La semana pasada se cumplieron dos años de la muerte de Copito de Nieve. Pocas veces un animal había alcanzado tan altas cotas de popularidad. Desde su llegada a Barcelona procedente de Guinea Ecuatorial, su fama, basada por su condición de único gorila blanco existente en el mundo, le erigió en símbolo, primero del Parque Zoológico de Barcelona -donde residió hasta su muerte- y, en última instancia, de la propia Ciudad Condal. Sus restos fueron incinerados y enterrados en un homenaje multitudinario, en el que el mismísimo alcalde de Barcelona llegó a calificar al gorila de ciudadano ejemplar. Más recientemente, se ha bautizado con su nombre una importante beca de investigación y una obra de teatro.
La fama del gorila eclipsó, también, a su propio descubridor, el naturalista Jordi Sabater Pi, que localizó de manera casual en Guinea Ecuatorial al animal después de que un cazador matara a toda su familia.
La trayectoria del catedrático emérito de Psicobiología y Etología de la Universidad de Barcelona se asocia al nombre del gorila albino, pero tras este hombre octogenario se esconde uno de los científicos más extraordinarios que España haya conocido. Él mismo se define como «un caso único, un tipo que empezó con un machete en la mano y terminó como catedrático». Pocas carreras profesionales han sido tan fecundas y anómalas.
El investigador catalán ha realizado estudios de etnografía, arqueología, herpetología y etología de los primates; ha cultivado el dibujo naturalista, y se ha entregado a la conservación de la naturaleza y la divulgación científica.
Es autor de una veintena de libros y ha publicado más de un centenar de trabajos, algunos en las más importantes revistas especializadas. En sus espaldas tiene la trayectoria de un sabio, y en toda ella el episodio de Copito no ha sido más que «una anécdota».
Gran parte de la vida de Sabater Pi ha transcurrido en África, continente por el que asegura haber tenido siempre «un enorme interés».
«Piense -explica- que yo me eduqué en escuelas francesas, donde se tiene un gran conocimiento sobre esa tierra». El naturalista no oculta que se desplazó al continente negro debido a la necesidad. «Tras la guerra en mi familia pasamos mucha penuria. Teníamos una imprenta, pero no había trabajo, ni nada
Así que, con 17 años, me embarqué para Fernando Poo. Salí en barco desde Barcelona y la travesía duró un mes».
Del cacao a los primates
La aventura, lejos de amilanarle, acrecentó su «afán de aventuras y de visitar una tierra donde todavía había gente muy primitiva». En Guinea le esperaba su primer trabajo, en una finca dedicada al cacao que pertenecía a uno de sus parientes. «El trabajo agrícola era muy duro, pero muy rentable. Guinea era entonces uno de los primeros productores de cacao de la costa occidental de África», recuerda.
A su regreso a la Península para cumplir el servicio militar, Sabater Pi conoció a Augusto Panyella, antropólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Esta relación cambió las expectativas del barcelonés, que a su vuelta a Guinea se trasladó a una finca de café de Río Muni con una tarea muy concreta. «Aprendí la lengua de los fang (etnia mayoritaria) y estudié sus costumbres.
Tales primeros trabajos, que tenía que hacer después de terminar la labor en la finca, trataban sobre antropología social y los publiqué en el Instituto de Estudios Africanos, a través de Panyella».
«El salto en mi carrera llegó a través de un anuncio en la revista congolesa La Brousse, en la que se pedía información sobre las aves indicadores de la miel, que yo descubrí. Entré así en relación con el Museo de Ciencias Naturales de Nueva York, en concreto con el doctor J. P. Chapin, del Departamento de Aves. Comencé a nutrirles de especimenes y documentación sobre este pájaro del que casi no se sabía nada», relata. Sabater hace una pausa para añadir con énfasis: «Fue entonces cuando Chapin me preguntó: ¿por qué no estudia usted a los gorilas? Corrían los años 50, y decidí seguir este consejo y pasarme a la primatología. Después llegaron mis primeras publicaciones en Alemania sobre el gorila y el chimpancé, que tuvieron una difusión mundial. Al poco tiempo, los norteamericanos me llamaron para trabajar con National Geographic y fui también contratado por el Zoológico de Barcelona. Tenía que conseguirles animales y semillas para el Jardín Botánico».
A partir de este momento, el científico catalán abandonó las fincas para dedicarse en exclusiva a las ciencias. En 1958 colaboró en la fundación del Centro de Investigación Biológica de Ikunde (en Bata, antigua Guinea Española), subvencionado por National Geographic y el Ayuntamiento de Barcelona, donde ejerció de conservador.
El centro se dedicaba al estudio de la fauna africana y los «aspectos antropológicos y etnológicos de los habitantes de la Colonia. No obstante -suspira con fastidio-, tuvimos que abandonarlo con la independencia del país africano en 1969. Así que, regresé a Barcelona y empecé a estudiar Psicología».
En dos décadas, pasó de estudiante a catedrático emérito. «Fui, además, el primero de mi promoción. Y con la dificultad añadida de que por la mañana trabajaba como conservador del Zoológico».
Poco conocido
El naturalista asegura que el secreto de su fecundo trabajo es «el gran interés por el saber» que siempre le ha caracterizado y, «por supuesto, una dedicación absoluta. Además -asegura-, también me ha ayudado mi facilidad por las lenguas». De hecho, Sabater Pi habla castellano, catalán, francés, inglés y fang. A pesar de este currículo, el catalán es un gran desconocido en España.
«Aquí se premia con el Príncipe de Asturias trabajos como el de Jane Goodall (Premio a la Investigación Científica y Técnica 2003)», naturalista británica destacada en el trabajo con chimpancés.
Sólo en las ocasiones que sale Copito a colación, se recuerda la figura de este científico, el último de los clásicos del naturalismo español, referencia en el panorama científico internacional durante el pasado siglo XX.