Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



Una atalaya privilegiada

Bernia es una sierra alicantina subyugante que incita a pasear por el PR V7, un camino de herradura que nos lleva a un fuerte del siglo XVI

TEXTOS Y FOTOS: JOSÉ MARÍA GALIANA


La sierra de Bernia recuerda una escultura de Botero, una agreste y orgullosa montaña coronada por una crestería caliza que se apoya en unos contrafuertes bellísimos que recuerdan las pisadas de un animal mitológico.

Algunas formaciones rocosas dan la sensación de haber sido esculpidas con un cincel, y en muchos casos presentan cortes limpios de formas inauditas. Parecen figuras humanas, otras animales y formas caprichosas en equilibrio. La sensación de que en cualquier momento pueden desmoronarse. La erosión del viento, el sol, los grandes cambios de temperatura producidos entre el día y la noche, consiguen modelar las rocas más duras.

A veces parece que la tierra se funde con el cielo y su belleza es fruto de la simbiosis entre la espectacularidad de sus paisajes y el ir y venir de las nubes. Al mítico Montgó le ocurre algo semejante. Llegan nubes desde el mar y envuelven la montaña, esconden los precipicios, aíslan las cumbres, se deslizan entre las paredes de roca, ascienden en jirones lamiendo los picos dentados, ejemplo de lo efímero.

Bernia es un capricho de la naturaleza. Disfrutan de ella los vecinos de Altea y los automovilistas que transitan por la autovía del Mediterráneo. Buen número de ellos han sentido la necesidad de subir a esa largo y altivo crestón que se asoma al desfiladero del Mascarat, un tajo escalofriante de 300 metros que hace las veces de trampolín para los que practican puenting.

Doce kilómetros y una carretera de montaña separan Xaló de las casas de Bernia, situadas al pie de la umbría de la sierra que le da nombre, a 750 metros de altura, junto a una zona de acampada y un par de restaurantes caseros donde se comen migas, carnes a la brasa, embutidos y vino artesano que se cultiva en los alrededores, salpicado de algarrobos, olivos, almendros y hermosas carrascas que trepan hasta la base de la crestería.

Bernia puede ser derivación de Verdiola, cuando el verde reinaba en la sierra. Tiene casi nueve kilómetros de largo y separa la Marina Alta de la Marina Baja. Los afilados escarpes rocosos alcanzan la mayor altura en el pico de Bernia, a 1.128 metros.

El paseo que se propone, apto para todos los públicos, transmite una sensación de inmensidad. De Casas de Bernia parten dos itinerarios. Por un lado, seguir por la izquierda que lleva al Forat (una cavidad que cruza el extremo oriental) y, por otro, el PR V7, un camino de herradura que nos lleva a la cara sur.

Antes, a la derecha, surge la imponente Peña Amarga y el paso del Bandolero, de cuya presencia en estas sierras y en pueblos de Tárbena y Castell de Castell ha habido constancia hasta el pasado siglo.

Lo escarpado del relieve favorece la existencia de plantas que se desarrollan en grietas y acantilados, ramblas de plantas aromáticas y bancales escalonados. Al norte se divisa el lomo del Montgó, la última estribación del Sistema Bético, el latido postrero de la cordillera alpina más importante de la Península Ibérica, atalaya codiciada por los navegantes que atracaron en sus inmediaciones o sintieron el deseo de subir a la cumbre.

A medida que se estrecha la senda abunda el romero, la coscoja, el lentisco, la aliaga, la manzanilla, el palmito, la sabina, el enebro, algún pino solitario, carrascas aislada y la flor rojiza del brezo que da color al sotobosque. Donde la sierra se quiebra en profundos precipicios, se goza de una dilatada panorámica: los valles de Callosa d’en Sarriá, famosos por la cantidad de manantiales, especialmente las fuentes del Algar, paraje de interés paisajístico, Bolulla amesetada, La Nucía, Polop de la Marina y Tárbena, repoblada en el siglo XVII por agricultores mallorquines, el peñón de Ifach, la isla de Benidorm, Villajoyosa, el Puig Campana, el Ponoig de Gabriel Miró, las antenas de Aitana y la pedrera del paso del Bandolero. De la sierra de Bernia se nutren de agua el río Algar y el Girona.

Cinco siglos de dominio musulmán han dejado una huella imborrable. El último tramo nos sube al Fuerte de Bernia, construido en 1562 durante el reinado de Felipe II, declarado Bien de Interés Cultural. Semicubierto por la maleza, se encuentra a 300 metros de la cima, una cresta caliza surcada de aristas, cortados y espolones.

La fortificación se edificó para controlar y sofocar las revueltas de la población morisca, mayoritaria en estas sierras. En 1609, tras la expulsión de los moriscos, el fuerte se abandonó.

Al castillo lo protegía un foso de ocho metros de altura y doce de ancho. La muralla exterior era el primer elemento defensivo y rodeaba la fortaleza. Se hizo de forma que pudiera ser recorrida por encima, con un muro un poco más alto en su parte exterior que protegía al centinela que se ocupaba de la ronda, quedando a la vista sólo la cabeza del guardián.

La muralla, al igual que los bastiones, se construyó aprovechando el relieve y hasta cortando la roca. No obstante, la muralla debió ser un punto débil considerable, ya que debido al pronunciado desnivel del terreno, en la parte norte, la parte alta de la muralla quedaba, aproximadamente, a nivel del suelo y por tanto, el acceso desde el exterior era muy fácil. Este problema pudo contribuir a su rápida demolición y abandono.

Mientras gozábamos de tan idílico paisaje, una veintena de buitres leonados sobrevolaron el fuerte y se posaron en el picacho más alto. A primeros de noviembre, puntuales, buitres jóvenes procedentes de Aragón cruzan el Estrecho de Gibraltar en busca de territorios más cálidos, fieles a la etapa de dispersión juvenil.








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