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La cara oculta de los cultivos energéticos

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PENURIA. África también podría sufrir las consecuencias. / LV

Sesenta millones de personas podrían verse expulsadas del campo para dar cabida a la producción de materias primas para biocombustibles

LA VERDAD


E l etanol es el aditivo más eficaz para reducir la contaminación que genera un motor de gasolina. Para producir cinco litros de bioetanol -los que se usan cuando se llena el depósito con gasolina mezclada- se precisan 230 kilos de maíz, una cantidad que alimentaría a un niño pequeño (con papillas) durante un año. Eso sin contar con que, por ejemplo, el precio del maíz mexicano se multiplica por nueve cuando se destina como materia prima para biocombustibles en EE UU. Por otro lado, con lo que gastaría al año un automóvil que emplee únicamente biodiesel -extraído de semillas oleaginosas o palmas- se podría enriquecer con aceite vegetal la dieta de medio centenar de personas durante ese mismo periodo.

Son dos aspectos que ponen de manifiesto un nuevo dilema. Si antes era tanques o mantequilla, ahora es aire algo más limpio o hambre. Oxfam Internacional denuncia que los planes de la Unión Europea para incrementar el uso de biocombustibles entre los Estados miembros pueden tener «consecuencias muy negativas para algunos de los países más pobres del planeta». La organización afirma que más de 60 millones de personas podrían ser expulsadas de sus tierras para crear grandes latifundios de cultivos energéticos. Los datos son claros: si se quisiera sustituir sólo el 5% del consumo mundial de petróleo y gas, habría que sacrificar el 20% de la superficie agrícola total de cultivos y pastos.

El relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, Jean Ziegler, ya ha pedido que se aplique una moratoria de cinco años a la producción de biocombustibles «debido a que está contribuyendo a aumentar el hambre en el mundo al usar cada vez más tierras de cultivo».

Para reducir las emisiones de gases contaminantes, la Unión Europea se ha fijado como objetivo que en 2020, el 10% del carburante que utilizan para transporte los países miembros proceda de biocombustibles. Si se cumple la meta, la demanda de fuentes energéticas realizadas a partir de cultivos como el maíz, el trigo y la caña de azúcar (para hacer bioetanol) o el aceite de girasol o palma (para hacer biodiesel) se multiplicará por diez.

El problema, explica Oxfam, reside en las prisas de grandes compañías y de gobiernos como el de Indonesia, Colombia, Brasil, Tanzania y Malasia «por conseguir un trozo de la tarta».

Esta prisa amenaza, según la organización, con desplazar a poblaciones pobres de sus tierras y destruir sus modos de vida; incrementa el riesgo de explotación de trabajadores y pone en duda la capacidad de estas poblaciones de producir o tener acceso a alimentos.

En suburbios

Así, dentro de veinte años, 5,6 millones de kilómetros cuadrados de tierra (diez veces la superficie de Francia) podrían destinarse ya a biocombustibles en India, Brasil, Sudáfrica e Indonesia, con el consecuente desplazamiento poblacional que supondría, explica Oxfam. «Muchas de estas personas acaban en suburbios a la búsqueda de trabajo, otros en las mismas plantaciones que los han desplazado con salarios muy bajos, condiciones miserables y sin derechos laborales. Se discrimina por sistema a las mujeres trabajadoras y a menudo se les paga menos que a los hombres», denuncia la organización.

Según el portavoz de Oxfam Internacional Robert Bailey, «es inaceptable que la gente pobre en los países en desarrollo deban pagar el coste de los intentos dudosos para reducir las emisiones en Europa, ya que, en la escalada por suministrar biocombustibles a este continente y al resto del mundo, los pequeños arrendatarios están siendo arrollados para conformar grandes y tecnificadas plantaciones».

La organización considera que los biocombustibles deben contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero señala la necesidad de contemplar el impacto humano y medio ambiental que tendrá su implantación. Por ello, demandan a la UE «salvaguardas para garantizar que se protegen los derechos y los modos de vida de la gente en los países productores».

