“En el campo hay horas jubilosas y musicales, diáfanas y optimistas, como las del amanecer; horas lentas, abrumadoras y perezosas, como las del mediodía; horas graves y solemnes, nostálgicas y evocadoras, como las de la puesta del sol. Y, entre estos instantes, los más definidos del día, una variedad indefinida de horas grises, y azules, y rosas; de horas mudas, que no expresan nada e invitan a la reflexión, y de rumorosas horas, propicias a la sugerencia y a la comunicación; horas de paz y de trabajo; horas que son un incentivo a la actividad del músculo, y horas para el ensueño, y horas para la oración. Y, copulándolo todo, la noche: la noche campera -nocturno total-, que es la magna invitación al recogimiento”.
Antonio Sequeros López. (1900-1983)
Recuerdo, como si fuera ayer, a Don Antonio Sequeros impartiéndonos clase de Historia, disertando grave y compartiendo sus grandes conocimientos con un cariño desmesurado hacia la historia y hacia sus alumnos.
Su conducta en cada examen era una liturgia de actos programados. Se sentaba en su sillón, recitaba las preguntas e inmediatamente sacaba de su maletín el periódico y se ponía a leer hasta que la clase, al toque estruendoso de un ring premonitorio, tocaba a su fin. Durante esos minutos, de escritura veloz, demostrábamos nuestros conocimientos, bien, utilizando la memoria o la habilidad manual de copia y pega de final de los años sesenta. Un buen examen debería contener lo mejor del libro oficial y un buen resumen de los apuntes que extraordinariamente vocalizaba y liberaba el profesor.
Siempre noté en él una nostalgia congénita que no supe desentrañar. A veces en tono irónico se quejaba de no distinguirse de los demás por su coleta torera que lucíamos muchos alumnos por esas modas sociales y estacionales.
- “Antes todos sabían que yo era poeta por mis pelos largos. Ahora parece que todos inventamos poesía” -
Desde aquí, desde el corazón de este pergamino digital, quiero recordar a este Doctor en Filosofía y Letras, y desde, el más brillante verdor de mi campo privado y las “rumorosas horas, propicias a la sugerencia y a la comunicación”, agradecerle su paciencia y esfuerzo en hacernos cómplices de parte de nuestra historia, que fue la suya, que es de todos. E infinitas mercedes a sus enseñanzas y comentarios que me abrieron las puertas de la curiosidad para entrar en las vidas de Azorín y Miguel Hernández. Espero la noche campera que lo copula todo en una magna invitación al recogimiento, previa a las “horas de ensueño” para entablar conmigo mismo un gran abrazo de identificación entre lo que soy y lo que quiero ser. Ambas personas pasean y conversan cada vez más iguales; ya no se distancian. Así es como usted quería que fuera, querido profesor, y así es; y así será.
Sensaciones de ausencia
ondulan ingrávidas en el viento.
Presiento la esencia
de un ayer en mi asiento
de un aula perdida en el tiempo,
y hallada en mi memoria
junto a tenues voces de compañeros,
y a una clase de historia
de Antonio Sequeros
que nos envolvió en relatos certeros.
Antonio Pozo


