MONUMENTAL. La catedral de Notre Dame iluminada por la noche. Al lado discurre el río Sena, la gran arteria parisina. / REMY DE LA MAUVINIERE / AP
Su riqueza monumental requiere una visita más larga que la típica escapada de puente o fin de semana
Aunque sigue siendo una ciudad cara, las aerolíneas de bajo coste dan una oportunidad al turista medio
LUIS ORCHE
París siempre merece un viaje, y, si es posible, de al menos una semana. Su oferta museística es tan rica que no se puede despachar en cuatro días. Sólo el Louvre exige dos o tres visitas para disfrutarlo. Esto, claro, en el caso de llegar por primera vez a la capital francesa. O de que se haya estado hace mucho tiempo. Treinta años, por ejemplo, tal y como le ocurría al que suscribe.
Con París casi se han agotado las definiciones y los calificativos de admiración, expresados en libros, películas y todo tipo de publicaciones. Tanto si llegas de día como de noche, cuando entras en la zona monumental recibes tal avalancha de imágenes que no sabes hacia dónde mirar. Allí todo es plural. Los museos, los palacios, las iglesias, las plazas, los jardines, las avenidas, las estatuas... Y singular, empezando, precisamente, por los museos, desde el todopoderoso Louvre a los encantadores Orsay, Rodin, Pompidou y Picasso.
La primera visita
Únicamente con los museos sería suficiente para justificar el viaje. Ir de unos a otros ya es un deleite, pues hay que cruzar el Sena, que es la columna vertebral parisina y elemento fundamental y embellecedor de la ciudad, junto con sus famosos puentes. En sus márgenes se encuentran los principales edificios históricos y monumentales, por lo que es recomendable embarcar y hacer un recorrido fluvial en alguno de los numerosos bateaux mouches disponibles. Hay quien lo primero que visita es la Torre Eiffel, considerada una aberración arquitectónica cuando se construyó en 1889 y que, hasta 1931, con sus 324 metros, fue el edificio más alto del mundo. Hoy por hoy, la increíble y espectacular obra, de 10.100 toneladas de peso, es el indiscutible símbolo de París. Para contemplarla por primera vez es mejor llegar a través de las callejuelas para que la impresión sea más fuerte. Después, se puede optar por hacerlo desde el comienzo del Campo de Marte, avanzando hacia ella poco a poco. También se puede ver desde el río. De una u otra manera, el impacto visual está asegurado. Y si se domina el vértigo, resulta obligado subir en los ascensores. Y, desde luego, no hay que perderse la vista de la torre iluminada. Es una maravilla lo que han conseguido mediante luces fijas e intermitentes.
Desde la torre Eiffel, por los jardines del Trocadero, se sube al Palacio de Chaillot, situado en una terraza sobre el Sena. Y por la avenida de Kléber, en poco más de un cuarto de hora de camino se llega a otro de los monumentos insignia de París: el Arco del Triunfo. Situado en la plaza de la Estrella (L´Etoile), esta obra de 1836 fue mandada construir por Napoleón Bonaparte para conmemorar la victoria francesa en Austerlitz. El emperador quería que fuese el arco más alto del mundo, 50 metros, y con los años se ha convertido también en un museo militar al aire libre.
El arco tiene también un gran valor escultórico por los altorrelieves y bajorrelieves de sus fachadas y de los muros laterales, con escenas guerreras. En los interiores se han inscrito los nombres de las ciudades y de los principales generales del Ejército francés. Obviamente, figuran unas cuantas poblaciones españolas, como Zaragoza y Bailén. Y en el suelo, en lápidas, se recuerdan los acontecimientos bélicos más destacados de su historia y hay una tumba dedicada al soldado desconocido de la I Guerra Mundial, con su llama perenne. El lugar está vigilado y merece la pena subir a la terraza, desde donde se disfruta de una interesante vista de la ciudad: una zona ajardinada y repleta de mansiones.
Doce avenidas y el Louvre
De esta plaza, en forma de estrella, parten doce avenidas, una de ellas, la más ancha, es la de los Campos Elíseos, la vía rodada y peatonal más importante de París. Resulta ideal para el paseo y ver escaparates de las firmas más conocidas de moda, tanto francesas como extranjeras. También se encuentran edificios públicos tan relevantes como el palacio presidencial (Elíseo), el Grand Palais y el Petit Palais, ambos utilizados como salas de exposiciones y de espectáculos.
Los Campos Elíseos enlazan con la plaza de la Concordia, inmensa explanada junto al Sena y los jardines de las Tullerías. En el centro se alza, junto a dos fuentes y ocho estatuas, el obelisco, de 3.200 años de antigüedad, traído de Luxor. Conocida siglos atrás como plaza de la Revolución, fue escenario de más de 1.100 ejecuciones por guillotina. Luis XVI y María Antonieta, además de Dantón y Robespierre, fueron víctimas de aquellos acontecimientos.
Estamos en pleno cogollo histórico, con la Asamblea Nacional enfrente, al otro lado del Sena, y, tras las Tullerías, el Louvre, que, para quien escribe, no es el mismo que visitó en los años setenta. Con la pirámide exterior, de cristal, como entrada al conjunto, cambió la distribución de las salas y se modernizó completamente el conjunto.
Recuerdo que antes de esta reforma las salas dedicadas a Egipto eran espacios repletos de estatuas, sarcófagos y momias, entre los que, a duras penas, podías desenvolverte. Con los cambios se solucionó este problema y las esculturas más conocidas, como el escriba sentado (2.500 a.C), están debidamente situadas y protegidas.
