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Hacienda de Roda


Texto: José María Galiana
14/10/2002

Al sur del Cabezo Gordo, entre El Pinatar y Los Alcázares, antiguos puertos de Murcia donde se desembarcaba trigo para abastecer la ciudad, se encuentra la Hacienda de Roda, caserío del municipio de San Javier próximo al Mar Menor, cuya principal actividad es la agricultura, sobre todo el cultivo de agrios y los de flores y hortalizas en invernadero.

Sorprende al viajero transitar por este paisaje de antiguas norias de sangre, balsas de riego e hileras de cipreses que hacen de guardavientos, y descubrir, en un cruce de caminos, una plazoleta verdecida de palmeras y, a un costado, una portada del siglo XVIII en forma de retablo por el que se accede a un gran patio central y a una casona coronada por una torre que se comunica exteriormente con una ermita de airosa traza, inmersa en un pequeño pinar que se extiende hasta el jardín contiguo.

Según Jiménez de Gregorio autor de un libro imprescindible, El municipio de San Javier en la historia del Mar Menor, al referirse al puerto de Los Alcázares hace mención al apellido Roda como uno de los primeros adelantados de la repoblación del entonces Campo de Murcia: «En el 1330 llegan, procedentes de Galicia, los Saavedra, en 1374, los Roda, descendientes de Navarra, y ya finalizado el medievo los Pacheco, de antigua ascendencia portuguesa, en el 1472, quedando de ellos los topónimos Torre Pacheco, Casa Saavedra y Roda».

Un siglo antes, en 1265, cuando Jaime I el Conquistador atiende la demanda de su suegro Alfonso X y viene a reconquistar Murcia, entre los caballeros aragoneses que le acompañaron figuraba don Guillén de Roda, procedente de Roda de Isábena, en Huesca.

José Antonio de Urbina, embajador de España y descendiente de la familia Roda, señala que »en el alto medievo, el ‘trasvase’ de altos nobles y excelentes guerreros, entre los reinos de Navarra y Aragón, fue constante, lo que explica que el mencionado conde don Guillén de Roda, navarro de origen, acompañase al rey de Aragón-Cataluña don Jaime en su conquista del reino hispano-islámico», y es de suponer que estas familias adquiriesen, bien por el repartimiento de Alfonso X o por censo, tierras en el Campo murciano, que si no las explotaron en el momento las conservaron unidas a sus estirpes y cuando las circunstancia fueron propicias, construyeron sus caseríos labranceros y comenzaron el cultivo de su parcela.

En aquel tiempo, las tierras ribereñas de la Albohera, nombre con el que se conoce en el bajo medievo al Mar Menor, se encontraban semidesérticas. La descripción de Jiménez de Gregorio es elocuente: «Crecía el matorral de albardín y hierbazales que cubrían zonas salitrosas. En el cabo de Palos se daban robles, encinas, y el monte llegaba a los mismos playazos. Se criaban venados, encebras, corzos, gamos, y algunas manadas habían pasado a las islas; así en la isla Grosa abundaban los venados, y en El Pinatar se cazaba en invierno el jabalí».

Urbina cifra en «dos mil y dos mil quinientas hectáreas, justo bordeando la costa interior del Mar Menor, el repartimiento recibido en 1265 por el conde don Guillén de Roda», y aporta un dato que no cita Jiménez de Gregorio, la «existencia desde muy antiguo, en una colina hacia el interior, próxima al mar, de un poblado romano, visigodo e islámico en el actual emplazamiento de Roda», a tenor de los restos de cerámica encontrados en la finca.

La actual Casa Grande, el edificio principal de la hacienda, fue construido entre 1610 y 1620, sobre otra anterior de finales del siglo XV. Al proceder en 1997 a la restauración de la parte noble, se encontraron restos de terrazo del antiguo pavimento datado en el primer tercio del siglo XVIII, y se demostró que los muros exteriores que dan al jardín (70 centímetros de grosor en la planta baja), están asentados sobre otros de muy antigua fábrica cuyo grupo superior a un metro revela que el anterior edificio del siglo XV era, básicamente, una fortaleza.

