Era un 8 de enero cuando sonaron los últimos martillazos. Tres días después, la bandera española ondeaba en la Antártida . No era la primera vez, pero la enseña llegó entonces para quedarse. Había nacido la Base Antártica (BAE) Juan Carlos I, el primer asentamiento estable de España en el borde austral del planeta. Corría 1988. El país plantaba sus reales y cumplía así con el principal requisito para ingresar en el selecto club antártico, disponer de una instalación científica entre los hielos polares.La base se alzó en la costa suroriental de isla Livingston, en el archipiélago de la Shetland del Sur. En el mismo punto donde un año antes cuatro locos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) -Antoni Ballester, Josefina Castellví, Joan Rovira y Agustí Julià- montaron con tiendas un campamento de avanzadilla. Llegaron «con lo puesto» y de prestado, con ayuda polaca y chilena, para otear el entorno, recuerda Castellví, madrina de la base.
Habían seleccionado como enclave esa isla desierta, un laberinto de glaciares y viento infernal, porque la mayor del archipiélago, la Isla del Rey Jorge, rebosaba de bases de otros países de trayectoria antártica más señera. Alrededor, nadie. Sólo pingüinos y focas de Weddell miraban con curiosidad a la especie recién llegada. A los doce meses, volvieron nueve científicos y técnicos para montar la sede definitiva. Atrás quedaban lustros de brega solitaria de Ballester, Castellví y otros para convencer al Gobierno de que España no podía quedar fuera del concierto antártico internacional.
Veinte años después, pingüinos y focas pasean aún por parajes como Playa Pepita y los vientos siguen regalando rachas de más de 150 km/hora que peinan el monte Reina Sofía, a espaldas de la base. La presencia española ha crecido. Hay un módulo residencial, laboratorios, almacén de suministros, varios iglús de colores que proporcionan espacio extra para 17 personas a toda capacidad.
Hay comodidades y comunicaciones que los pioneros ni soñaron. Hoy, como entonces, el propósito es el mismo, investigar, aprovechar la virginidad de la Antártida -relativa en un archipiélago a sólo dos días de navegación del Cabo de Hornos, frecuentado por turistas- para arrancarle respuestas sobre el clima del planeta, el calentamiento, la evolución de los hielos, las corrientes oceánicas, procesos geológicos milenarios, vulcanismo, fauna y flora.
¿Celebraciones del veinte aniversario? «Lo celebramos sacando adelante esta campaña, que está siendo muy complicada por las condiciones meteorológicas», las peores de la última década, señala Juan José Dañobeitia, jefe de la Unidad de Tecnología Marina (UTM) del CSIC, que gestiona y opera la Juan Carlos I.
Así es el continente blanco. Temporales de viento y nieve en pleno verano austral, un clima ingobernable que mantiene a raya la colonización humana y puede dar al traste con cualquier actividad planificada, a pesar del despliegue tecnológico que permiten los tiempos. Un territorio consagrado de momento al imperio de la ciencia por el Tratado Antártico, del que España es miembro de pleno derecho junto a una treintena de naciones.
El vigésimo aniversario de la base Juan Carlos I llega en pleno Año Polar Internacional (2007/2009) y España pretende echar el resto, dentro de sus posibilidades. Veintiún proyectos de investigación y un presupuesto de ocho millones de euros, el triple que una campaña habitual.
El despliegue alcanza a los otros vértices del entramado polar español: la base Gabriel de Castilla, que mantiene el Ejército de Tierra en la vecina isla Decepción, el buque investigador Hespérides -en el 2007 incursionó por primera vez en el Polo Norte- y el remolcador de apoyo logístico Las Palmas, operados ambos por la Armada.
«De 1988 a acá, hemos pasado de la prehistoria a la primera fila», dice Miguel Ángel Quintanilla, secretario de Estado de Universidades e Investigación. A pesar de la falta de tradición, «hoy somos un país importante en la investigación antártica y hay que agradecérselo a la labor pionera de quienes se lanzaron a esta aventura hace 20 años», añade. Gracias a ellos, se dispone ahora de un material muy valioso, series históricas de datos meteorológicos, glaciológicos, geomagnéticos, etc., recabados en Livingston, fundamentales para analizar los impactos del calentamiento global. «En investigación sí estamos en primera división; en infraestructuras, es otra cosa», precisa Dañobeitia. Las dos bases españolas son de temporada. Abren a finales de noviembre y echan el cierre los primeros días de marzo, cuando acecha el invierno austral. Los dos están saturadas y cada año decenas de proyectos investigadores quedan fuera por falta de capacidad. El potencial español, logístico y económico, no da aún para instalar otra base en territorio continental. «En estos momentos no hemos pensado en otra base, pero sí en aportar nuevos recursos, más programas y más campañas de investigación polar, en los dos polos. Hay que seguir creciendo y renovar las infraestructuras», señala el responsable de Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia.
En ello están. El pasado 19 de enero se reunió el comité creado para diseñar y ejecutar la mayor remodelación de la Juan Carlos I desde su construcción. Las obras saldrán a concurso este año y concluirán en 2011 si todo va bien.
Más amplitud
«La logística en la Antártida es muy complicada», subraya Dañobeitia. El clima impide operar la mayor parte del año y, además, los trabajos han de realizarse «sin interferir demasiado en labor de los científicos».
Mejorarán el área residencial, con espacio para acoger hasta 50 ocupantes a medio y largo plazo, los laboratorios, el equipamiento, las comunicaciones. Habrá acceso a Internet las 24 horas del día y contacto telefónico regular en lugar de conexiones vía satélite. No se llegará, sin embargo, al extremo de la isla Rey Jorge, adonde se puede llegar en avión y recibir llamadas de móvil desde España.
El reto es hacer crecer la base sin incrementar el impacto ecológico que deja la presencia española en Livingston, como manda el Tratado Antártico, y aumentar el uso de energías renovables, eólica y solar, para sostener la actividad investigadora. Veinte años después, el sueño de unos pioneros se ha hecho realidad. «Y yo estoy muy orgullosa», apostilla Josefina Castellví.