De la cultura antigua, confieso mi devoción por los excepcionales restos de los pueblos mesopotámicos, como la estela babilónica con el Código de Hanmurabi y la estela de la victoria del rey Naram-Sin, dos piezas fundamentales, junto a otras como la estatuilla del rey Gudea. Más impactantes, por sus dimensiones, son las puertas del palacio de Khorsabad, con los toros alados de cabeza humana, y los relieves y frisos de los palacios de Nínive y Susa, pertenecientes al Imperio Asirio (actual Irak).
Creo que para saborear y empaparse de la riqueza que atesora este museo lo aconsejable es dedicarle varias visitas. Una primera podría ser a la historia antigua, en la que hay que incluir a Grecia con sus maravillosas esculturas (Venus de Milo, Victoria de Samotracia) y cerámicas. Una verdadera gozada para entendidos y profanos.
La escultura y la pintura pugnan por merecer la atención del visitante. La lista de maestros, de distintas épocas, es casi interminable: Fra Angélico, Miguel Ángel, Leonardo, Vermeer, Cellini, Caravaggio, Lucas Cranach, Bernini, Van Dyck, Holbein, Zurbarán, Piero de la Francesca, Watteau, Coustou, Mantegna, Uccello, Van Der Weiden, Durero, Rafael, Veronese, Brueghel, Tintoretto, Ticiano, El Greco, Ribera, Murillo, Canaletto, Rembrandt, Rubens, Tiépolo, Goya, David, Delacroix, Corot y Guardi. En este palacio de la cultura hay mucho más que ver que la Gioconda y otros cuadros como La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, pese a que el lienzo de Leonardo casi acapare una gran sala. A la salida es muy recomendable visitar la tienda del museo. Y, si se dispone de tiempo y de unos 60 euros, también merece la pena el restaurante.
De estación a museo
Frente al palacio del Louvre, se alza la antigua estación ferroviaria de Orsay, reconvertida en 1986 en museo. Allí se exhibe arte de los siglos XIX y XX, sobresaliendo la gran colección de pintura impresionista, que, anteriormente, se exponía en un único recinto.
Como ocurre con los principales museos parisinos, contenido y continente rivalizan en calidad. En este caso la obra arquitectónica resulta tan admirable por fuera como por dentro. El elegante edificio de la antigua estación central, ha sido tan bien adaptado para sus nuevos fines que el visitante no puede por menos que pararse de vez en cuando en su recorrido y reconocer la excelente labor.
Su contenido, en varias plantas, combina la escultura moderna (Rodin, Carpeaux, Degas), con la pintura impresionista, neoimpresionista, naturalista y simbolista. Están, prácticamente, todos los impresionistas conocidos, sobre todo franceses, como Manet, Renoir, Degas, Monet, Pissarro, Cezanne, Sisley y Van Gogh. También de estilos cercanos como Toulouse-Lautrec, Gauguin y Rousseau.
En los museos es corriente encontrar grupos de escolares representativos de la variedad racial imperante en Francia, maestros incluidos, algunos con peinados y vestimentas similares a las de sus propios alumnos.
También cuenta París con un ramillete de iglesias de gran valor, empezando por la más famosa, Notre-Dame, y siguiendo por otra joya próxima como la Sainte-Chapelle. Ambas poseen vidrieras bellísimas. Además, hay templos tan espléndidos como St-Germáin-des-Prés, la Sorbona, el Panteón, la Madeleine, el Domo de los Inválidos y el Sacré-Coeur. Su variedad estilística va del gótico al moderno, pasando por el renacentista, barroco, clásico, neoclásico y neogótico.
Otro elemento destacado de la ciudad es el urbanístico, y más concretamente, las plazas. A las ya comentadas de la Estrella y la Concordia, hay que unir otras más recoletas, pero no menos encantadoras. Por ejemplo, la de Vendome, cuyos edificios son sede de bancos y joyerías de alto nivel, que rodean a una réplica de la romana Columna de Trajano, coronada por una estatua de Napoleón. Otras plazas inolvidables son la de la Ópera, con su famoso teatro; la Bastilla, con su protagonismo revolucionario; y la de San Michel, en el barrio latino.
Plazas, jardines y paseos se reparten cantidad de estatuas, algunas bañadas en oro, como la de Juana de Arco, a la espalda del Louvre, y otras con un parecido tan real al representado, la de Charles De Gaulle, en los Campos Elíseos, que te imaginas al general vivo llegando para presidir algún desfile.
Buhardillas exquisitas
Otro de los encantos de París está en los barrios, cada cual diferente y todos con una característica que define a la ciudad: la ordenación urbanística exquisita, desde los trazados viales hasta los típicos edificios abuhardillados. Y, por supuesto, el colorido de sus calles, con numerosos y variados comercios, cuya sola contemplación es un deleite para el paseante. Y punto y aparte para los clásicos cafés, con sus inseparables y acogedoras cristaleras, y para las frecuentadas librerías.
El tráfico de vehículos es más que moderado, al menos por el centro, debido, cabe suponer, a los eficientes anillos de circunvalación que rodean la urbe, incluido el más próximo que discurre soterrado en su mayor parte, y al transporte público. Al ir y venir del aeropuerto se aprecia el gran esfuerzo realizado para evitar el caos.
Con la unificación monetaria, los precios, en general, no son ya tan altos como lo fueron antaño para los españoles. No obstante, París sigue siendo una ciudad cara, aunque no mucho más que Madrid y Barcelona. Y como ocurre con otras grandes capitales europeas, la aparición de las líneas aéreas de bajo coste ha supuesto una rebaja para el mercado turístico.
Por todo ello, París es ahora, si cabe, aún más recomendable. En lenguaje cinematográfico podría concluirse que la visita a la también denominada ciudad del cine ya es para todos los públicos.