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Cap.nº11: Los trasvases en la región
Una historia centenaria



Monumento al trasvase Tajo-Segura en la localidad de La Roda. Una placa reza: “A la memoria del insigne ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Manuel Lorenzo Pardo, precursor de la unidad hidrográfica de España a través de esta obra singular”.

Cuando Alejandro Magno emprendió sus campañas de Oriente pudo leer en la Bactriana la siguiente inscripción: ‘He obligado a los ríos a discurrir por donde yo he querido, es decir, por los lugares donde fueran útiles. Así he convertido en fecundas las tierras estériles regándolas con mis ríos’.

Tal afirmación respondía al orgullo de los primitivos asirios que, desde tiempos inmemoriales, habían efectuado grandes obras en los ríos Tigris y Eufrates, canalizando y conduciendo sus aguas desde el siglo IX antes de Cristo a otras latitudes que lo necesitaban. Probablemente, sin una intervención a fondo del hombre, Mesopotamia no hubiese sido más que una alternancia de terrenos pantanosos y comarcas desérticas.
Si a algún murciano se le nombra la palabra trasvase, con toda seguridad pensará inmediatamente en el Tajo-Segura. Pero no es éste el único trasvase existente en la región. Ni el primero. Seis siglos antes de que éste se hiciese realidad, los habitantes de la región habían intentado captar agua de otros puntos muy alejados en numerosas ocasiones. A veces incluso en cuencas distintas a la nuestra.

Incluso se da la paradoja de que, aun siendo la región de Murcia extraordinariamente deficitaria en el terreno hídrico, fue antes exportadora de agua a otras cuencas que beneficiaria de trasvases. Las aguas del Segura, debidamente encauzadas, contribuían, ya a comienzos del siglo XX, a regar las huertas de Alicante y Elche, llegando a las cuencas del Monnegre y Vinalopó.
También podemos hablar de trasvase al hablar del agua de los canales del Taibilla conducidos a poblaciones de la provincia de Alicante situadas en la cuenca del Júcar, pues se trata en definitiva de un traspaso intercuencas. En torno a 45 hm3 es la cantidad estimada que salen por este conducto desde la cuenca del Segura hasta la del Júcar.

Probablemente fue ese espíritu de necesidad y superación que movió a los habitantes de Mesopotomia, hace casi 3000 años, el que impulsó a los habitantes de los mayores y más deficitarios municipios murcianos en este terreno –Cartagena, Lorca y Murcia–, a intentar conseguir captar aguas desde puntos lejanos desde el siglo XIV



Plano de situación y esquemas del trasvase
Los primeros intentos de trasvasar agua a nuestra región
El municipio lorquino, uno de los más necesitados de agua, por estar la poca que existía en la comarca en manos de un puñado de privilegiados –los llamados señores del agua–, fue el primero en solicitar un trasvase a través de su concejo. La pidieron en 1375 al rey Enrique II, a quien se propone traer agua directamente a Lorca desde diversas fuentes de Caravaca, que vertían en los ríos Argos y Quípar.

Las abundantes aguas de esta localidad constituyeron el objeto de deseo de los tres principales municipios de la región durante siglos, pero situaciones bélicas en unas ocasiones, dificultades técnicas o dictámenes en contra por parte de especialistas enviados por los reyes, en otras, así como la constante oposición del propio municipio de Caravaca, impidieron que fuesen llevados a término tales proyectos.

En 1566 se concluye un estudio en Lorca en el que se dictamina que el problema de su escasez tendría remedio si se llevaran a ese municipio aguas de las fuentes del Archivel, Venablón, Singla, Barranda y otros parajes de Caravaca. Probablemente Felipe II viera con buenos ojos esta iniciativa, por los ingresos extra que contemplaba para las arcas reales, pero la rebelión morisca y la oposición del concejo caravaqueño hicieron fracasar el proyecto.

Poco después se solicita ya formalmente, por primera vez, un trasvase intercuencas. Los municipios de Murcia, Cartagena y Lorca, actuando de común acuerdo, solicitaron a Felipe II acometer la empresa de traer aguas desde los ríos Castril y Guardal, ambos en la cuenca del Guadalquivir. El asunto suscitó apasionadas defensas y enconados ataques, entre ellos del mismísimo Duque de Alba, Señor de Castril, y de otros dueños de las aguas de Lorca, que veían peligrar su situación de monopolio.

Con Felipe III y Felipe IV los municipios citados volvieron a intentarlo en varias ocasiones, la más importante en 1633, en la que una Cartagena acuciada por la necesidad de agua aportó una fuerte suma de dinero. Incluso comenzaron las obras, que llegaron a la sierra de Almorox, donde los problemas técnicos se manifestaron irresolubles.
En tiempos de Felipe V, un siglo después, se pone de actualidad nuevamente el tema del trasvase de los ríos Guardal y Castril, realizándose nuevos proyectos e incluso resucitando algunos antiguos. El ingeniero militar Sebastián Ferignán realizó en 1742 nuevos planos y envió al rey un minucioso informe. Ferignán enfatizaba la importancia del proyecto, considerándolo el más importante trasvase que se podía hacer en España. Un plan que, a su parecer, produciría tal bonanza en la economía que produciría un gran número de vasallos ricos, con las consiguientes ganancias para las arcas reales. Pero las obras no llegaron a dar comienzo. La caída del marqués de la Ensenada, principal valedor del proyecto, provocó que se archivase una vez más el asunto.

