Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



La gloria de Tikal

Foto
CAMPESINA. Una mujer acude con sus hijos al mercado de Chichicastenango. / PILAR ARCOS

F. PASTRANO


Chichicastenango -Chichi para los lugareños, que no entienden las risitas de los españoles al oír su apodo- atrae a los viajeros por su magnífico mercado indígena, sin duda el más colorista del continente junto con el de Pisac, en Perú. Aunque abre todos los días, los jueves y domingos son los más concurridos. Otra vez el caos organizado, una casta orgía para los fotógrafos. Aquí la población es cakchiquel, pero atrae a otros mayas de muchos lugares. Hay que recorrerlo desde primera hora de la mañana, dejándose llevar por el gentío, por los colores, los olores, los sonidos...

Conviene detenerse en lo alto de la escaleras que suben a la puerta de la blanca iglesia de Santo Tomás, construida en 1540 sobre ruinas mayas y dónde el párroco Francisco Ximénez descubrió en el siglo XVII el Popol Vuh, el «primer libro pintado». Desde esa atalaya se puede contemplar el mundo maya en su fulgor actual.

Y por fin, el Petén, la cuna maya. Los mayas que hoy viven en el Altiplano tuvieron sus antepasados en el Petén, y no sabemos cómo, pero abandonaron esa zona dejando en ella joyas arquitectónicas como Tikal. Merece la pena ascender hasta el Templo IV por una cómoda escalera de madera, ya que desde sus 64 metros se ve un mar verde formado por los tupidos árboles de la selva.



 


 
 
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