VIAJES
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Egipto empieza y acaba en el Nilo
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| ABU SIMBEL. El templo de Ramsés II, que fue trasladado piedra a piedra para evitar que fuera cubierto por las aguas del Lago Nasser. / ORCHE |
El turismo, fascinado por los monumentos faraónicos, sigue en alza en dicho país, pese a la amenaza terroristaDe media docena de barcos-hotel transitando por el gran río hace quince años se ha pasado a más de trescientos
LUIS ORCHE
Pese a la amenaza terrorista latente, lo cierto es que los turistas siguen acudiendo a Egipto (8 millones en 2005, de ellos 150.000 españoles) y obligando a los responsables del sector a no cejar en su propósito de ofrecer más y mejores servicios. No en vano, actualmente, el sector turístico aporta al PIB el 20%. Su intención es duplicar las cifras de visitantes en 8 ó 10 años. Y todo apunta a que pueden conseguirlo. Un día del pasado abril, en Luxor, según el guía, aterrizaron en su aeropuerto 56 aviones procedentes de España.Egipto es un país de contrastes. Lo primero, el paisaje, verde y cultivado en los márgenes del Nilo y desértico el resto. Todo ello, sin transiciones. En un palmo se pasa de los palmerales exuberantes a las tierras ocres y yermas. Es una sensación contundente, sin medias tintas. Vergel y desierto, con el gran río como juez y parte fundamental del territorio. También llama la atención el pulso entre culturas. Por una parte, la tradicional, de raíz musulmana, más acentuada en las zonas rurales y agrícolas, donde el burro y el camello ocupan el puesto del automóvil. Y por otra, la cultura occidental, más presente en las ciudades, con profusión de coches, furgonetas, camionetas y autocares (por un euro, siete litros de gasolina), viviendas en bloques de pisos y gente vestida de forma variopinta. Hay numerosas casas de planta baja que tienen en la terraza las vigas preparadas para construir otra planta más. No es que se hayan dejado el edificio a medias, sino que el padre debe facilitar al primer hijo que se case los cimientos de su propia morada. El turista, pieza muy codiciada, se mueve allí bajo unas medidas de seguridad ostensibles, que se acentúan al ir en grupo, en los hoteles y en los monumentos más conocidos. Una prueba evidente del potencial turístico creciente son los barcos-hotel que recorren el Nilo. En 15 años se ha pasado de seis a más de trescientos, con capacidad para 150-200 personas cada uno. Es impresionante contemplarlos atracados en los puertos fluviales, como Luxor o Asuán, unos junto a otros, en filas de hasta cuatro y cinco unidades, de modo que, si te alojas en el último, para desembarcar tienes que atravesar varias naves. La estancia a bordo resulta muy agradable, por las modernas instalaciones y por la esmerada atención de los empleados, además de por la quietud de las aguas del Nilo, lo que garantiza un sueño placentero, incluso cuando se navega. Enseguida te percatas del afán del personal subalterno por hacer méritos para ganarse la propina. Llegan a gastar bromas para complacer al cliente, que, en un primer momento, puede incluso mosquearse. Y es que ya el primer día, al volver de la excursión, entras en el camarote y te encuentras con una toalla en forma de cobra sobre la cama. Al segundo, puede ser un cocodrilo y ya, después, para cambiar el signo, las toallas pueden transformarse en flor de loto y corazones. En el pasillo, al quite, suelen estar los autores, que preguntan si te ha gustado o no la ocurrencia. CRUCERO INOLVIDABLE El barco puede llevarte a lo largo del Nilo y atracar en los distintos puertos próximos a los monumentos, o, únicamente, servirte de hotel para comer y dormir, en combinación con el autocar que te traslada a los recintos culturales. Así ocurrió en nuestro caso, aunque un día también disfrutamos de una larga navegación, con la belleza de las orillas, casi siempre tupidas de palmerales y con pequeñas poblaciones costeras. Detrás, muy cerca, el desierto puro y duro, con sus frecuentes caravanas de camellos y burros. Es evidente que la vida se desarrolla en esa estrecha franja verde, donde pace el ganado (ovejas, cabras, vacas, búfalos) y se cultiva lo necesario para la alimentación, desde productos hortofrutícolas hasta cereales. Nuestro viaje empezó por el Sur (Luxor), donde está la mayor concentración de templos y tumbas. En esa ciudad están dos de los templos más famosos del recorrido, el que lleva su nombre, junto al río y dentro de la misma urbe, y el de Karnak, a tres kilómetros, que