El visionario proyecto del Canal de Murcia
En el último tramo del siglo XVIII tuvo lugar el intento más descabellado e impresionante de trasvasar aguas desde los ríos Castril y Guardal: el canal de Murcia, el imposible –por extemporáneo– proyecto de un ambicioso hombre de negocios que intentó adelantarse a su tiempo.
El proyecto, que adoptó algunas de las propuestas presentadas por Ferignán treinta años atrás, proponía un trasvase desde los ríos Castril y Guardal. Este serviría tanto de canal de riego para las necesitadas tierras de la región, como de canal navegable, proporcionando una solución ideal a los problemas de transporte de mercancías desde nuestra región al resto del país: cómodo, rápido y económico.

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Canal del trasvase Tajo-Segura desde el monumento al mismo en La Roda, Albacete

El plan de Manuel Lorenzo Pardo, en la II República, fue el precedente del trasvase Tajo-Segura. Esquema de su proyecto.




El auspiciador de semejante plan fue el empresario Pedro Prádez, que en 1774 consiguió permiso de Carlos III para crear la compañía Canal de Murcia y acometer unas obras sumamente ambiciosas para su tiempo. El enorme presupuesto necesario sería recompensado con los beneficios que conseguiría la Corona –este fue el argumento utilizado por Prádez–. Para sufragar los gastos llegó incluso a celebrarse un sorteo extraordinario de lotería avalado por el propio monarca.

Las obras contemplaban la construcción de un canal de 287 kilómetros de extensión –la misma longitud que tendría doscientos años más tarde el trasvase Tajo-Segura, lo que da idea de su dificultad–, con 5’5 metros de anchura y 2’25 de profundidad. Comenzando en el río Castril, terminaría en el puerto de Cartagena. Las obras contemplaban más de 600 kilómetros de canales para riego, que pretendían poner en regadío alrededor de 84.000 hectáreas.

El río Castril derivaría sus aguas hasta el Guardal por medio de una presa. A partir de una nueva presa en este río, comenzaría el canal navegable, que llegaría a Lorca y se dividiría en dos derivaciones: la primera, para riego, acabaría en Fuente Álamo. La segunda, destinada a navegación, llegaría hasta Totana, desde donde se dividiría en otras dos: al campo de Librilla-Murcia y a Fuente Álamo-Sierra de Carrascoy. Otros dos ramales desde Murcia permitiría distribuir el agua para Carrascoy-Mar Menor y hasta Cartagena. Por último, otra derivación permitiría llegar hasta el puerto cartagenero y a Cabo de Palos.

La colosal obra contemplaba túneles –algunos imposibles para la época, como el de la Sierra de Topares, de 13 kms., y el de Sierra Seca, de 10–, 19 acueductos, algunos de enorme envergadura, alcantarillas y contrafosos, cinco presas, seis partidores, nueve paretones –pantanos con esclusas–, sangradores, bóvedas, derramadores, puentes, etc.

Las enormes dificultades para llevar a cabo una obra de esta envergadura y unas actuaciones poco claras de Prádez con los préstamos que iba consiguiendo, convirtieron al hombre de negocios en blanco de numerosas críticas, pues la mayor parte de los expertos veían en él más a un embaucador que a un empresario sincero. Un informe enviado al monarca hablaba de esta manera tan ilustrativa de las dificultades de la empresa: ‘barrenar sierras, allanar montes, ablandar peñas, levantar valles y trastornar el curso de los ríos es intentar prodigios y pretender milagros’.

En 1785 el plan estaba definitivamente anulado por la Corona, a pesar de haber constituido, durante años, la empresa hidráulica más arriesgada, avanzada e importante de todo el reino. Atrás quedaban, como único testigo de una de las mayores empresas hidráulicas jamás acometidas en nuestro país, 32 kilómetros –cinco leguas y tres cuartos– de canal abierto, que ni siquiera llegaban a los ríos Castril y Guardal, los ríos que constituían el arranque el proyecto.

Una obra colosal: el acueducto Tajo-Segura
Si el intento de trasvasar agua de una cuenca a otra tiene precedentes en la región –al menos intentos– que se remontan a mucho tiempo atrás, también el trasvase Tajo-Segura posee unas raíces que se adelantan en décadas a su realización definitiva.

Ya en los últimos momentos del siglo XIX, con el hundimiento del imperio colonial y el vuelco hacia una política agraria de envergadura, se había hablado de esta posibilidad. Pero habría que situarse en la II República Española, concretamente en 1932 para aludir a un origen más concreto. El ministro de Obras Públicas Indalecio Prieto encargó el Plan Nacional de Obras Hidráulicas al ingeniero Manuel Lorenzo Pardo. En él se habla ya por primera vez del trasvase Tajo-Segura, con la intención de llevar las aguas a una zona –la alicantina y la murciana– que, según palabras de éste, estaba urgentemente necesitada de ayuda en este sentido.

En opinión de Joaquín Melgarejo se trataba de un ambicioso proyecto con el que se intentaba corregir uno de los problemas más graves que sufría España: el desequilibrio hidrológico, planteándose la necesidad de trasvasar aguas desde cuencas consideradas excedentarias –Tajo o Guadiana– hasta las tierras mediterráneas. El Plan incluía un exhaustivo estudio de las características hidrológicas de la cuenca del Segura y del aprovechamiento del regadío que se hacía en ella, evaluándose sus necesidades y especificando las obras que debían acometerse, tales como los pantanos del Cenajo y Camarillas, los canales del campo de Cartagena y el propio trasvase. Para Melgarejo, la trascendencia de este plan es enorme, pues ha constituido uno de los pilares de actuación de la Confederación Hidrográfica del Segura hasta la actualidad.