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Los
últimos baños árabes
A
causa de un mal entendido progreso, a mediados del siglo
XX se demolieron en Murcia los baños musulmanes
de la calle Madre de Dios, última referencia de
la cultura islámica, declarados monumento histórico
artístico. Queda constancia de otros en las calles
de San Nicolás, San Antonio, San Lorenzo y El Trinquete
Texto: José María Galiana
11/12/2001
A
mediados del siglo XX, la ciudad de Murcia sólo conservaba
de su pasado islámico los restos de un baño
musulmán ubicado en el número 15 de la calle
Madre de Dios. A pesar de que la dirección de Bellas
Artes lo había declarado monumento histórico-artístico,
consideración que obligaba a protegerlo y conservarlo,
el edificio devino en casa de vecindad y horno de pan, ruinoso
en buena parte y abandonado.
Entonces aún quedaban varias salas abovedadas, según
testimonio del eminente arquitecto Leopoldo Torres Balbás,
que en su Crónica arqueológica de la España
musulmana apuntaba la posibilidad de que fuera el baño
concedido por Alfonso X en 1274 a don García Martínez,
obispo electo de Cartagena, en Murcia, cerca de la iglesia
de Santa María, «con el forno, e con el banno,
e con las tiendas, e con todas sus pertenencias»,
datándolo, como fecha más tardía, en
el siglo XIII, poco antes de la conquista, aunque no descartaba
su construcción en el siglo XI o XII. La descripción
es pormenorizada: «Por una de las bóvedas,
cubierta con un medio cañón rebajado, tienen
hoy el ingreso, que se hace descendiendo desde el nivel
de la calle; probablemente por este mismo lugar o por otro
próximo entraríase cuando estaba en uso; son
obras modernas un arco sobre dos pilastras y el horno que
se ve a su fondo. Una puerta en el muro de la izquierda
lleva a una angosta nave, dividida en un tramo central cubierto
con medio cañón, y dos pequeñas cámaras
inmediatas, que lo están con bóvedas esquifadas,
de espejo, es decir, con su parte central plana. Tras ellas
se prolonga, a uno y otro lado, la nave, cubierta con un
medio cañón de eje longitudinal. Siguen después
dos salas rectangulares, alargadas, paralelas a la nave
descrita, orientadas de este a oeste, de 13.25 metros de
longitud y 3.80 de ancho. Tienen también bóvedas
de medio cañon. En la primera, a la derecha, dos
arcos, apeados en pilastras y en una columna central de
piedra, forman un atajo. La segunda sala estuvo iluminada
por varios tragaluces, perforados en su bóveda y
hoy ciegos. Desde ella pásase, por una puerta ensanchada
modernamente, a una de las cuatro galerías, desiguales
en longitud y anchura, que rodean lo que hoy es unpequeño
patio y en época islmámica fue una estancia
cuadrada, de cuatro metros de lado, cubierta con bóveda
desaparecida. Susbisten los arranques de las tropas de ángulo.
Descansaba la bóveda o cúpula sobre cuatro
grandes arcos de herradura muy cerrada, apeados en cimacios
de piedra pizarrosa de Espinardo, con molduración
de listel y nacela; a las columnas que los sostenían
sustituyen pilastras de ladrilo. Las estrechas naves que
rodean este espacio, hoy sin bóveda, cúbrense
con otras de arista, perforadas por pequeños tragaluces
o claraboyas".
La apertura a mediados de los años cincuenta de la
actual Gran Vía, llevó consigo la demolición
de estos baños árabes. El derribo estuvo precedido
y envuelto en polémica por tratarse de un monumento
tutelado por el Estado, no siendo suficiente la oposición
de un sector minoritario relacionado con la Universidad.
Las inclemencias meteorológicas unas lluvias
nada torrenciales, por cierto- fueron excusa bastante para
que los bomberos acudieran de anochecida a consumar su desaparición.
Pocos años antes se había valorado en 36.400
pesetas y una renta de 2.052. De aquel día aciago
ha quedado el recuerdo de Andrés Sobejano y de José
Ballester sentados sobre las ruinas, en un romántico
intento por impedir su destrucción.
Por su parte, Torres Balbás, restaurador de la Alhambra,
expresaba meses antes su temor en estos términos:
«La Dirección de Bellas Artes y el ministerio
de Educacion Nacional no permitirán seguramente la
bárbara destruccion del baño murciano. Impónese
su adquisición, tras la que deben de realizarse en
él las obras necesarias para conservarle dignamente».
La demolición de los baños árabes de
Murcia no fue un hecho aislado. Por ventura, en Elche, tras
permanecer ocultos ocho siglos en el semisótano de
un convento de clausura, se ha restaurado y abierto al público
uno de los baños más importantes de la ciudad,
de estructura semejante al de Murcia.