llegó a estar unido al de Luxor por la avenida de las Esfinges. De esta larga vía, únicamente quedan los comienzos, unos cien metros con las referidas esculturas. Al parecer, se pretende reconstruir la avenida para devolver a ambos parte de la hermandad existente. No obstante, los dos son auténticas joyas, el primero mejor conservado que el segundo, pero éste, el de Karnak, con las increíbles dimensiones en altura y anchura de sus columnas, que dejan al visitante embobado y empequeñecido cuando llega a su famosa sala hipóstila, formada por 134 columnas de 21 metros de altura y 3,50 de anchura. La visita al Valle de los Reyes, cerca de donde se encontraba la antigua capital Tebas, hay que hacerla temprano -salvo que se vaya en invierno- para evitar los rigores del sol. El lugar se asemeja a los escenarios escogidos para las películas de aventuras (Indiana Jones o La guerra de las galaxias) por la espectacular aridez de la zona. Allí, excavadas a los pies de las montañas están las tumbas de los faraones más conocidos (Tutmosis, Ramsés, Tutankhamón). Al otro lado de la montaña tebana está el Valle de las Reinas, con otro de los templos famosos, el de Hatshepsut. También, cerca, se encuentra la ciudad de los constructores de tumbas. Al contrario que en las pirámides, éstas mantienen en buen estado la rica decoración de paredes y techos. EL NILÓMETRO Como es sabido, la influencia de los sacerdotes fue tal que en algunos templos disponían del llamado Nilómetro, un profundo y ancho pozo, en el que podían medir cada año la altura alcanzada por las aguas del río, en base a la cual calculaban las cosechas y así los impuestos correspondientes. También, en caso de catástrofes, se podían valorar ayudas e indemnizaciones. Un corto vuelo más hacia el Sur, de Luxor a Asuán, permite ver parte de la extensión del Lago Nasser (500 kilómetros de largo), formado tras la construcción de la presa, que acabó con las inundaciones del Nilo y, por ende, con el limo que abonaba las tierras. También frenó a los cocodrilos, que se han quedado presa arriba. Este es uno de los animales que, junto con el halcón, el gato, el chacal y el león, presta su cuerpo a las deidades egipcias. Precisamente, la construcción de la presa de Asuán, realizada por ingenieros soviéticos, obligó a trasladar numerosas y, sobre todo, valiosas obras escultóricas y arquitectónicas de la antigüedad. Las más conocidas son los templos de Abu Simbel (Ramsés II y Nefertari), rescatados por la UNESCO y cuyos trabajos de reubicación duraron cuatro años. El empeño mereció la pena y, gracias a ello, pudimos asistir a otro de los grandes momentos de la visita a Egipto. Tanto su fachada, con los colosos de Ramsés II, como su interior con los grabados, colmaron nuestras expectativas. CANTANTES Y VENDEDORES Otra actividad recomendable es la navegación en falúa, velero típico del Nilo. Dada la calma de sus aguas, resulta muy agradable, porque, además, permite adentrarse por los distintos brazos del río y acercarse a las orillas, donde la flora y la fauna son otro espectáculo añadido a la impresionante belleza del caudal y el entorno. Y fue precisamente entonces cuando surgió otro contraste del país. Desde las orillas y de las pequeñas islas surgieron una especie de cajas flotantes con uno o dos tripulantes, que no pasaban de los diez años de edad, y que se dirigían hacia las falúas. Una vez junto a ellas, e identificada la nacionalidad de los pasajeros, empezaron a entonar canciones tan populares, como El porrompompero, Macarena, Aserejé y Guantanamera, para, seguidamente, pedir «euros, amigo», «euros, amigo». Los críos, de tez oscura, parecían nubios, pueblo milenario, trasladado de lugar por la construcción de la presa de Asuán. Sus jóvenes son muy demandados por su belleza y es fácil verlos en trabajos donde se exige buena presencia, como la hostelería. Lo cierto es que impresionaba verlos allí con esa endeble caja, que más parecía un pequeño ataúd que un remedo de barca. «Nadarán como peces», decían algunos mientras les daban la propina solicitada y ellos se despedían -«adiós, adiós»-, e iban hacia otra falúa. Los vendedores de mercadillo o los ambulantes son tan persistentes como pegajosos. Te ofrecen todo tipo de artículos y no admiten una simple negativa por respuesta. Insisten llamándote «amigo», «guapo», «viva Madrid» o la última frase que se han aprendido en español: «¿Qué pasa, neng?». Si al final rompes el cerco y te marchas sin comprar, alguno puede despedirte con un «españoles, tacaños». Lo cierto es que se termina