Vistabella es mi barrio. Un barrio uniforme y de un color verde, verde. Perdura en mi pasado pintado en un lienzo de lejanos recuerdos. Mi mente los adorna con detalles que sólo produce el antojo. Los relata sumida en una nostalgia cenicienta y gris, y en heridas carmesíes del alma; magulladuras rojas, rojas.
Muchos de mis recuerdos en Vistabella transcurren alrededor de la Plaza de los Patos. Una plaza esmeralda, esmeralda. Mi querida y pequeña plaza en forma de T. En su centro hubo un estanque adornado de níveos patitos; albos, albos; de pico aloque, anaranjado, que chapoteaban en un agua glauca, glauca de suciedad y moho perenne.
Al Norte ubica la plaza una Iglesia alta, alta. Frente a la puerta principal Luis repetía al óleo y en un lienzo su fachada principal. Un rostro eclesial con dos torres alzadas al cielo azul con descaro. Decían que Luis era rojo, rojo; pero yo siempre lo vi delgado, alto, amable, y con una tez pálida y sonriente. Los rojos, rojos, y sus matices sólo los aprecié en sus cuadros.
Me senté en un banco de madera de color amarillo castaño, con vetas muy pronunciadas, de la iglesia. Los minutos anteriores al comienzo de la misa eran como un suplicio. Los bancos tenían voz y protestaban ante cualquiera de mis continuos movimientos infantiles. – Parece que en el interior tienes azogue – Decía mamá, mientras me ordenaba quietud. Era imposible. El crujir de la madera era un eco a cada cambio de postura. Así con los criiiic–craaac–criiiic del banco cantarín y desvergonzado comenzaba la eucaristía y las ondas sonoras se alineaban con los “sentados”, “de pie” o “de rodillas” continuos, y podía pasar desapercibido, escondido en un grisáceo tenue, tenue. Mamá me dio un pequeño papel que se encontraba duplicado y disperso sobre las tablas donde se aposentaban las posaderas de los feligreses. Estaba escrito en latín y en esta lengua moribunda y agónica recitaba las respuestas al sacerdote. Creo que me gustaba más el latín que acudir al templo.
Merceditas mi hermana mayor paseaba furtivamente con los zagalicos por la Plaza de los Patos sin permiso de mamá. Ésta me mandaba a espiarla. Un día, de ingrato chivatazo, la reprendió en mi presencia. Yo sufrí dos veces, primero por la amargura de mi hermana y después por mi cruel y negra traición.
Visi mi hermanica pequeña se me perdió en la plaza. Yo tenía ocho años ella tres. Me puse a jugar a los “petos” y mientras hacía o no hacía “guá” ella decidió recorrer la gran plaza y evadirse. Justo en los arcos del Oeste de la plaza a las 14 horas de un sábado cualquiera lloré su pérdida. Una señora que pasaba al verme angustiado me informó que mi hermana se encontraba al otro lado del mundo de la plaza, justo en el interior de la panadería sita en el Este cardinal. Cuando acudí al encuentro estaba graciosa y muy contenta, de un color alegre y rosa, muy rosa. Me señaló con un “colín” que le habían regalado más contenta que unas pascuas.
De camino a casa miré el reloj y me fijé en esas rayitas negras que se movían solas. Llegaba tarde a casa pero feliz, muy feliz. Esa noche soñé una y otra vez con relojes y rayitas negras. Oí tintinear a las horas, vi corretear a los minutos y galopar a los segundos. Aviesos números bailaban entre sí rompiendo su formación marcial. Las dos con las nueve. Las tres con las doce……..Las cuatro, las cinco y las seis formaron una hilera cabalgando sobre el blanco de la esfera que me recordó a los blancos patitos del estanque. Y rayitas, rayitas, muchas rayitas, negras, negras. Blanco y negro, negro y blanco.
Sueño con rayitas
que caminan en dispar,
unas largas,
otras cortitas,
adentro de un cristal.
Adoro la chiquita
por delgada,
por estar.
Lleva tacones o,
los cree llevar.
¡Óyelos!
Tictac, tictac
Tictac, tictac
Añoro Murcia. Añoro a Merceditas. Añoro a Visi. Añoro la Plaza de los Patos. Y añoro los colores del extraño sonido del silencio de los recuerdos. Y lloro y lloro desconsoladamente. Y lloro y lloro con un llanto de lágrimas cristalinas; quebradizas y cristalinas. Tictac, tictac, tictac.


