Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



Amanece sobre el Cervino

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ASCENSO OTOÑAL. Los alpinistas del Club Valle de Ricote abordaron la cina del Cervino durante la última semana del mes de septiembre, coincidiendo con la llegada del otoño. / L.V.

Tres alpinistas del Club de Montaña Valle de Ricote coronan la espectacular roca suiza en una hazaña marcada por el frío y la nieve

PILUKA FERRE


El Cervino, también conocido entre los suizos como el Matterhorn es una montaña preciosa, quizás la más fotografiada de todos los Alpes. Con una altitud de 4.478 metros sobre el nivel del mar y con un desnivel de 1.200 metros, esta gran elevación de piedra ha conocido la huella de de cuatro montañeros murcianos pertenecientes al Club Valle de Ricote, aunque de los cuatro aventureros dispuestos a conseguir la hazaña -Miguel Ángel Garrido, Francisco Javier Martí, Víctor Manuel Piñero y Francisco Javier García- sólo tres consiguieron alcanzar la cima.

La vía elegida para el ascenso fue la de la arista Hornli, que separa la cara norte de la este de esta pirámide montañosa y que arranca del refugio de montaña Hornli-hute .

En su aislamiento, el Cervino es la imagen misma de la inaccesibilidad, aunque tiene dos puntos débiles: la vía Hornli, por Suiza y la Lion, por Italia, que si no estuviesen equipadas, no serían en absoluto fáciles de realizar.

Los montañeros decidieron afrontar el reto por la vía Hornli, aunque la estación del año no era la mejor para garantizarse el éxito, ya que en otoño las tormentas de nieve son muy frecuentes. Por si fuera poco, este año las nevadas se han adelantado, vistiendo la roca de blanco antes de tiempo. Por ello los deportistas tuvieron que atravesar pasos obligatorios de Escalada en roca de IV, y sortear grandes placas de hielo en 45 grados que supusieron una dificultad añadida 300 metros antes de llegar a cumbre. Las temperaturas se mantuvieron invernales durante todo el recorrido y llegaron a descender hasta los 10 grados centígrados bajo cero.

«El sistema para asegurar los tramos de roca varían cuando existe nieve o hielo y nos hacían falta unos tornillos preparados para el hielo, que no teníamos en ese momento», comenta Miguel Ángel Garrido, portavoz del grupo. «Tuvimos que pasar prácticamente sin seguros con distancias de hasta 50 metros, que en caso de caída se multiplicarían por dos. Ello se podía traducir en cien metros de caída no controlada». Sin embargo los montañeros decidieron asumir este riesgo, ya que el parte meteorológico pronosticaba una borrasca que les dejaría sin posibilidad para intentar el ascenso en una segunda ocasión.

Desde la cima

«La verdad es que tuvimos mucha suerte porque llegamos con un tiempo muy bueno, factor que no deja de ser sospechoso porque, igual que después de la tormenta viene la calma, en la montaña después de la calma viene la tormenta. Nada mas llegar a Zermat (Suiza) nos pusimos manos a la obra e hicimos los preparativos para el ataque a cima, después de la consulta del parte meteorológico. Al final de esta primera jornada el tiempo ya empeoró y empezó a nevar con escasa intensidad. Sobre las tres de la mañana nos pusimos en marcha; ya no nevaba pero tampoco estaba claro del todo; de hecho las estrellas no se dejaban ver. Poner fin, al situarnos sobre los 4.000 metros del Cervino contemplamos un amanecer precioso sobre el valle de Zermat.

La actividad pudo concluir tras cinco horas de subida y seis de bajada, aunque esto último suponía otro reto. El descenso del Cervino no resulta fácil, ya que ha de hacerse destrepando y en otros muchos tramos, rapelando. La existencia de nieve obligaba a ello y la niebla tampoco ayudaba a la hora de realizar correctamente la bajada. Cualquier despiste podía meter a los deportistas en un embarque del que costaría horas salir -tiempo del que no disponían-, para alcanzar su campo base: el refugio de montaña Honli-hutte.

Finalmente el descenso se realizó con éxito aunque sin parar de nevar. Al día siguiente les esperaba la bajada a la localidad de partida, sobre un terreno no muy complicado, aunque si bastante nevado y resbaladizo por culpa del hielo.

«Nos bajamos de allí con la firme proposición de cumplir el nuevo objetivo que nos quedaba, así que pusimos rumbo a Gridelwal (Suiza), un pequeño pueblo situado a los pies de la impresionante montaña llamada Eiger. Llegamos tarde sobre las 23.00 horas y nos dispusimos a descansar. Estuvo toda la noche lloviendo y por la mañana estábamos cubiertos de nieve. Ya por tarde, cuando se retiraron un poco las nubes pudimos comprobar el estado de la pared: no sólo estaba cubierta de nieve por completo, sino que además había subido la temperatura y las avalanchas eran continuas y barrían las vías de ascenso, lo que convertía el reto en un empeño muy peligroso. Así que con resignación y por segundo año consecutivo dejamos el Eiger como objetivo para próximos proyectos».



 


 
 
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