Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



El Estado de Jorquera

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LAS HOCES DEL JÚCAR. Jorquera aguarda al viajero en un cerro blanquecino rodeado por el río Júcar que, a lo largo de su curso, ha excavado en forma de cańón a su paso por la comarca de La Manchuela, en Albacete.

Emplazado en una colina de forma cónica, aislada y peñascosa, el río Júcar baña las escarpadas laderas de esta ciudad fronteriza y legendaria

TEXTOS Y FOTOS: JOSÉ MARÍA GALIANA


En otro tiempo, las cuevas ganadas a los farallones calizos de Jorquera (490 habitantes), abocadas a la hoz del Júcar, debieron utilizarse como pasadizo secreto, vivienda o establo inmediato a la fortaleza almohade del siglo XII que corona esta inexpugnable villa albacetense, nombrada en resoluciones reales como Estado de Jorquera y por la voz popular «obispado chico». Se localiza al noroeste de Albacete, sobre el cueto de un cerro que domina la cañada de Abengibre.

Lo verá de súbito, al doblar una curva, y lo recomendable es detener el vehículo en uno de los miradores y disfrutarla sin premura. Coronada por las murallas almohades del castillo, edificado a finales del siglo XII, se entiende que en la Edad Media, durante un breve período, la villa rechazase el control de la Corona, se independizara y se constituyera en el Estado de Jorquera.

Impresiona su peculiar configuración urbana, el conglomerado de casas que buscan el resguardo del castillo y la torre de doña Blanca, edificada a mediados del siglo XIV por el marqués de Villena y hoy convertida en sala de exposiciones. Se trata de un edificio militar con dos plantas que debió tener una azotea almenada. En su edificación se emplearon cal y canto -materiales de la zona-, y las esquinas son de sillería.

Tan pintorescos como la histórica Jorquera son el diminuto cementerio situado en la parte más honda de la garganta, y La Recueja, un hermoso pueblo de casas enjalbegadas asentado en un collado sobre el río, entre Jorquera y el no menos delicioso Alcalá del Júcar.

El río dividido

La comarca de La Manchuela fue frontera durante varios siglos entre los reinos y culturas almohade y cristiana, con el río Júcar como línea divisoria. La antigua Xurquera, hoy Jorquera, capital administrativa del señorío de Villena, conserva el poso de su historia medieval. Rodeada de murallas almohades, en su interior atesora numerosas casonas blasonadas con escudos heráldicos, como la Casa del Corregidor

Otra muestra del esplendor alcanzado en época islámica es la creación de un sistema de irrigación que realizaron los árabes permitiendo el riego de las parcelas situadas en las márgenes del Júcar, obra de ingeniería natural que devuelve al río el agua no consumida para el riego de las huertas, sistema que todavía se utiliza. Los jorqueranos tienen a gala la presencia de El Cid Campeador en 1094. Llegó a las puertas de la muralla persiguiendo al rey sarraceno Lucef que, después de haber sido herido por el mismísimo Cid tres veces, se refugió en el castillo de Jorquera.

La carretera, sinuosa y estrecha, pero de buen firme, ofrece un paisaje inesperado e inquietante: cuevas horadadas en los murallones calizos que se alzan a ambos lados del río, dejando, en ocasiones, franjas de tierra fértil donde se cultivan verduras y hortalizas.

De tramo en tramo hay cipreses, pinos y pequeñas parcelas de olivos recientes. El cauce se estrecha y desaparece bajo las frondas de los árboles; en algunos tramos hay rocas calizas que sobresalen por encima del asfalto y casas ensambladas en las murallas aprovechando viejas oquedades.

Búhos reales, halcones peregrinos, cuervos, chovas y grajillas tienen su morada en las hoces del Júcar durante todo el año. Otras especies se ausentan en invierno, pero el más singular de los visitantes estivales es el cernícalo primilla, un pequeño halconcillo en peligro de extinción que busca cada año en los cobertizos un hueco donde anidar.

El río Júcar nace a 1.500 metros de altura, en la sierra de Tragacete (Cuenca), y durante su curso abre una profunda hoz antes de confluir en su afluente, el Cabriel,conocido por la belleza de sus hoces. Más abajo, el Júcar se despeña por el borde de la Meseta hacia la llanura litoral y desemboca en Cullera.

El protagonismo geográfico de este escenario es el tajo enmarcado por paredes muy verticales 100 a 150 metros de desnivel.

De Valdeganga a Tolosa, a través de 40 kilómetros, discurre encajonado, entre altos y sinuosos cabezos de piedra caliza erosionados por el agua y el viento.

Durante la dominación musulmana, Alcalá del Júcar fue aldea de Jorquera. En 1934 obtuvo la condición de villa dependiente del Estado de Villena, y hasta el siglo XIX estuvo sometida al poder feudal de sus señores. Frontera de los reinos de Castilla y Aragón, emplazada en lo alto de una imponente roca caliza, Alcalá se ofrece al viajero como una atalaya inexpugnable.

Abajo, el río se ensancha, rodea un pequeño islote y el agua cantarina resbala por un azud con forma de herradura. El paraje, poblado de robles y plataneras, se adorna con la estructura del Puente romano, paso obligado del Camino Real que unía Castilla y Levante, y que durante los siglos XIV y XV se convirtió en puerto seco para caminar por las ribera, adentrarse en el dédalo de sus callejas en cuesta, visitar la iglesia de San Andrés y las cuevas de Masagó y del Diablo que atraviesan la colina bajo el castillo de origen almohade.

Antes de iniciar el regreso a Jorquera disfrutará de una espectacular vista de la hoz del Júcar y del valle encajado en la comarca de La Manchuela: la plaza de toros, única en su estilo por lo irregular de su contorno, las casas blancas escalonadas, la vegetación de galería, el aprovechamiento intensivo de su vega y el emplazamiento de Jorquera colgado parcialmente en una de las vertientes que el río Júcar ha excavado durante siglos.








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