Alfonso de Urbina, presidente honorario de la Mesa Nacional de Turismo, y portavoz de la familia, me enseña una casa cuajada de recuerdos. En el salón, de planta rectangular y altas paredes, hay muebles antiguos muy hermosos y en sus cajones fotografías y credenciales, una estufa con mosaicos art decó, un busto de la abuela materna que se exhibió en el pabellón de España de la Exposición Universal de París de 1898, obra de Joaquín Bilbao, el nombramiento en 1931 de su padre, Antonio de Urbina y Melgarejo, marqués de Rozalejo, gentilhombre de Alfonso XIII, su condición de miembro del consejo privado de Don Juan de Borbón, concedida en 1950, un gran tapiz que representa la historia de Eneas, y un retrato de Juan de Urbina, maestre de campo de Carlos V.

Mediada la tarde salimos a pasear por un jardín claramente mediterráneo: yucas, palmeras, cipreses, adelfas, poyos encalados con macetas de geranios y gitanillas, pasillos de hiedra, arcos, hornacinas, gruesos muros de defensa y una suerte de templete con arcos de medio punto que da resguardo a dos bustos de terracota de Apolo y Ana. Alrededor hay una pista de tenis y una gran balsa de riego que se utiliza como piscina, rodeada de palmeras y macetones en los vértices que dan al lugar una pátina romántica.

No falta un trozo de huerta para consumo de la casa, el jazminero y el naranjo que dan olor al jardín, una virgen tallada por Mariano Ballester, un aljibe, un capitel romano, un banco de azulejos sevillanos, un columpio colgado de un ciprés, ornamentos labrados de la portada del palacio de Bogaraya en cuyo solar se edificó la casa de La Alegría de la Huerta, y tres platos de cerámica traídos de Estoril, uno de ellos con esta leyenda: La alegría de una casa / en bien poco se resume: / besos, abrazos, canciones. / agua, pan, flores y lumbre. En las inmediaciones de este jardín hubo en el bajo medievo una torre de defensa que en momentos de asedio dio cobijo a los labradores de los caseríos próximos y a los pastores que buscaban el sur para hacer la otoñada.

Alfonso de Urbina dice que su padre fue el primero en construir un pozo artesiano en el Campo de Cartagena: «Mediado el siglo XX, en la finca habían veinte labradores que disponían de cortijo y norias, pagaban la alcalaba y traían gallinas, conejos, hortalizas, cereales y vino de muy alta graduación, tanto que teníamos que beberlo en quince días».

Ermita de Roda

Desde la primera planta de la Casa Grande se accede a la ermita de Roda, cuya construcción se atribuye a Jaime Bort, propietario de unas tierras en San Javier. En las capillas hay varias imágenes y dos espléndidos óleos de Mariano Ballester que pasaba los veranos pintando en la Hacienda y contrajo matrimonio con Monique Les Ventes en esta recoleta ermita. Edificada en el siglo XVIII, en 1908 fue donada al obispado de Cartagena por el abuelo de Alfonso de Urbina, hijo del conde del Valle de San Juan, título concedido por Felipe V a Francisco Roda, que conservó el señorío de Roda tal como había sido instituido por Felipe II (los dos grandes patrimonios que quedan del conde del Valle de San Juan son la Hacienda de Roda, la Torre de los Melgarejo, en Caravaca, que data del siglo XV, y una finca de 3.000 hectáreas).
Cabe significar que la Hacienda de Roda ha pertenecido ininterrumpidamente, por espacio de ocho siglos, a la misma familia.


DATOS

NORIAS DE SANGRE Y MOLINOS
Las norias de los colonos que poblaron los campos ribereños del Mar Menor sustentan la parte superior del arbolete en una viga sujeta por dos postes situados en los éxtremos del andel, entre los cuales da vueltas la acémila. La rueda se compone de una rueda de agua, la vertical, que sirve para elevar los arcaduces y un arbolete; el conjunto recibía su impulso a través del mayal, del que tiraba la bestia o, circunstancialmente, cualquier persona. La noria ha utilizado para su impulso los mulos, los burros y en menos medida los bueyes, dándose el nombre de norias de sangre a aquellas que empleaban el uso de animales, además de las personas. La propiedad de estos artilugios solía ser particular, asociadas a la tierra a la que regaba, aunque otras eran de propiedad comunal.

Norias y lmolinos del Mar Menor constituyen un legado histórico de alto valor sentimental y paisajístico. Vivieron una época de auge a mediados del siglo XX, coincidiendo con el período de ruralización que vivió el país tras la guerra civil, pero las transformaciones agrarias y la disminución de los caudales superficiales provocaron su paulatina desaparición, y hoy apenas quedan unos pocos recuperados por particulares.

 
 

        


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