Las aves están de enhorabuena. Tras años de discusión, se ha aprobado un decreto, elaborado en la legislatura anterior, que obliga a tomar medidas para reducir los riesgos de electrocución y colisión en los tendidos eléctricos de alta tensión, tanto nuevos como en las ampliaciones y modificaciones de los ya existentes que se encuentren en zonas de protección para la avifauna. Para las instalaciones ya existentes sólo serán obligatorias las medidas contra la electrocución, también en zonas de protección.Una limitación, la de las zonas de protección, como pueden ser las Zepas (Zonas de Especial Protección para las Aves) o las áreas prioritarias de reproducción, alimentación, dispersión y concentración de aquellas especies incluidas en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas o catálogos autonómicos, que ha llevado a que las organizaciones ecologistas hablen de que no se trata de «una solución definitiva», aunque sí consideran que se ha dado «un paso muy importante».
Y es que la electrocución en los tendidos eléctricos es la primera causa de mortalidad no natural de muchas especies amenazadas. Según datos del Ministerio de Medio Ambiente, se estima que varias decenas de miles de aves mueren cada año en España por electrocución o colisión con estas infraestructuras. Las organizaciones ambientalistas llevan esta cifra hasta los centenares de miles, mientras que desde la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife) -que lleva años presionando para conseguir esta normativa y ha logrado ya que algunas eléctricas modifiquen sus tendidos en zonas especialmente conflictivas-, su director de conservación, Juan Carlos Atienza, apunta a que el número de aves muertas en estas penosas circunstancias está entre 1 y 1,7 millones cada año. Unos números que no están muy lejos de lo que ocurre en otros países de nuestro entorno. Así, en Francia, explica Atienza, mueren por esta causa 1 millón de aves cada año y en Holanda, 900.000.
Las aves no entienden de fronteras políticas, pero mucho menos de fronteras en el paisaje. Y si bien es cierto que mueren más aves por colisión, al chocar con esas estructuras y esos cables que se despliegan por kilómetros y kilómetros sin previo aviso para ellas, y menos por electrocución, tampoco hay que pasar por alto que aquellas que mueren tras recibir una descarga son precisamente las especies más importantes, por emblemáticas y en la mayoría de los casos por su alto grado de amenaza.
Esto es así, simplemente, por su tamaño, que provoca que sea «mucho más fácil tocar estas estructuras con un ala, o bien es la presa que llevan en sus garras la que roza», explica Atienza.
A veces, basta con que haya mucha humedad en el ambiente, para que el corrientazo se produzca sin que haya el más mínimo roce, antes de que el ejemplar entre en barrena.
Aunque algunas comunidades autónomas tenían ya órdenes para ir adecuando los nuevos tendidos, lo más importante de la nueva norma es que «también obliga a modificar los antiguos y que es la Administración la que pone el dinero para hacerlo», dice Atienza.
En este sentido, se establece una línea de ayudas que financiará en su totalidad la modificación de estos tendidos, para lo que Medio Ambiente calcula una inversión de unos 45 millones de euros. Desde SEO también duplican esta cifra, «que puede parecer alta -dice Atienza-, pero no es tanto si se tiene en cuenta el problema de conservación que representa».
Sirva como ejemplo algunas de las cifras que aporta Atienza sobre la incidencia de la colisión en las poblaciones de aves. En la Península, sólo en un tramo de 16 kilómetros de tendidos en Extremadura entre 1991 y 1993 se encontraron 52 aves muertas (entre ellas, 16 avutardas comunes, 10 ejemplares de sisón común y 8 grullas comunes). Una media estimada de colisión en 100 kilómetros de tendidos arrojó un valor de 2,95 aves por kilómetro al año, siendo las grullas y las aves esteparias las especies protegidas más afectadas en general.
Mejor conocidos son los efectos de la electrocución, que afecta en su mayoría a especies amenazadas y particularmente a las aves rapaces. Los postes peligrosos producen una gran mortalidad de grandes águilas, entre otras especies, de tal forma que en diez años se contabilizaron por ejemplo 200 muertes de águila-azor perdicera, suponiendo el 65% de mortalidad no natural en Cataluña durante la década de los noventa, región donde se pierden cada año entre una y tres parejas.
Al águila imperial ibérica no le va desde luego mucho mejor, constituyéndose la electrocución como primera causa de mortalidad (52%) en toda España entre 1999 y 2004. Los datos más recientes indican que desde noviembre de 2004 se han registrado 35 águilas imperiales electrocutadas.
La electrocución también podría estar detrás del tremendo declive del milano real en nuestro país, sumando sus efectos a los del veneno. En diez años, explica Atienza, se ha perdido la mitad de su población. Hay que tener en cuenta que en nuestro país nidifica el 20% de la población mundial de esta especie y pasa el invierno el 90%.