Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



Una belleza depredadora

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JARROS. La Nephetes Ventrata es un híbrido que se vende como planta de adorno en las floristerías. / PHILIPP REINHOLD

Cada vez más aficionados cultivan la pasión de ver cómo crecen y cazan las plantas carnívoras

FERNANDA DOMÍNGUEZ


Estoy cultivando una planta que nunca nadie ha visto antes». Con estas palabras, Seymour, un empleado de una floristería en la película La tienda de los horrores (Roger Corman, 1960), introduce en el mundo a su carnívora gigante, a la que llamó Audrey Junior. Pero, ¿qué clase de planta es? Una de voraz apetito, parlante, plantada con fertilizante atómico y que se alimenta de humanos. «¡Parecida a una verdura podrida que por cualquier cosa se escuchirrimiza!», puntualiza Mushnik, el jefe de Seymour.

Interesante, pero ficticio. Aunque en el mundo de las plantas, muchas veces, la realidad puede ser más sorprendente. Las carnívoras han dejado de ser monstruos de las pantallas de cine para pasar a formar parte de los hogares. Conviven entre humanos y son tema de foros en Internet y charlas personales. Cautivadas por su rareza y, sobre todo, por la curiosidad de verlas cazar, miles de personas se han sumado a la gran familia que comparte esta pasión. Se preguntan y se responden: ¿Pueden morderte un dedo? ¿Tienen dientes? ¿De qué se alimentan? ¿Cómo hay que cuidarlas para que no mueran? ¿De qué enferman?

Son mortales, bellas, seductoras. Algunas están bien plantadas en la tierra, otras trepan o se sumergen en el agua. Y todas tienen algo en común: son vegetales que atraen, atrapan y digieren a su presa, tres funciones indispensables para hacer honor a su nombre. La naturaleza hizo que se adaptaran a medios hostiles, a suelos pobres con escasez de nutrientes, arenosos, húmedos o ácidos, y que transformaran sus hojas en trampas que, según el color, el olor o el sabor, sirven para atraer a la presa y convertirla luego en una sustancia digerible. Cuando faltan bichos que comer, entonces la carnívora se alimenta como cualquier otra planta, por medio de la fotosíntesis.

Exigentes

Hollywood las lanzó a la fama, pero su existencia viene de mucho tiempo atrás. En la Edad Media algunas especies eran utilizadas como medicinales. De la drosera, por ejemplo, se extraía una infusión. Sin embargo, la sola idea de pensar que un vegetal era carnívoro se consideraba una blasfemia. Se decía que los animales, por accidente, se quedaban atrapados entre las plantas, pero que era imposible que éstas se los comieran porque iba contra el Génesis. En 1875, el naturalista Darwin, a raíz de los estudios que llevó a cabo con algunas especies de carnívoras, publicó la obra Insectivorous plantas. El estudio no fue tomado en serio, pero dio pie a que se inventaran leyendas sobre plantas y árboles monstruosos que devoraban a los humanos.

Lo cierto es que estas especies, pese a sus caprichosas formas, se alimentan tan sólo de pequeños insectos, como arañas, mosquitos y mariposas. Se dan casos de ejemplares más grandes que han llegado a cazar hasta pájaros. Hoy por hoy, se conocen unas seiscientas variedades. Algunas están en peligro de extinción. En una floristería, cada vez es menos sorprendente encontrar entre crisantemos, rosas y violetas un gran abanico de flora exótica.

Los floristas y horticultores se enfrentan al reto de cuidar plantas cada vez más extrañas y exigentes, pero: ¿Están preparados para complacer los selectos gustos de las carnívoras?

«Nosotros las tenemos desde nuestra apertura en 1992», dice Mauro Castellanos, propietario de una floristería en Cantabria. «A mí siempre me llamaron la atención. Desde pequeño solía adquirirlas en los viajes», evoca. Gracias a su personal interés ha podido sacar a flote este producto, que tiene «una cierta demanda, aunque no masiva».

«Pero, ¿dónde se puede aprender sobre el cuidado de este tipo de plantas?». La pregunta se la hace María Galbarriartu, al cargo del comercio de flores y plantas Garden Alar, en Sopelana (Vizcaya). «A mí me resultaron un desastre», confiesa. «Vienen en formatos tan pequeñitos, casi del tamaño de una mosca, y son plantas exigentes en cuanto al mantenimiento, además de que presentan una siniestralidad alta», añade.

