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Las
hoces del río Júcar
DEL
VERDE AL AMARILLO. En otoño, el río Júcar,
a su paso por Albacete, se transforma en una riquísima
paleta de colores
Texto
y fotos: José María Galiana
12/11/2003
El
Júcar ve las primeras luces en los Montes Universales
(Cuenca), a mil quinientos metros de altura, y a su paso
por el confín oriental de Albacete abre un profundo
tajo en la espaciosa llanura, una angosta y espectacular
garganta de paredes esfoliadas que se extiende desde Valdeganga
a Tolosa, en la comarca de La Manchuela, frontera durante
varios siglos de musulmanes y cristianos. Aguas abajo, el
río se despeña por el borde de la meseta hasta
la planicie litoral, y desemboca, muy agotado, en Cullera,
tras quinientos kilómetros de andadura.
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| INEPUGNABLE.
Emplazado sobre una pronunciada hoz, el castillo de
Alcalá domina el casco urbano, declarado conjunto
histórico artístico / J.M. GALIANA |
Son
las hermosas, agrestes y solitarias hoces del río
Júcar, sinuoso corredor fluvial de cuarenta kilómetros
de recorrido que deja atrás una algarabía
de álamos, chopos, laderas de pinos piñoneros,
castaños, sauces, restos de viejos molinos, ermitas
y santuarios adosados a unas paredes que superan los cien
metros de desnivel, pronunciados meandros, casas de labor,
balsas para riego, huertas fecundas, casas-cueva, aldeas
que se asoman al vacío o vigilan desde agrestes peñascos,
cascadas, olivos, viñas, pescadores de agua dulce
y bosques de ribera que ocultan el curso de un río
que se distingue por el color esmeralda de sus aguas, consecuencia,
probablemente, de la elevada concentración de cal
que hay en el cauce y en las paredes.
De gran valor geológico y geomorfológico,
las hoces del Júcar perduran en la memoria del viajero.
Varias son las rutas establecidas para conocer los «cañones
del Júcar», si bien, muchas de ellas se limitan
al espacio comprendido entre Jorquera y Alcalá del
Júcar, pequeños núcleos de población
solicitados por el turismo.
No obstante, si lo que pretende es conocer las hoces del
río Júcar en su tramo más salvaje,
debe ir de Albacete a Valdelanga (24 kilómetros por
la carretera que lleva al circuito de velocidad y a Ayora),
y en Valdelanga tomar el desvío que baja a Alcozarejos
y Cubas (13 kilómetros), pueblos a pie de río
con numerosas casas empotradas en las paredes.
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| PARAJE
IDÍLICO. El Júcar, perezoso, se desliza
por un azud en forma de herradura. / J.M. GALIANA |
A
estas alturas en realidad, ya estamos a más
de cien metros de profundidad y no hay demasiadas opciones
de salir antes de llegar a Jorquera, al Júcar
lo acompaña un disciplinado ejército de chopos
ocres y amarillos que alegran el cauce y ponen el contrapunto
a la palidez de los acantilados. Llama la atención
el contraste entre el paisaje apacible de la llanura manchega,
salpicado de trigales y encinas, y la exuberante geografía
y vegetación de un desfiladero que el otoño
siembra de luces y colores, fenomeno natural que en Estados
Unidos atrae cada año a millones de visitantes.
Hasta noviembre, los bosques ibéricos están
de fiesta y se visten con sus mejores galas, o cuando menos,
las más seductoras: sus hojas, despojadas del verde
acostumbrado, se transforman en un apasionante arco iris
de ocres y amarillos, un incendio pacífico y fructífero,
pues de la caída de estas hojas que iluminan la arboleda
brotan los hongos y las frondas de la nueva primavera.
No sólo los bosques muestran su belleza; aquí,
en las hoces del Júcar se han encendido el sauce,
la viña, el castaño, el pruno, el caqui y
los arbustos de ribera. El espectáculo está
servido, y a nadie extraña que vecinos y foráneos
hayan rehabilitado algunas casas-cueva, y viven o disfrutan
los fines de semana paseando por los sotos del río,
pescando barbos y carpas en los meandros o recogiendo las
coles, los tomates y los pimientos plantados en verano.
Los
yacimientos ibéricos de los Villares, la Asomá
y Cerro Pelao, el puente romano de Alcalá y los castillos
de traza árabe que coronan los escarpes más
inverosímiles, confirman el valor estratégico
de la vega del Júcar, por cuyas orillas cruzaban
dos calzadas romanas: en la primera estaba la sexta Mansión,
albergue que fue el origen de Vallislonga / Vallelonga (el
valle Largo), y finalmente Valdeganga, que en 1636 se incorporó
al señorío de Villena.
El valle de la Gangas
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| JORQUERA.
La antigua Surcracia domina el río desde lo más
alto de un cerro singular. / J.M. GALIANA |
Hasta
Valdeganga el valle de las Gangas el Júcar
discurre limpio y perezoso, favorable para el baño,
sin imaginar que pronto va a encajonarse entre enormes farallones
verticales. Es entonces cuando el río se acelera
y precipita, la carretera se estrecha y serpentea bajo los
agobiantes hoces, y se establece un idilio entre el viajero
y el río que, al doblar un meandro, aparece o desaparece,
perdiendo la posibilidad de detener el vehículo para
captar esa sinfonía de colores que el otoño
le presta.
