Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



Las ‘ventanas’ de la sierra de Albatera

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SIERRA DE ALBATERA. Un cernícalo vuela sobre la sierra buscando sustento en un espacio árido y descarnado, con la salvedad de plantas arbustivas y pinos carrascos

En estas tierras de sol y canteras, las areniscas del mioceno son víctimas de la erosión eólica

El aterrazamiento de cabezos y la repoblación de matorral autóctono va a devolver el verdor de antaño

TEXTOS Y FOTOS: JOSÉ MARÍA GALIANA


En el umbral de la Sierra de Albatera salen al paso campos de higueras, tierras margas, bancales de cítricos, olivos seculares, granados, algarrobos y alguna mancha de pinar.

En tiempos de moriscos, Albatera tenía 320 vecinos, y 600 a finales del siglo XVIII, «todos labradores y aplicados al trabajo». Dejó constancia de ello el botánico Cavanilles, autor de Observaciones sobre la historia natural, geografía, población y frutos, un libro ineludible: «Cultivan con esmero el secano destinado a granos, y plantado de multitud de higueras; y con mayor cuidado las 1.572 tahúllas de huerta, bien plantada de frutales, algunas moreras, y buen número de olivos que riegan dos veces al año. A estos riegos se deben las cosechas de aceite, a pesar de haberse criado allí los olivos sin rastro de educación, conservando pendones y mucha leña inútil».

Dos siglos después perduran los campos de higueras, pero la leña brilla por su ausencia. Hay que cruzar el canal del Taibilla y enfrentarse a un paisaje seco y desolado, salpicado de canteras y surcado de ramblas saladas, canalones y senderos pedregosos, tierras de secano, solitarias y silenciosas alteradas por los estampidos de los cazadores y el estruendo de los adictos al motocross que levantan nubes de polvo y nos roban la paz.

A pesar de los pesares hay que agradecer a la Unión Europea y a la Consellería de Medio Ambiente la financiación del proyecto de restauración ambiental y lucha contra la desertificación en la cuenca del río Segura, que ha supuesto el aterrazamiento de cabezos y la repoblación de matorral autóctono: rabo de gato, cantueso, acebuche, enebro, albardín, romero, espino negro, tomillo, esparto, uvas de pastor, etc., lo que va a devolver el verdor de otros tiempo e incentiva la preencia de mariposas tan populares como los caballitos del diablo.

Alfonso Jaime El Bardudo, legendario bandolero, conocía estas sierras como la palma de la mano. Agricultor y ganadero, nació en Crevillente en 1783, mató a un hombre en defensa propia, logró escaparse de la prisión y se unió a la banda de los Mojica. Las sierras próximas a Jumilla, Abanilla y Albatera fueron durante el primer cuarto del siglo XIX el escenario de sus correrías. Se enfrentó a los franceses en la Guerra de la Independencia, regresó a su hogar y cometió nuevos desafueros.

Viento entre las rocas

Enemigo de los liberales, se convirtió en héroe al proclamarse rey absoluto de Fernando VII. Juzgado otra vez por nuevas tropelías, en el verano de 1824 murió ahorcado en la plaza de Santo Domingo de la ciudad de Murcia; su cuerpo fue descuartizado y sus restos repartidos en tres jaulas de hierro que fueron llevadas a las poblaciones de Fortuna, Jumilla y Abanilla.

En tan descarnado escenario, el viento ha horadado una cresta de areniscas del Mioceno, dejando a la vista cavidades y amplios agujeros a los que la voz popular conoce por las «ventanas» de Albatera, paraje integrado en la sierra del mismo nombre que tiene una extensión de veinte hectáreas y cuatrocientos metros de altura, una fantasía geológica tallada por la erosión eólica.

A veces, en las noches de invierno, el viento silba entre las rocas perforadas, algún animal oculto aúlla y su sonido se agranda a lo largo del cauce de rambla Salada.

Cabe precisar que «las ventanas» no es un espacio de alto valor pero tiene cierto encanto por la singularidad del efecto geológico, el alto grado de desertización, su repoblación y la facilidad del acceso, dado que puede llegar en automÓvil.

La sierra de Albatera está al norte de la ciudad. Forma parte de las cordilleras béticas y sus cimas más importantes son las de San Cayetano (817 metros), donde confluyen los municipios del Hondón de las Nieves, Crevillente y Albatera; el cabezo Negro (518 metros) y el monte Alto (662 metros), vértice geodésico de tercer orden.

Al regreso vimos grandes extensiones de cítricos, un zampullín chico chapuzándose en un embalse, y cruzamos una rambla de enormes proporciones en cuyo lecho había restos de un automóvil incendiado, numerosas bolsas de basuras, colchonetas, una moto calcinada y cuerpos de sofás desvencijados.

Cruzamos nuevamente los campos de higueras, y al acercarnos a la carretera general, nos sorprendió un águila pescadora oteando el horizonte. Devoradora de mújoles, carpas y anguilas, debía venir de El Hondo, parque natural de Elche desde 1988 que figura en los listados del convenio de Ramsar y es zona de protección para las aves, y aunque la observamos durante buen tiempo no se inmutó y siguió mirando el paisaje desde una farola.

Verdean la sierra las plantas arbustivas, el pino carrasco y el piñonero. Por lo que concierne a la fauna, el grupo de las aves es el más valorado, no en vano aquí anida el águila perdicera, el búho real, el gavilán, el halcón peregrino, el mochuelo, la lechuza, sobresaliendo de la avifauna, la presencia del jilguero y la abubilla.

Los reptiles viven a sus anchas en este espacio sediento, como el lagarto ocelado, la culebra de escalera y la bastarda, sin olvidar la lagartija colilarga y la colirroja. En tierra de cazadores no faltan mamíferos como el conejo, el zorro y el gato montés.



 


 
 
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