Colecciones verdes

La escasa información en idioma español sobre el cultivo, manejo y cuidado de estas especies hizo en su día que personas de diversas partes del mundo se reunieran a través de Internet para intercambiar experiencias. En la red (plantascarnivorasmospitensis) está la historia de Pablo Martín, de 32 años, informático, quien, al llegar a casa después del trabajo, se encuentra con sus más de cuarenta plantas carnívoras. «De los siete libros especializados que he comprado, sólo uno está escrito en español; los demás los he tenido que pedir al extranjero», argumenta.

Y revela algún que otro secreto: «Desde pequeño las encontraba fascinantes. Ver la velocidad con que algunas se cierran para atrapar a un bicho sin tener músculos es algo increíble».

Philipp Reinhold, de 19 años, un alemán residente desde hace siete años en Zaragoza, es el creador de otra herramienta virtual: portalcanívoro.com, en castellano.

Él cuenta que empezó buscando documentación sobre este tipo de vegetales a través del ordenador, porque las primeras que tuve se le morían: «Recabé información en inglés y alemán y, como había muy poca en español, creí que sería interesante tener un portal en esta lengua».

En Alemania, explica, la gente se reúne para hacer intercambios de ejemplares. Philipp tiene veinte especies diferentes en su casa. La más rara es su Heliamphora, la carnívora más primitiva, traída desde las regiones altas de Venezuela.

En España no está muy extendido el asunto de los intercambios, pero hay cada vez más aficionados y coleccionistas que adquieren sus verdes caprichos por correo, Internet o en algún vivero. La compra a distancia tiene un floreciente negocio en el encargo de semillas, pero también es posible hacerse con plantas desarrolladas importadas desde recónditos rincones del mundo. «Hace dos años sólo conseguía tres especies: Venus, Sarracenia y Drosera. Ahora, en los principales viveros de Madrid ya se consiguen muchas más», comenta emocionado Pablo Martín.

Los expertos autodidactas que narran sus experiencias en la red intentan que las personas que se inician en este hobbie no se frustren al perder un ejemplar. Insisten en explicar que no es más que una forma de contribuir a cuidar la biodiversidad, así como el cultivo, conservación y multiplicación de las especies.

A la hora de comprar una carnívora, Philipp cree que «no merece la pena intentar salvar a una planta que está a punto de fallecer. Lo mejor es comprar aquéllas que se ven sanas y sin errores de cultivo».

El mayor o menor celo en el cuidado depende de cada especie. Señala Martín que «estas plantas necesitan una tierra especial, turba rubia, sin abono, porque es veneno para ellas. Las raíces fueron perdiendo la función de absorber nutrientes. Además, es importante mantener el grado de humedad sin pasarse con el objetivo de replicar el hábitat. Para ello, se coloca un plato con un poco de agua destilada o de lluvia debajo de la maceta».

Sociedades protectoras

Existen sociedades internacionales que reúnen a amantes de las plantas carnívoras como Philipp y Pablo Martín, gente con el común propósito de contribuir al cuidado de esta flora. Así, el primero forma parte del colectivo alemán Gesellschaft für Fleischfressende Pflanzen (Sociedad para las Plantas Carnívoras, en castellano); el segundo, de la International Carnivorous Plant Society (Sociedad Internacional de Plantas Carnívoras, en castellano), con sede en Estados Unidos. Por una cuota de 25 euros al año, pueden acceder al banco de semillas y recibir a domicilio una revista trimestral sobre los avances, descubrimientos y cuidados. El dinero recaudado va destinado «a la protección de estas especies, una buena causa», celebran los socios.

Plantas para unos, mascotas para otros, algunas tienen hasta nombre -carni, mosqui… diminutivos que hacen muchas veces referencia a su tamaño, como la pequeña y famosa Venus atrapamoscas-, a menudo transforman a sus dueños, que se encuentran en su tiempo libre cazando insectos para dar de comer a su ejemplar. «Hay muchas personas que te preguntan si son peligrosas o si te pueden comer, pero un pedazo de carne ya es mucho para una planta. Aunque, bueno, depende de la planta», ironiza Philipp.



 


 
 
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