Además, Oxfam advierte que los carburantes de origen vegetal no son la panacea, porque incluso si la UE es capaz de alcanzar el objetivo del 10% de manera sostenible, «esto sólo recortará un pequeño porcentaje de las emisiones de carbono de un crecimiento total continuado».

«El uso de los biocombustibles debería ayudar a reducir la pobreza creando puestos de trabajo y mercados para los pequeños productores del Sur, y suministrando energía renovable barata para uso local. Sin embargo, las enormes plantaciones que están surgiendo para suministrar energía a EE UU y la UE suponen más amenazas que oportunidades para los países pobres», asevera Robert Bailey.

El rendimiento energético de los cultivos destinados a los biocombustibles es bajo o en relación con la aportación energética necesaria para su obtención. Para obtener una caloría en estos cultivos hay que aportar como mínimo 0,7 calorías y, a medida que el cultivo se hace más intensivo, más de una caloría.

‘Pinchazo’ en España

Aunque este rendimiento energético sea negativo no implica que no sea un buen negocio para otros, cuando se juega con costes sociales que no se imputan en los costes que afectan al rendimiento, como la sobreexplotación de tierras, expropiaciones, expulsión de arrendatarios, créditos blandos, subvenciones, ventajas fiscales, etcétera.

Mientras tanto, en España los cultivos energéticos están heridos de muerte. La obsesión por acaparar grano para los biocombustibles ha provocado escasez de cereal y semillas oleaginosas para fabricar piensos. Así, el precio de estas materias se ha disparado y ya no compensa dedicarse a la producción energética, ni con subvención. Este año, la superficie de cultivo de girasol y cebada para la producción energética ha caído un 15,2%.

Lo que no era rentable hace dos años, ahora es una mina y los agricultores han cambiado de objetivo. Frente a una superficie en 2006 de 216.000 hectáreas de cultivos energéticos, en 2007 la cifra bajó hasta poco más de 183.000 hectáreas de las que 135.600 correspondieron a girasol y poco más de 35.000 a cebada.

Menos subvención

A esta situación negativa para los agricultores que optaron por los cultivos energéticos, se suma el rebasamiento de la cuota comunitaria de dos millones de hectáreas a tres millones, lo que se traducirá en una rebaja de la ayuda de 45 a sólo 30 euros por hectárea.

Y es que la Comisión Europea ha decidido reducir la ayuda para los cultivos energéticos al haber superado la superficie subvencionable, establecida en dos millones de hectáreas. Además, se plantea anularla total y definitivamente en la próxima campaña.

Los cultivos energéticos se contemplaban hasta hace poco tiempo como una alternativa interesante para los agricultores de secano a la hora de mejorar sus ingresos.

Fruto de esa política, empresas de biocombustibles y agricultores suscribieron contratos para la producción de estas materias primas a unos precios ligeramente superiores a las cotizaciones habidas en los últimos años en los mercados. En esa línea, se suscribieron contratos a entre 22 y 23 céntimos para el kilo de pipa de girasol o a 12 céntimos para la cebada. A esa cifra, los agricultores sumaban la compensación comunitaria de 45 euros por hectárea. Esa situación ha sido pulverizada por la evolución alcista de los mercados de las materias primas en los últimos meses, ante el riesgo de desabastecimiento de las fábricas de piensos y harinas. Frente a los ingresos fijados en los contratos para la entrega las empresas de biocombustibles, los del mercado prácticamente se han doblado.

Ante esta situación y ante la perspectiva de menos subvención, muchos agricultores se han planteado la posibilidad de incumplir esos contratos y comercializar la pipa o el cereal en el mercado para consumo.

Los precios elevados de los cereales para la obtención de bioetanol ya se ha traducido en los últimos tiempos en una paralización de la actividad industrial en algunas plantas ante la imposibilidad de lograr un producto competitivo en estas circunstancias de los mercados. Una situación similar se repite con los precios del girasol, la soja o la colza para las plantas de biodiesel.



 


 
 
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