Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



Laponia noruega, entre el hielo y el fuego del cielo

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EXCURSIÓN. Motos de nieve en el bosque de Pasvik, cerca de la frontera entre Noruega y Rusia. / GONZALO CRUZ

El frío polar se quita, no así el recuerdo de las emociones que ofrece el confín de Europa

MIGUEL ÁNGEL BARROSO


Aurora es una mujer difícil, digamos que es «caza mayor», pero en las frías noches árticas al menos se deja cortejar. Hay que tener paciencia, porque puede permanecer oculta durante mucho tiempo, o anunciar su llegada y, a los pocos minutos, cambiar de opinión. Es probable que aparezca cuando pares de buscarla, o que alguien te avise de su presencia y no le creas, como en el cuento de Pedro y el lobo. Si al fin se deja ver compruebas que su humor es caprichoso: se enciende, se apaga, cambia de color, del verde al rojo pasando por el amarillo, el violeta y alguno más que se mezcla en la paleta del cielo. Empieza con un brillo fosforescente emulando la claridad del crepúsculo, después forma una corona, o dos, culebrea, se riza, se cimbrea, se desparrama como una cortina de lluvia. Si no estás ofuscado tratando de montar la cámara en el trípode para capturarla, puede que Aurora te haga entrar en calor a pesar de los menos muchos grados centígrados que marca el termómetro, porque es capaz de prender fuego a la noche helada.

Una explicación científica de andar por casa habla de que las partículas atómicas -electrones y protones- procedentes del Sol penetran en la magnetosfera terrestre (donde está el campo magnético que actúa como escudo protector ante la radiación cósmica) y chocan con las moléculas de gas de la atmósfera, excitándolas y produciendo luminiscencia. Pero, seamos sinceros, cuando el común de los mortales contempla una aurora boreal no piensa en partículas cargadas, sino en elucubraciones místicas (la teoría de los esquimales sobre antorchas encendidas por los espíritus moradores del cielo tiene su punto).

Tromso, la ciudad más importante del norte de Noruega, 300 kilómetros por encima del Círculo Polar Ártico, tiene vocación de lanzadera. Lo fue para los grandes exploradores de antaño, con Nansen y Amundsen a la cabeza, y para los turistas de ahora que vienen con la promesa de aventuras y paisajes deslumbrantes en la maleta.

Alguien poco avisado podría pensar que en invierno se congelan aquí los ánimos, pero sus 65.000 habitantes se las ingenian para no aburrirse. «Del 21 de noviembre al 21 de enero no tenemos día y es complicado hacer cosas fuera de casa, pero los bares, restaurantes y pubs de la ciudad disponen de una capacidad para 20.000 personas, así que uno de cada tres habitantes puede salir de marcha». dice Canuto, guía turístico. «Y del 21 de mayo al 21 de julio no tenemos noche, hay más actividad, más energía, se duerme menos...».

Sin embargo, en verano Tromso parece más solitaria. «Es por la universidad». Cierto. Ahora se ve mucha gente joven pululando por las calles cubiertas de hielo, con zapatillas deportivas y sin dar un resbalón.

La explicación a esa habilidad puede ser darwiniana... o que se ponen unos pequeños crampones en las suelas. La vida discurre plácidamente. El periódico local no informa de crispaciones políticas, sino de unas lobas españolas que han viajado hasta estas latitudes «en busca de hombres rubios».

En trineo

La aclimatación al medio se hace pateando la ciudad y sus atracciones, como el Museo Polar -con exposiciones sobre míticos viajes, como el del Fram al Polo Norte, o sobre la vida de los tramperos y balleneros en las islas Svalvard-; Polaria, con un acuario que exhibe especies autóctonas -las focas son las principales protagonistas-, o la catedral ártica, de forma triangular. Pero el viajero dirigirá sus pasos irremediablemente a los alrededores, a las colinas y bosques nevados que pueden recorrerse en un trineo tirado por perros, a las montañas de ascenso lento y descenso vertiginoso sobre unos esquíes, o al puerto donde están amarrados los barcos que recorren la costa noruega, porque queda dicho que Tromso no es la estación término.

La ocurrencia del expreso del litoral la tuvo el capitán Richard With a finales del siglo XIX. Muchos pensaron que estaba loco. ¿Viajar por un cinturón de fiordos, islas y arrecifes sin cartografiar ni balizar? Naufragio garantizado. Pero el tipo firmó un contrato con el gobierno noruego y el 2 de julio de 1893 el vapor MS Vesterlen zarpó del puerto de Trondheim rumbo a Hammerfest, donde llegó después de tres días de navegación por las aguas más peligrosas de Europa.