Prosperidad
La existencia de baños en una ciudad musulmana simbolizaba
bienestar económico y prosperidad, a la vez que facilitaba
el aseo, el relajamiento y la purificación del cuerpo
antes de la oración, como obligan los preceptos del
Corán. Eran baños de vapor, no de inmersión,
y precisaban de una fábrica lo suficientemente sólida
para mantener el calor que producían los hornos.
Los musulmanes le otorgaban tanta importancia que algunos
de ellos se construyeron a la par que las mezquitas. Su
distribución era muy sencilla. En los extremos habían
bancos para sentarse y pilas de agua fría, y como
elementos de higiene y protección se utilizaban toallas
y zuecos. La prohibición de bañarse juntos
hombres y mujeres, obligaba al establecimiento de turnos.
El esquema general de los baños islámicos
exigía, además de las tres salas de baño
propiamente dichas, un horno y un vestíbulo donde
el usuario se desvestía y guardaba la ropa. La sala
caliente era la más popular; por el espacio hueco
del subsuelo se propagaba, a través de un túnel
subterráneo, el aire caliente procedente del horno
contiguo. Este sistema de expulsión de calor, que
alcanzaba elevadas temperaturas, puede considerarse un antecedente
de las actuales saunas. La sala central o templada era utilizaba
para enjabonarse antes de pasar a la sala fría, la
primera que encontraba el visitante al acceder a los baños.
Junto a los vestuarios había una sala de reposo y
una dependencia con letrinas. Aprovechando el curso de una
acequia, se emplazaban cerca de las mezquitas y de las puertas
de la muralla con el fin de facilitar su uso a los vecinos
y a los viajeros que llegaban a la ciudad.
«A la Frenería nos la partieron por gala en
dos al abrir la avenida de José Antonio», escribió
José Ballester en Murcia, pintura urbana, cuaderno
editado en 1973 que devuelve la memoria de una ciudad mutilada
por el desarrollismo de mediados del siglo XX. Y a renglón
seguido apostillaba: «Con pena es obligado considerar
que, si en la pugna entre los que innovan y los que conservan,
puede llegar un día en que, no habiendo nadie tan
atrevido para desmontar una a una las piedras de la torre
de la Catedral, sea ella el único arrimo para aquellos
que no renegaron del sentimiento de lo permanente».
Las imágenes son un viaje a la memoria de una ciudad
desaparecida. Alemán Sainz, desaparecido pero siempre
en el recuerdo, decía que todas las ciudades, y Murcia
no había de ser menos, «están llenas
de desapariciones, de lagunas donde han naufragado construcciones
o calles por donde pasaron otros habitantes. No hay ciudades
nuevas. Chandigarh o Brasilia no son realmente ciudades,
sino capitales de naciones, que es otra historia. Puede
haber, eso sí, aldeas nuevas, poblados recientes.
Pero una ciudad es una vocación mantenida entre la
bonanza y el tumulto en todo momento, con una insistencia
que no puede medirse».
Otros baños de la ciudad fueron los de la Reina,
en el Alcázar Sagyr, y los de las calles San Antonio,
San Nicolás, San Lorenzo y El Trinquete.
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LOS BAÑOS DE ELCHE DATAN DEL SIGLO
XII
Los baños de Elche descubiertos en
el convento de Santa Lucía, anteriormente
de la Mercé, se inscriben en un conjunto
histórico-monumental formado por la
torre de la Calahorra, un cementerio contiguo
a los baños y la mezquita situada bajo
la actual basílica de Santa María,
donde los fieles acudían a orar tras
las abluciones purificadoras. Según
datos arqueológicos, su construcción
se remonta a la segunda mitad del siglo XII.
Cedidos en 1270 a los monjes mercedarios por
expreso deseo del infante don Manuel, fueron
utilizados hasta 1990 como trastero o almacén.
Ocupan una superficie de 100 metros cuadrados
dividida en tres naves con bóveda de
cañón de diez metros de altura.
La construcción de una capilla le restó
superficie. En la visita a los baños
árabes de Elche se recrea su funcionamiento
en el siglo XII y la actividad que se vivía
en su interior. Los visitantes, en grupos
de 15, acceden a una pasarela metálica
colocada sobre la sala central o sala templada,
y desde esa altura (unos 7 metros) observan
los restos arqueológicos sin deteriorarlos
(la visita incluye restos medievales cristianos
de los siglos XIII y XV, época en que
los baños fueron utilizados como almacenes
de vino y de aceite). Para ello se emplean
diferentes efectos lumínicos y sonoros
(las voces y el bullicio de un mercado, el
sonido del agua y del vapor, trinar de pájaros),
mientras una voz en off explica al visitante
los diferentes espacios conservados. Los baños
son propiedad de la Iglesia y el Ayuntamiento
paga al convento 120.000 pesetas mensuales
en concepto de alquiler. Salvo lunes, se visitan
de 10 a 13 horas y de 16.30 a 20.30.
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