Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



Pájaros ‘surferos’ en las autopistas del viento

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INVESTIGADA. Una pardela cenicienta en pleno vuelo. / LA VERDAD

Ornitólogos españoles demuestran que las aves migratorias siguen como rutas las corrientes de aire que supongan menos esfuerzo a la hora de volar

S. BASCO


Las más de 30.000 parejas de pardelas cenicientas que nidifican en distintos parajes de las Canarias, o de las Azores o Cabo Verde, sienten cada año, un día de noviembre, la llamada biológica que las impulsa a levantar el vuelo y abandonar sus cuarteles de verano rumbo a sus lugares de invernada habituales en las costas de Suráfrica y Namibia.

Es un trayecto de 8.000 kilómetros en línea recta, pero las pardelas recorren en realidad más de 11.000. Lejos de escoger la ruta más corta entre dos puntos, vuelan en dirección suroeste hasta rozar las costas de Brasil. Y allí, casi en la vertical de Recife o Salvador de Bahía, giran hacia la izquierda más de 90 grados, en dirección este-sureste, hasta su destino final en las playas de Lüderitz, en Namibia, o los arrecifes de Saldanha o Ciudad del Cabo, en la República de Suráfrica. Son más de 3.000 kilómetros extra que han mantenido pensativos a los ornitólogos expertos en migraciones.

Las respuestas al por qué, cómo y cuándo de esta sorprendente ruta migratoria las han hallado tres científicos españoles: Ángel Felicísimo, de la Universidad de Extremadura; Jesús Muñoz, del Real Jardín Botánico (CSIC), y Jacob González-Solís, de la Universidad de Barcelona.

Las pardelas transitan en su gran ruta por autopistas de viento que siguen un trazado muy preciso, a las que sólo pueden acceder a través de puertas espacio-temporales muy concretas, que se abren en un determinado emplazamiento y en unos días marcados por las condiciones meteorológicas.

Además, estas aves pelágicas realmente no vuelan, ni planean, sino que surfean en el viento empujado por el oleaje en la superficie del océano. Estas son las principales conclusiones de su investigación. Jesús Muñoz, botánico del CSIC, explica que la elección de la pardela cenicienta «responde a que se trata de una de las aves migratorias cuyas costumbres son mejor conocidas».

Después de colocar un geolocalizador a medio centenar de estas aves -de los que sólo transmitieron datos relevantes apenas una quincena-, los científicos procedieron a «adivinar» de antemano qué rutas seguirían.

Para ello, trazaron cerca de diez mil posibles rutas de forma aleatoria entre las Canarias y Suráfrica, de las que escogieron aquellas que supondrían un menor coste energético para las pardelas en su migración.

Este no es un asunto baladí, por cuanto que la pardela -calonectris diomedea- pesa apenas 800 gramos y puede perder casi la mitad de su peso aun migrando en las condiciones más favorables. En caso contrario, simplemente perecería en el camino.

Por medio de la base de datos sobre vientos oceánicos de superficie que proporciona el «escaterómetro» (radar de microondas) SeaWinds, montado en el satélite QuikSCAT de la Nasa, los científicos evaluaron el coste energético que supondría el viaje para las aves por cada una de las rutas y a diferentes altitudes.

Lo hicieron a partir de un modelo matemático que calcula la impedancia -fuerza o energía necesaria para vencer la fricción al desplazarse a través de un fluido-, que resulta guardar una relación inversamente proporcional con la velocidad del viento, y directamente proporcional con el «azimut» o desviación angular entre la dirección del viento y la posición del ave.

Una vez que las pardelas levantaron el vuelo a mediados de noviembre, siguieron al milímetro la autopista de viento predicha por los científicos. «Suponía 3.000 kilómetros suplementarios, pero era la ruta con menor coste energético para las aves», afirmó Muñoz.

¿Por qué en esos días y no dos semanas antes, o después? Los instrumentos del satélite QuikSCAT dieron de nuevo la respuesta al analizar los vientos en la franja ecuatorial del Atlántico.

Durante el mes de septiembre, por ejemplo, toda la franja ecuatorial presentaba vientos contrarios o vientos inexistentes. Era una puerta cerrada a la autopista que las pardelas no podían franquear.

Analizados el pasado 15 de noviembre, dichos vientos soplaban en la dirección y con la intensidad más favorables. La puerta temporal se había abierto. Y las aves lo sabían.

Muñoz indica que, una vez demostrado matemáticamente cómo el viento condiciona las grandes migraciones en su trazado y calendario, «ahora estudiamos estos mismos procesos en el Atlántico Norte, con varias rutas entre Florida, Groenlandia, Islandia, Escocia, Galicia, Gibraltar...

Y no sólo para conocer en detalle las rutas migratorias de las aves, sino para descifrar también las vías de transferencia de especies vegetales invasoras a través de pólenes, esporas, musgos, líquenes, y lo que puede ser más importante: las rutas y las épocas del año en que puede producirse la transmisión de virus y agentes patógenos en general». Los virus también vuelan en las autopistas de viento.

Forzadas a moverse

Por otro lado, cuatro ornitólogos británicos -B. Huntley, R. Green, Y. Collingham y S.Willis- vaticinan en el primer Atlas Climático de las Aves de Europa que el calentamiento global obligará a buena parte de la avifauna europea a desplazarse hacia otras latitudes, más al Noreste, en busca de temperaturas idóneas. Las aves españolas están entre las más vulnerables del continente.

El calor y las alteraciones en el ciclo reproductivo de insectos y plantas forzarán a muchas especies típicas del centro y sur de Europa a buscar nuevo hogar y desplazarse una media de unos unos 550 kilómetros al noreste. Francia se beneficiaría así del desplazamiento de numerosas especies españolas.

A su vez, la Península Ibérica sufrirá invasiones de especies norteafricanas que ya hoy se dejan ver, como el busardo moro, la perdiz chukar o el gorrión moruno.

Para España, el país con mayor biodiversidad avícola de Europa, el saldo entre incorporaciones y pérdida de especies será muy negativo, dicen los expertos.

Las diez aves más amenazadas por el calentamiento planetario anidan casi todas aquí, caso del estornino negro, el rabilargo, el verderón serrano o la curruca balear. A otras especies al borde de la extinción por distintos factores, las alteraciones climáticas les pueden dar la puntilla. Es el caso de la perdiz nival o lagópodo alpino, del papamoscas cerrojillo, de la alondra ricotí. En apenas décadas, el urogallo dejará de cantar en los bosques atlánticos y se refugiará en dominios boreales, la taiga escandinava y rusa. El águila imperial ibérica, gloria del bosque mediterráneo, podría desaparecer, lo mismo que la avutarda, acosadas ambas de antemano por la presión humana sobre sus hábitats.








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