CATEDRAL DE MURCIA. EXPOSICION 2002

 

 

 

 

GUÍA DE OBRAS SELECCIONADAS

 

FULGOR CRUCIS

- El imafronte catedralicio

Ante el imafronte, el visitante contemplará su grandeza y su mensaje y entenderá el sistema que permite seguir una lectura ordenada del programa iconográfico, las etapas constructivas, el maestro que la creó así como la torre, palacio episcopal y los espacios que generó para exhibir con orgullo la historia de una diócesis y de un reino, aglutinados bajo la figura de Santiago, el Apóstol Peregrino. Así, la exposición se configura como un edificio -Aedes Domini- levantado desde sus cimientos -Fundamentum Ecclesiae- hasta la corona heroica que proclama la fachada como apoteosis del Obispado y del Reino -Ima Frons-.
Cuando Jaime Bort inició en 1735 la construcción de la fachada principal de la Catedral de Murcia, uno de los más brillantes episodios de la escultura y ornamentación españolas, estaba a punto de alcanzarse para escribir en piedra la historia triunfal de una iglesia diocesana que, con esta iniciativa, cerraba un ciclo ya centenario de obras exaltando en el eterno lenguaje de la escultura las pasadas glorias de su obispado.
Dos símbolos amparados en estas sugerencias parecen abrir y cerrar el prolongado capítulo de obras llevadas a cabo en torno a la Catedral y ambas unidas a dos sentimientos que marcaron el principio y el fin de estos encargos: la torre catedralicia, imagen y emblema de la ciudad, y la portada como escenario de la historia. Ambas vistas desde la Plaza de Belluga forman la silueta precisa e inconfundible de la Catedral, una destinada a servir de instrumento sonoro que celebre las glorias de su creador y otra pensada para difundir por los límites del obispado y el reino la antigüedad de su existencia.
Jaime Bort fue el artista encargado de dar forma a estos pensamientos. Con un excelente equipo de canteros y escultores fue levantando la obra que mostrara el rostro más monumental de la Catedral. La calidad de sus esculturas y la sutileza de sus relieves, delicados hasta donde la vista no alcanza, son un poema de formas y colores, un canto a la eternidad de la escultura capaz de aproximar al hombre a este protéico mundo de héroes que, en su cercana lejanía, son testigos solemnes de la grandeza del pasado.