El expreso se convirtió en un medio de transporte vital para las poblaciones situadas a lo largo de la ruta. Un año después, With dio una vuelta de tuerca: ¿Por qué no llevar a bordo a lo más granado del turismo internacional? Los escépticos volvieron a dar la nota. Pero entre 1894 y 1896 se publicaron los primeros catálogos en inglés y francés. Hoy, Hurtigruten cuenta con dos líneas de transbordadores en dirección norte y sur y vende el viaje de Bergen a Kirkenes (o al revés, con escala en más de una treintena de puertos) como «el más hermoso del mundo».

Honningsvag, visto desde el mar, es una postal de libro. Las casas de madera pintadas de colores contrastan sobre el fondo blanco de las montañas. El Trollfjord atraca en el puerto. No es una escala como las demás, en las que sube un puñado de pasajeros y baja otro. En Honningsvag tocan a rebato, porque a 35 kilómetros de allí está Cabo Norte, el confín de Europa, y resulta casi obligado coger el autobús para asomarse a sus precipicios, hacerse una foto, comprar algún souvenir en el centro de visitantes o enviar correo a los que se quedaron en el sur.

Sol de medianoche

Aquí en verano lo que se estila es la contemplación del sol de medianoche. Ahora, de la aurora boreal. No se demore esperándola, porque el expreso del litoral parte hacia su última escala, Kirkenes, cerca de la frontera con Rusia.

Tal vez antes de llegar quiera dar un paso más en la aclimatación usando el jacuzzi de la cubierta del barco. La temperatura ambiente puede estar a -15° centígrados, pero tranquilo, dentro del cocedero burbujeante sentirá calor, podrá relajarse y disfrutar de las vistas, con las crujientes tabletas de hielo flotando en la superficie del fiordo.

Valle de Pasvik, junto a Kirkenes. Una hilera de motos de nieve atraviesa la taiga a toda velocidad. Los pilotos se creen poco menos que Peter Fonda y Dennis Hopper en Easy Rider, y si no fuera por la teoría de las capas serían carne de cañón. Ropa interior térmica, jersey, forro polar, chupa de invierno, braga, gorro, guantes... y, por encima de todo, un mono cortavientos. El congelado río Pasvikelva es una autopista, pero la conducción se hace más divertida en las trochas que zigzaguean entre las coníferas y abedules.

En un claro del bosque, Tor-Olaf, guía de la región, enciende una pequeña hoguera y corta unas ramas finas para que los excursionistas ensarten y asen unas salchichas. El café humeante es más una necesidad que un placer.

Kirkenes vive ahora de las experiencias que proporciona su entorno natural, pero hasta hace poco más de una década la minería del hierro era su forma de vida. Las minas sirvieron incluso de refugio a muchos de sus habitantes cuando la ciudad fue destruida por los alemanes en 1944 al batirse en retirada -hay paisanos que pueden presumir de haber nacido en el vientre de la montaña-. Las fosas a cielo abierto han creado un valle artificial cuyo lecho está situado a 70 metros bajo el nivel del mar.

Pero volvamos al frío y a las capas. Es posible dar una vuelta de tuerca en Jarfjord, a unos 25 kilómetros de Kirkenes. El hielo cubre vastas zonas de este fiordo que se abre al mar de Barents. Dicen que la banquisa está más fina que otros años -lo cargamos en la cuenta del cambio climático, por supuesto-, pero aún soporta el peso de algunos valientes que se atreven a caminar sobre ella. Lo del paseíto es la excusa para el chapoteo final, que es lo que en el fondo se busca. No hay miedo: gracias al traje especial impermeable se flota como un corcho y la temperatura del agua es sensiblemente superior a la del ambiente. Con estas visitas a Jarfjord quienes peor lo tienen son los gigantescos cangrejos reales -algunos de 12 kilos y dos metros de envergadura- que proliferan en el lecho marino. Tener esa carne tan sabrosa en las patas es su perdición. Para quienes lagrimean ante un buen plato de marisco la oportunidad es única: del mar a la mesa en un par de horas. Más fresco, imposible.

El fuego chisporrotea en una cabaña de estilo vikingo situada en Melkefoss, en lo más profundo del valle de Pasvik, donde confluyen Noruega, Rusia y Finlandia.

Una robusta y emprendedora mujer sami, Trine, explica a los visitantes la vida y milagros de su pueblo mientras degustan un plato de pescado frito y un dulce hecho con bayas del bosque. Lleva puesto el típico traje de paño con un colorido chal de flecos -la indumentaria de los sami es parte de su identidad cultural-, por lo visto más que suficiente para soportar lo que está cayendo (cuesta imaginársela haciendo turismo en Sevilla en pleno mes de agosto).

Afuera, la temperatura está por debajo de los -30° centígrados. Se escarchan hasta las palabras que salen de la boca, aunque queda poco que decir. Quizás sea mejor presumir de aclimatación y, en un postrero acto heroico, dejarse llevar en un trineo de perros mientras las luces del norte provocan un nuevo incendio en el cielo ártico.








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