AÉREO. El metrocable comunica el centro con los barrios de las laderas. / SERGIO EGUÍA
Medellín, la urbe que fue feudo de los narcos colombianos en los 90, se ha beneficiado de la paz para convertirse en uno de los destinos turísticos del país
SERGIO EGUÍA
El año pasado unas 620 personas fueron asesinadas en Medellín, la mayoría por arma de fuego. Sin embargo, poco se parece hoy la capital del departamento colombiano de Antioquía a la ciudad sin ley regida por el narco Escobar a finales del siglo XX. Entonces, la media de homicidios superaba los 4.000. Medellín vive un renacimiento cívico y cultural, al que todavía le queda mucho camino por recorrer, pero que comienza a situarla como referente de quienes sueñan que un mundo mejor es posible. Situada a 400 kilómetros al noroeste de Bogotá, la «ciudad de la eterna primavera», se encuentra a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar en plena cordillera de los Andes, lo que no impide que su temperatura media sea de 22,5 grados centígrados y rara vez caiga por debajo de los diez.
Además, está muy bien comunicada, posee dos aeropuertos, el único metro de Colombia (sin un sólo tramo soterrado), un servicio de metrocable (cabinas aéreas que conectan los sectores más populares) y es relativamente fácil orientarse gracias a su estructura de calles y carreras numeradas al estilo estadounidense. Las calles son aquellas dispuestas de norte a sur siendo la número uno la más meridional, mientras que las carreras discurren de oeste a este. Las de gran importancia reciben el nombre de avenidas; como la de Carlos Gardel, muerto en Medellín en accidente de avión, en 1935.
Pero lo más impresionante de la ciudad son sin duda los espacios públicos creados entorno a sus centros académicos, museos y bibliotecas. Paradójicamente, la urbe mundialmente conocida por sus problemas de marginalidad cuenta con 130.000 estudiantes superiores y treinta centros universitarios, veinte bibliotecas públicas, cincuenta museos y 28 salas de teatro. El turismo actual, en esta ciudad latinoamericana se basa en presentarla como un espacio renovado y novedoso, productivo, amable y de grato recuerdo para el visitante.
Una estrategia, salvando las distancias, no muy diferente a la seguida por la villa de Bilbao con la que Medellín está hermanada. «Durante todo el siglo XX, la urbe se consideraba estrictamente industrial y los medios internacionales de comunicación, especialmente los estadounidenses y europeos la llegaron a catalogar como la ciudad más violenta del mundo, pero Medellín inicia el siglo XXI con muy diferentes perspectivas: índices de violencia por debajo del promedio nortemericano, inmensa cultura y una perspectiva cosmopolita», aseguran los responsables municipales. Como consecuencia, la capital antioqueña es el tercer destino más visitado por extranjeros en Colombia, tras Bogotá y Cartagena de Indias
Una buena forma de hacerse una idea del desarrollo alcanzado por el pequeño poblado fundado por conquistadores españoles es subir a una de las colinas que rodean la ciudad. El de Cerro Nutibara, por ejemplo, además de ofrecer una panorámica excelente replica una aldea paisa, el típico pueblo antioqueño.
La cultura paisa se distingue por su religiosidad, lo que hace de las iglesias otro punto de referencia. Así, la Catedral Metropolitana construida en 1877; y las iglesias de Veracruz, San Ignacio, San José y San José del Poblado, son hermosos lugares donde se aúnan arte e historia.
Para quienes busquen un relax más sofisticado, el Parque de los Pies Descalzos, inspirado en la filosofía oriental, les permitirá abstraerse del bullicio entre bosques de bambú. La lista de lugares de interés es interminable por lo que el metrocable o teleférico urbano, inaugurado en 2004, no deja de ser una alternativa a las interminables caminatas.
Medellín mira al futuro y la apretada agenda de actos con proyección internacional, entre ellos los Juegos Sudamericanos de 2010, demuestra que la ciudad lucha por olvidar el tiempo en que fue feudo de Pablo Escobar, abatido por la Policía durante su detención en 1993. «La educación es la clave», explica su alcalde, Sergio Fajardo, responsable en gran medida del cambio. Doctor en matemáticas y colaborador de los medios de comunicación, hasta su victoria en las municipales de 2004, al frente de una asociación independiente, era más conocido por su labor académica que política. A sus 50 años, algunos analistas le postulan para la presidencia del país y no deja de ganar adeptos por su insistencia en sacar a la luz las conexiones entre la política y los paramilitares.