Bancales de olivos, limoneros, robles centenarios, una brisa acariciadora y el mar Mediterráneo son encantos más que suficientes para sucumbir al lugar. Si a todo ello se le añade el aroma de los jazmines, el colorido de las flores y una arquitectura que se funde con el entorno, se comprende que una pequeña aldea como Deià, a solo 30 kilómetros de Palma de Mallorca, haya atraído a tanto foráneo.Uno de los pioneros fue el célebre escritor británico Robert Graves, quien siempre consideró que este rincón mallorquín es lo más cercano al paraíso. Llegó por primera vez en 1929, año en que publicó su autobiografía «Adiós a todo esto», obra que le costó algún que otro disgusto en su Inglaterra natal. El estallido de la guerra civil en 1936 le obligó a salir de Mallorca. Un abandono físico, que no espiritual, ya que Deià había conquistado su corazón ofreciéndole una forma de vida fresca y natural, un clima benigno y una gastronomía genuina. En 1946, Graves volvió a esa aldea que ya consideraba su lugar en el mundo, y allí construyó un hogar que lo sería para el resto de sus días. El autor de Yo Claudio adquirió la rutina de escribir seis horas diarias, darse sus buenos paseos por el campo, bajar a las calas a nadar e ir de vinos a las tabernas del pueblo. Hoy, en el cementerio de Deià, rodeado de olivos y flores, descansan sus restos.
El antropólogo William Waldren también se enamoró de Deià y fundó allí el Museo Antropológico. Se dedicó a estudiar en profundidad la trayectoria de un curioso ejemplar entre antílope y gacela, el Myotragus Balearicus, oriundo de la zona, que sobrevivió a las glaciaciones hasta la llegada de los humanos 6.000 años antes de Cristo.
Con el paso de los años, la belleza del pueblecito, su situación estratégica entre mar y montaña y sus diversos encantos han seguido atrayendo a gentes diversas, sobre todo artistas británicos. Una importante colección de arte contemporáneo de estos pintores cubre las paredes del hotel La Residencia, que es frecuentado por numerosas personalidades del cine (Sean Connery y Michael Douglas son muy asiduos), la política, la aristocracia y las artes en general.
Deià está situada en la costa noroeste de Mallorca, a pocos kilómetros de Valldemossa, entre los montes de La Tramontana y el Mediterráneo. Su único enlace con el resto de la isla es por carreteras pequeñas, lo que no deja de ser una ventaja para mantener la pureza de su entorno. Sus casas, construidas con el mismo empedrado amarillento de los bancales, se enfilan siguiendo la ladera del monte; y en lo alto se alza la iglesia con su cementerio.
Frente al pueblo se encuentran las antiguas casas señoriales que hoy componen La Residencia: «Son Moragues» y «Son Canals», edificios de los siglos XVI y XVII, respectivamente, que, con sus propias almazaras para el aceite de oliva, se convirtieron en hotel en 1984. Más tarde se le añadió «Son Fons I», del siglo XV, y «Son Fons II», de nueva construcción.
El Orient Express adquirió el hotel en 2002. Hoy se presenta como un canto al color y al bienestar. Color, el de las flores, los frutales, la huerta y los olivos que llenan los jardines, de los que el hotel se sirve para tener su fruta y verduras frescas y confeccionar su propio aceite. Color, el de la magnífica colección de arte de la que es responsable el activo pintor y galerista estadounidense Georges Sheridan, director de la Galería de Arte «Sa Tafona».
La fusión del arte y naturaleza parece haber encontrado su residencia en Deià. En cada rincón del pueblo creemos percibir el recuerdo de Graves. Pero para los peregrinos que deseen acercarse al genial escritor es ineludible la visita a la Fundación Graves, instalada en la casa del autor, «Can N'Alluny», construida con piedra mallorquina y rodeada de limoneros, olivos, hibiscus... y el azul mediterráneo en la lejanía. En el interior, el escritorio del autor y cuanto puedan esperar los fetichistas de su obra.
El visitante puede pasear por el camino de montaña que va de Deià a Soller. Tres horas de andadura durante las cuales la naturaleza ofrece bellas muestras de su arte natural; los troncos de los olivos esculpidos por el viento y el sol, la peculiar arquitectura de las terrazas escalonadas, el luminoso color de las buganvillas que adornan el sendero, la curiosa forma de los pinares que se inclinan para reverenciar al Mediterráneo...
Valldemossa y su Cartuja
A apenas once kilómetros de Deià está Valldemossa y su famosa Cartuja, donde moraron los monjes desde 1399 hasta su exclaustración en 1835. Después, la cartuja se secularizó y sus celdas se convirtieron en propiedades privadas que también acogieron a ilustres personajes. Chopin pasó allí el invierno de 1838 a 1839 en compañía de la escritora George Sand. En la cartuja ella encontró inspiración para escribir «Un invierno en Mallorca», y él compuso algunos de sus preludios y polonesas más famosos. Casi a diario se celebra en la Cartuja algún concierto de piano en recuerdo de Chopin. La Fundación Coll Bardolet siempre tiene alguna exposición interesante. Y desde luego es todo un arte la horchata de almendra de los cafés callejeros.
De regreso a Deià es el momento de degustar la exquisita gastronomía del restaurante «El Olivo», también en «La Residencia». La entrada a lo que antes era la almazara de la «Posesión Son Moragues» está alumbrada con velones cubiertos de estalactitas de cera que crean una escenario fantasmagórico con la iglesia al fondo. Nos llaman la atención las vistas de Deià a través de los ventanales, pero no menos impone el impresionante retrato de Robert Graves, obra de David Templeton.
Como una especie de dios griego, el escritor se alza en un podium con la luna alumbrándole el semblante. Hacia el imponente retrato se sienten irremediablemente galvanizados los comensales que de vez en cuando levantan la vista de su deliciosa crema de bogavante, de la dorada al horno o del aceite de oliva macerado con hibiscos y pepitas de oliva.
Y si lo que se quiere es relax, se puede optar por un baño climatizado en la piscina interior del spa, uno natural en la exterior o bajar a la cala del hotel que se divisa desde las nuevas villas de lujo con piscina privada que se han incorporado desde el año 2002.
También se puede esperar a la siesta y disfrutar del masaje citrus siesta con un desfoliante a base de pepitas trituradas de aceituna con aceite de oliva, y una hidratación con aceites de cítricos. O escuchar música en la Sala Albeniz, en el Steinway que tras una restauración se inauguró en 1987, cien años después que el compositor lo tocara por primera vez.