Moreras, álamos de plata, nogales, cipreses, castaños,
olivos, encinas, tablas de verduras, la ermita semirrupestre
de Cubas engastada en la roca, la escuela de ventanas azules,
pequeños viñedos, farallones de piedra caliza
calcárea tallados por el viento y la lluvia, apriscos
que aguardan al pastor, y puentes y casas rurales tan pintorescas
como El Fortín (967/477 535), se asoman al cauce
del río Júcar poco antes de llegar a la histórica
Surcracia romana, Xurquera en el medievo y hoy Jorquera,
capital administrativa del señorío de Villena
que conserva un importante pasado medieval y numerosos casones
con escudos heráldicos, como la casa del Corregidor.
Jorquera ( 500 vecinos) ocupa un cerro bañado por
el Júcar, aislado y peñascoso, que controla
el paso por la cañada de Abengibre. Viéndola
coronada por las murallas almohades del castillo edificado
en el siglo XII, a nadie ha de extrañar que en la
Edad Media, durante un breve período, la villa rechazara
el control de la Real Corona, se independizase y acabara
por constituirse en el Estado de Jorquera.
Impresiona su configuración urbana, el conglomerado
de casas apiñadas alrededor de la fortaleza y de
la torre Blanca, construida a mediados del siglo XIV por
el marqué s de Villena y hoy convertida en sala de
exposiciones. Torre Blanca es un edificio militar de dos
plantas con cantonadas de sillería que debió
tener una azotea almenada.
Merece la pena subir a un mirador situado en el punto más
alto de la hoz, en dirección a Albacete, y bajar
de nuevo al cauce del río para disfrutar de una inolvidable
panorámica.
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| AGUAS
ABAJO. El Júcar sigue su curso hacia Alcalá.
/ J.M. GALIANA |
Tan
pintoresco como Jorquera son su pequeño cementerio,
escondido en lo más hondo de la garganta, y La Recueja,
una pedanía de casas encaladas que controla el paso
de un río más abierto, más esmeralda
que nunca.
Águilas reales y perdiceras, halcones peregrinos,
búhos reales, cernícalos, cuervos, chovas
y grajillas tienen en las hoces del Júcar su morada
a lo largo del año. En los inviernos otras especies
se ausentan; son los aviones comunes y roqueros, las golondrinas,
los vencejos y las collalbas. El más singular de
estos visitantes es el cernícalo primilla, un pequeño
halconcillo en peligro de extinción que busca cada
año en las abandonadas construcciones un hueco donde
anidar.
Alcalá del Júcar
Durante la dominación musulmana, Alcalá del
Júcar (800 habitantes) fue aldea de Jorquera. Aduana
del camino real de Castilla a Levante, hasta el siglo XIX
estuvo sometida al poder feudal del señorío
de Villena. Enclavada en una hoz del Júcar y dominada
por la imponente silueta del castillo que corona una elevada
peña, su casco urbano es un laberinto de calles en
cuesta y de cuevas abalconadas al vacío que han sido
declaradas conjunto histórico artístico. Atalaya
inexpugnable, en la vertiente oeste descubrirá la
popular Cueva del moro Garadén, una de las últimas
fortificadas de la península ibérica que daba
cobijo a los vigías de este camino fluvial. Ese espíritu
de labrar en la roca viviendas semitrogloditas, al pie de
abruptas paredes, ha proliferado en los últimos años.
Alcalá del Júcar es una ciudad histórica,
acogedora y hermosa, un tanto bucólica y romántica
si el viajero decide alquilar una barca y remontar un tramo
del río entre los sauces, las hileras de chopos,
los robledales y los plátanos de Indias. Otro tanto
sucede si paseas por sus riberas, cruzas el puente de origen
romano o tomas asiento en una pequeña isla rodeada
por un azud caudaloso en forma de herradura.
Al otro lado del río, en el cerro, encontrará
una plaza de toros insólita por su ubicación
e irregular estructura, y no hay que olvidar la ermita de
San Lorenzo (siglo XVIII), donde el nueve de agosto llevan
al santo en andas y bailan la jota de tres.
Durante el otoño, Alcalá del Júcar
destila una singular belleza, una mirada no exenta de melancolía.
Dormir
en una cueva
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| CASAS-CUEVA.
/ El espíritu semitroglodítico está
en auge |
J. M. G. / MURCIA
El
Fortín. La cocina de La Manchuela está ligada
con el calendario festivo. Se basa, primordialmente, en
la calidad de sus materias primas y el respeto a la tradición.
De sus platos más representativos cabe señalar
el ajo mataero, el atascaburras, los gazpachos con conejo
y perdiz, y las chuletas de cordero a la brasa en una barbacoa
a la vista del comensal. Las hacen en el hotel Rambla (967
474 064) y en el hostal Hermanos Plaza (967 473 029), en
Alcalá del Júcar.
En Jorquera, el restaurante La Muralla (967 471 284) ofrece
cocina de caza y recetas francesas, destacando la repostería.
El Fortín (967/477 535) es una casa rural con un
breve jardín situada en una cueva de las inmediaciones
de Jorquera. En La Recueja (967 471 203) hay zonas de acampada,
y en Casas de Ves, el cámping La Fuente cuenta con
75 parcelas, piscina, restaurante y apartamentos.
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