarla por otra de más producción. Yo no estaba de acuerdo. Fueron años malos, ya que daban subvenciones por arrancar definitivamente las cepas y renunciar a la viticultura. Yo seguí e incorporé variedades como merlot y cabernet sauvignon que hacen buen maridaje. En 1972 compré la bodega a mi padre y la transformé».

Puerta de la iglesia.
Hemos dejado atrás Pozuelo, una de las tres fincas familiares en las que se vendimia la uva tempranillo, y tras pasar un cañalizo, nos adentramos en Casa Marta, viña de secano situada al oeste del Arabí rodeada de pinos y unas pocas encinas. El encanto de la arquitectura popular, las minuciosas pedrizas o calzadas que retienen la tierra, la higuera solitaria, el aljibe y el parral transmiten una serena belleza a este paraje deshabitado. Idóneo para el paseo, aguarda la creación de rutas vitícolas que contibuirían a conocer y divulgar la cultura del vino.

Perdices y conejos cruzan el camino de arenisca que conduce al Cortado de la Buitrera, en la umbría del Arabí. Batido durante el invierno por el viento norte/noroeste, y por el sur en los estíos, este cerro es el único espacio donde están representados los cinco estilos de arte rupestre levantino (paleolítico, lineal-geométrico, macroesquemático, levantino y esquemático), encontrándose en un único panel hasta un centenar de representaciones.

El Cortado de la Buitrera

Pequeñas viñas escalonadas se suceden en las estribaciones del Cortado de la Buitrera, donde se alza la célebre «Puerta de la iglesia», singular acantilado que se asemeja a un gigantesco arco ojival. De regreso a Yecla descubrimos que los jabalíes se comen los racimos de una pequeña viña (lo hacen de anochecida o al amanecer, cuando la uva está en el momento propicio). Volvemos por la carretera de Montealegre y nos detenemos en El Pulpillo, caserío frecuentado por Azorín y hoy en lamentable estado de conservación: «Yuste y Azorín han ido al Pulpillo –se lee en La voluntad–. El Pulpillo es una de las grandes llanuras yeclanas. Amplios cuadros de viñas vense entre dilatadas piezas de sembradura, y los olivares se extienden a lo lejos, por las lomas amarillentas, en diminutos manchones grises, simétricos, uniformes. Perdida en el llano infinito aparece de cuando en cuando una casa de labor; las yuntas caminan tardas, en la lejanía, rasgando en paralelas huellas la tierra negruzca».

Calzada y viña.
El caluroso verano ha traído debajo del brazo una buena cosecha tanto en cantidad como en calidad. Partidario de esta última, Ramón Castaño hace la vendimia verde, o lo que es igual, corta en julio algunos racimos verdes para reducir la cantidad y ganar en calidad: «El soporte primordial de la bodega –agrega– es el cuido de la viña, el tratamiento. Las variedades de uva que tenemos –airen, chardonnay, macabeo, syrah, merlot, cabernet sauvignon, tempranillo, tintorera y monastrell– son una referencia para conocer el sabor y el carácter del vino, pero sólo es un factor: el clima, la insolación, el suelo y el proceso de vinificación también son determinantes».

Ramón Castaño siente pasión por la viña y por la monastrell, la variedad que nos representa: «Era la del terreno, la tenían por una uva indomable y ha pasado a ser una variedad grata. En Vancouver nos dieron un premio y lo llamaron el nuevo vino del viejo mundo».

Esta ascensión a los cielos de la monastrell tiene el aval de los mejores críticos. Carlos Delgado, defensor de las variedades autóctonas, calificó con 9’8 Casa Cisca 2000, 100% monastrell, que se agotó nada más salir al mercado.

El colofón de este viaje otoñal puede ser la subida al cerro del castillo, donde se alza el santuario de la Concepción, patrona de Yecla, y disfrutar de esa ciudad de arcadas renacentistas, árabes artesonados, seculares iglesias, torres y cúpulas donde anidan las cigüeñas.

Es la Hécula milenaria y monumental, liberal e independiente, la que conserva en sus fachadas de piedra escudos nobiliarios y en sus calles angostas y empinadas el eco de aquellos árabes que alzaron en el cerro vecino una fortaleza que luego pasó a manos del marqués de Villena y fue destruida a finales del siglo XV por los propios yeclanos en represalia por los abusos del marqués.

Gazpacho con chaleco

Singularidad. Si el azar le lleva hasta los altos miradores de Yecla, observe lo calmo del paisaje: tierra llana en la que se espiga el pino, la vid y la olivera, deleite de ocres y verdes tan amados por Azorín. Más de un gazpacho debió probar este príncipe de la prosa española, al igual que Juan García Abellán, que lo calificó de grandioso: «El gazpacho de Yecla comienza pidiendo la elaboración de hermosas tortas de harina casi de a vara de diámetro: la torta, medida y situada en el hogar, recibe por su cara una pedrea de brasas de sarmiento, mantenidas hasta que pintan la torta en cuestión. Todo este asunto, con la torta espizcada, irá a la gran sartén, donde el gazpacho cuece». La guinda del gazpacho yeclano es el chaleco, trozo de torta donde se envuelven sardinas previamente asadas, que hace las veces de segundo plato.

Restaurante La Aurora.
Hotel Avenida (968 75 12 15). Yecla.

 
 

        


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