Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



La tierra de Escarlata O’Hara

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COMO EN LA GUERRA DE SECESIÓN. Un paseo de época por la localidad de Beaufort, famosa por su helado de ciruelas, que conquistó a los múltiples actores que han rodado en esta ciudad. / MANENA MUNAR

Entre las soberbias mansiones de Carolina del Sur aún se pasean los personajes de ‘Lo que el viento se llevó’

Pantanos de agua verdiazul, cuidados jardines y caballos conforman la estampa sureña de Beaufort o Charleston

MANENA MUNAR


Mañana será otro día», decía la señorita Escarlata O'Hara mirando al vacío, o quizás no era el vacío lo que sus ojos buscaban, sino una salida entre las espléndidas casas sureñas de antes de la guerra civil norteamericana, «escondidas entre las barbas de musgo español que cuelgan de los robles centenarios».

La célebre frase que Margaret Mitchell puso en los labios de la heroína de Lo que el viento se llevó marcó época, y la película dio a conocer al mundo una ciudad encantadora, Charleston.

La ciudad conserva influencia española y francesa, pero sobre todo ostenta en su aspecto el sello de origen inglés. Como de lo más inglés es su nombre, que lo recibió en honor del rey Carlos II de Inglaterra.

Charleston fue testigo de la esclavitud en el sur de Estados Unidos. Y una de sus destartaladas callejuelas tan llenas de vida, el Cabbage Row -donde se encontraban las cabañas de los esclavos-, inspiró a George Gerswhin su opera Porgy and Bess, allá hacia el año 1934.

Los ríos Ashely y Cooper convierten a Charleston en una península cerrada sobre su intimidad, que guarda celosamente su tradicional y seductora arquitectura, pero que también ha sabido adaptarse a los tiempos que corren.

Cuenta con algunos de los restaurantes más vanguardistas de Estados Unidos, con un jazz que le hace la competencia a Nueva Orleáns y con un único y mundialmente famoso festival, Spoleto, que se celebra anualmente cada primavera.

Spoleto llena el paseo del Battery de gentes llegadas de todos los rincones del mundo, galvanizadas por la atracción de esas maravillosas «casas de película» que bordean el río, y que siguen siendo el enclave ideal para nuevos rodajes de películas, como El patriota, La montaña de nieve o aquella serie de éxito que fue Norte y Sur, basada en la Guerra de Secesión. Charleston jugó un papel primordial en esa guerra.

De hecho, las diferencias entre Norte y Sur se definieron cuando estalló la demanda de separación en el año 1828 y las banderas del puerto de Charleston se pusieron a media asta en señal de luto por el país quebrado.

Tampoco hay que olvidar que el rítmico baile del charleston nació, en 1903, en la ciudad que lleva su nombre, y que en sus orígenes fue una danza folclórica de raíces africanas. Su base musical la ponían los instrumentos de viento; el trombón y el clarinete en especial. Era un baile despreocupado, desinhibido, muy vital, que se marcaba en cuatro tiempos. Causó furor, ya que, más que un baile, era toda una filosofía de vida, basada en la frivolidad, el ritmo y las ganas de vivir. Europa cayó ante sus seductoras notas y, a partir del año 1926, fue el baile de moda en los salones y salas de fiestas europeas.

Quedan piezas inolvidables de aquellos tiempos, como Orly's creole trombone, de Louis Armstrong, o la maravillosa Charleston South Caroline, de James P. Johnson. Aunque fue Josephine Baker quien inmortalizó el charleston y lo hizo internacional.

Mecedoras a ritmo de bris

Este estado, sin embargo, no aparece ligado sólo al ritmo endiablado del charleston, sino que más bien se vincula con el más cadencioso compás de la vida vista desde la privilegiada atalaya de una mecedora. Volviendo a las referencias cinematográficas, es mucho lo que el viento se llevó.

Pero, por más vendavales que hayan soplado desde la Guerra de Secesión y los desenfrenados cambios que le siguieron, el viento no se ha llevado las legendarias mansiones con plantación tan características de aquel viejo sur. Los dominios de Rhett Butler y Escarlata O'Hara. El tiempo ha acabado con muchas de aquellas mansiones, pero nos ha dejado varias, erguidas en su orgulloso esplendor, para que podamos remontarnos a otros tiempos y ser partícipes de su historia.

Plantación Magnolia

A escasos kilómetros de Charleston se inicia una curiosa ruta de grandes mansiones, en la que la reina indiscutible (de corazones) es la Plantación Magnolia, que, situada a orillas del río Ashely, tuvo un papel protagonista en la Guerra de Secesión.

Pantanos de aguas verdiazul habitados por árboles fantasmagóricos junto a verdes prados con caballos salvajes, cuidados jardines y una mansión espectacular con su grandiosa balconada, donde las mecedoras se balancean al ritmo de la brisa y su murmullo cadencioso parece querer contarnos los secretos de los que fueron testigos.

Cómo no evocar en este escenario el gesto iracundo de Escarlata O'Hara (Vivian Leigh) alzando el brazo con un puñado de su tierra para jurar que nunca más volvería a pasar hambre. O al eterno caballero Rhett Butler (Clark Gable), galopando hacia Tara sin perder su sonrisa escéptica ni en el más feroz de los ataques yanquis. Las fiestas, los carruajes, los vestidos... Ese aire indolente que reflejan las películas del Sur, en las que sus personajes luchan por mantener su cómoda decadencia.

Filosofía de vida

Otro plató natural de Carolina del Sur es Beaufort. Aquí Forrest Gump echó a correr con la idea de que tal vez no pararía jamás. Y Gwyneth Paltrow pasó unos maravillosos años de su infancia mientras su madre, Blythe Danner, rodaba el Gran Santini. Incluso Barbara Streisand sucumbió a los encantos de Beaufort, aunque al principio detestó el lugar.

A pesar de los famosos malos humores de la canta-actriz, que hicieron mella en el pueblo, en cuanto la señora Streisand estuvo un par de días paseando por sus acogedoras calles o familiarizándose con sus típicas casas de antes de la guerra, rodeadas de vegetación y balconadas, le pareció que éste sería el escenario ideal para El príncipe de las mareas. Sobre todo, teniendo en cuenta que aquí vive el escritor de la novela, Pat Conroy, también autor del Gran Santini.

Aunque dicen que lo que de verdad hizo a la directora, actriz y cantante decidirse por Beaufort no fueron tanto sus encantos urbanos, como el delicioso helado de ciruelas con el que la tentó el hotel-posada The Rhett House Inn.

No fue la primera que sucumbió a esta delicia, ya que Gwyneth Paltrow también lo recuerda, y Tom Hanks y Nick Nolte y Sandra Bullock y Kevin Bacon... Y muchos más que hicieron de la Posada Rhett su casa y que la recuerdan como un oasis que les acogió durante los duros días de rodaje.








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