comprando algo, a pesar de que la mayor parte suele adquirirse en las grandes tiendas a las que llevan los guías (esculturas, joyas, artesanía en general, esencias, y, sobre todo, papiros). LA GRAN URBE El Cairo, con sus 18 millones de habitantes, más tres que acuden a trabajar diariamente de los alrededores, es una macrourbe, que combina las zonas modernas, propias de cualquier gran capital europea, y otras - las más - muy deterioradas, con fachadas oscurecidas por la contaminación atmosférica y el viento del desierto. Entre unos y otros bloques de viviendas, repletos de aparatos de aire acondicionado y antenas de televisión, sobresalen como agujas los minaretes de las mezquitas. Y es que el 90% de la población es musulmana y el resto, cristiana copta. A las seis y media de la tarde, la voz del muecín, propagada por altavoces, llama a la oración y te recuerda dónde estás. Las medidas de seguridad se convierten en algo rutinario también en El Cairo. De hecho, están en estado de alerta desde hace 25 años, cuando fue asesinado el presidente Sadat. El área de los grandes hoteles está dotada de una vigilancia especial por parte de la policía turística, con puestos de guardia difíciles de superar sin permiso de los agentes. Y, por supuesto, en la entrada del hotel se redobla la precaución. A los turistas les miman y tratan de que se sientan seguros sin tener que molestarles nada más que lo imprescindible. De hecho, es frecuente que te saluden cuando pasas con el autocar. Éstos - los autocares - siempre van escoltados. No se nota tanta vigilancia cuando dejas el autocar y paseas por los barrios típicos de compras, como el famoso Kalili, un gran bazar, donde puedes practicar el regateo hasta la saciedad. Los taxis - la mayoría, viejos y destartalados - pitan en busca de clientes. También hay furgonetas de transporte colectivo en las que pueden viajar entre 10 y 20 pasajeros. El tráfico es muy denso y, aparentemente, desordenado, con pocos semáforos, lo que pone a prueba la agilidad y rapidez del peatón a la hora de cruzar una calle. Además, en un cruce, el semáforo en rojo no impide girar a la derecha, por lo que cuando se encuentran dos vehículos suele imponerse la ley del más fuerte o del que llega primero. EL VIEJO MUSEO El Museo Egipcio se ha quedado muy anticuado y los tesoros que guarda no pueden ser admirados como merecen por falta de espacio. Conocidas obras de arte, como las estatuas de Micerino, Kefrén, el escriba sentado y Akhenatón, e, incluso la estrella del museo, Tutankhamón (en árabe se pronuncia tutanjamón), con su valiosísimo trono, sarcófago, máscara y ajuar, multiplicarán su atracción cuando se les proporcione el recinto adecuado. Los responsables culturales pretenden solucionar esta carencia con el edificio que están construyendo junto a las Pirámides de Gizeh. Por cierto, que la visita a las grandes pirámides, junto a El Cairo, es otro de los momentos cumbre del viaje. Y de nuevo aparecen los contrastes, pues el trayecto hacia la llanura de Gizeh, donde se encuentran las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino, no es precisamente un camino de rosas. Por el contrario, la suciedad impera, con basura arrojada por el suelo y a un canal que bordea la carretera. Después, la grandiosidad y el misterio te envuelven al contemplar la imagen más conocida de Egipto y estar pisando tierra con cuatro mil años de historia. Pasas un rato entre la certeza y la incredulidad por lo que estás viendo. A las pirámides se une la esfinge, con ese semblante imperturbable tan conocido. Por la noche asistimos a un espectáculo de luz y sonido allí mismo, que contribuye a aumentar el enigma sobre estos santos lugares. La pirámide más alta es la de Keops, con 146 metros, de los que ha perdido 9 en 46 siglos. Está compuesta por 2,3 millones de bloques de piedra caliza, con un peso de 2,5 toneladas cada uno. La del hijo, Kefrén, medía 136 m, y la de Micerino, 62. De vuelta en la capital, cerca del Nilo, las parejas de jóvenes se sientan en los bancos y charlan de cerca, casi sin tocarse. La mujer suele ir vestida con atuendo oriental, mientras que el hombre se pone más pantalón y camisa. Entre los millones de conductores de El Cairo hay pocas mujeres. Por curiosidad, conté durante diez minutos y sólo anoté una. En otra ocasión, observé en un restaurante a unos comensales y vi a unas jóvenes comer cantidades exageradas. «Es que a los egipcios les gustan las mujeres algo rellenitas», explicaba el guía con una sonrisa.
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